Los
peluqueros están de luto o por si no te vuelvo a ver
Las hemerotecas breves
y efímeras que hay en las peluquerías están
en peligro de extinción. También los sillones de lectura
en los cuales se prolonga el tiempo necesario para reciclar revistas
que resisten el paso del tiempo y permiten guardar memoria de historias,
reportajes y críticas que se resisten al olvido, y todo porque
el maestro peluquero es el consumidor tenaz de revistas que, sin
su compra, hubieran pasado a mejor vida con el consiguiente perjuicio
a la conciencia nacional: que en la peluquería suelen arreglar
la cabeza por fuera y por dentro.
En el campo de los
poderes públicos hay creyentes fervorosos del impuesto al
valor agregado: su agilidad, reiteración, constancia, facilidad
de localización y determinación permiten considerarlo
como un lector de equilibrio fiscal y de distribución social
de la riqueza. Pero estos entusiasmos académicos y políticos
radican también en el hecho de que el tributo se establece
con transparencia democrática en sociedades que han organizado
de acuerdo con su realidad las bases tributarias; es decir, aquellos
que participan de los actos de circulación de la riqueza
y logran una recaudación paritaria.
En colectividades
con desequilibrio fiscal en las que el causante identificado es
acosado infatigablemente, permite la producción de males
muy graves: los grandes capitales financieros e industriales viven
apaciblemente o el mercado clandestino, a la vista de todos, enriquece
a comerciantes y autoridades: cada esquina es un moll que explotan
corporaciones mayores sin causar impuestos porque no están
incluidos en la base fiscal.
El impuesto al valor
agregado, como todo mundo lo sabe y lo padece, es simplemente un
gravamen al consumo --lo que equivale decir al trabajo que agrega
valor a la materia prima que se transforma en bien o servicio adquirible
o consumible--. Por esta razón, simple en apariencia, se
convierte en un hecho que irrumpe en el mercado; por lo demás
crea un problema grave que complica las cosas: el particular asume
la función pública de retener la tributación
causado por el valor añadido: ¡Menuda faena administrativa
y contable!
En la administración
pública hace tiempo que se abandonaron los principios políticos
y fiscales de la buena tributación. De aquí la pobreza
permanente del tesoro público. No hay prudencia. Tampoco
se atiende la doctrina constitucional para organizar las obligaciones
de los mexicanos. Sólo se tiene en mente una función:
obtener a toda costa --casi irracionalmente-- ingresos públicos:
recauda bien sin mirar a quién. Por ello se obtiene el efecto
contrario: se recauda mal por no ver bien.
Los legisladores,
siempre incomprendidos e incomprensibles, hacen el juego y prefieren
legislar rápido antes que bien. De aquí que la medida
apresurada de gravar el consumo de las publicaciones revisteriles,
se haya tomado solamente en consideración de las necesidades
económicas y financieras de un gobierno que no atina a organizar
los factores de producción de bienes y servicios y crean
un efecto político desmesurado: vulneran la libertad de expresión.
Esta afectación
es evidente. Como se sabe, el periodismo está en el mercado.
En consecuencia, la libertad de expresión también.
Es cierto que como empresa de comunicación participa de las
leyes de la oferta y la demanda, su habilidad mercantil es una cualidad
que le permite tener mejores resultados; desde luego, no deja de
ser un causante fiscal porque, al fin y al cabo, se grava su ingreso.
Pero, ante las empresas
productoras de bienes y servicios esencialmente distinto a las ideas
o a los productos del pensamiento y la conciencia --quizá
también valga decir la imaginación y la creación
literaria-- las personas que se dedican a la publicación
de medios impresos, salvo en contados casos cuyos orígenes
de capital son siempre sospechosos, viven en condiciones tales en
que la carga impositiva se convierte en realidad en un incremento
al precio que alejará a los lectores con los riesgos consiguientes
a las economías que con dificultades logran, incluso en las
publicaciones de mayor tiraje, cumplir con el compromiso profesional
de aparecer pública y sistemáticamente.
El Ejecutivo y el
Legislativo cuando decidieron imponer la tasa derivada del valor
agregado asumieron ante la sociedad que conocen la estructura, distribución
y funcionamiento de la prensa, tanto en la capital como en la provincia:
costos, tiraje, circulación, precio.
Pero sobre todo hacen
suya la responsabilidad política e histórica de que
conocen bien a bien la relación de la libertad de expresión
con el libre mercado. Entonces, cada publicación que cierre,
cada periodista que deje de escribir y cada trabajador que pierda
su empleo será una víctima que debe anotarse la insensibilidad
y la incompetencia de los órganos administrativos y legislativos
del Estado mexicano. Cada lector que se pierda significa el sacrificio
de una porción mayor de la conciencia nacional.
Lector: por si no
te vuelvo a ver o los peluqueros están de luto