El hombre pertenece
al drama inevitable de la tierra. El campesino original es el sabio
conocedor de las mieles de lo fértil y la sequedad arenosa
de lo estéril. Sobre los trazos naturales de la geografía
están las líneas dibujadas por el hombre: la montaña,
el valle, la llanura, la tierra labrantía, el bosque, son
la obra interminable de este ser planetario.
La tierra es nacencia
y destino. En ella los hombres tienen estirpe y casta; según
de donde sean, le temen a Dios y al diablo: los asentamientos, las
familias, las aldeas, los tipos de propiedad y producción
son bendecidas o malditas desde la raíz hasta el fruto. Todavía
más, como dice Carl Schmitt para explicar que en el mito
y la verdad de la tierra nace El Derecho de Gentes, "sobre
esa superficie firme, vallados y cercados, mojones de piedra, muros
y casas las formas de poder y de dominio se hacen aquí públicamente
más visibles."
Luego la propiedad.
Desde Roma, entendida jurídicamente como un derecho real
erga omnes --oponible a todos--, debe entenderse como el derecho
a usar, disfrutar y abusar, lo que los dueños entendían
fácilmente. Considerada políticamente, las cosas fueron
más complejas: los primeros teóricos postularon y
combatieron por los conceptos. Para Tomás Hobbes la propiedad
se da en el pacto político: el estado belicoso de la naturaleza
hacía de la tierra la superficie inútil. La paz productiva
del contrato social la fertilizaba. Para John Locke, el anciano
padre del liberalismo, la propiedad es un hecho y un derecho natural.
Por ello se va al pacto civil para proteger --incluso de la pena
capital-- la riqueza de la tierra apropiada.
Nadie como Emanuel
Sieyés ha vuelto a explicar el valor social, económico
y político de los trabajos del campo. Cuando el abad vio
la relación de los campesinos con la tierra acuñó
el principio revolucionario: "Trabajos particulares y funciones
públicas hace que una nación exista y sea próspera".
El campo mexicano
y sus hombres han pasado por todo: seres nómadas y sedentarios,
la propiedad y la explotación conflictiva, encomienda, esclavitud
y clérigos voraces, caciques y mecenas, señoríos
inútiles, apóstoles y mártires, y reforma tras
reforma entre corrupciones y bandidajes: su historia la ha hecho
estéril.
Sin acudir a reordenar
la infraestructura del campo nacional no hay transformación
posible. Ahí están las raíces profundas del
derecho y la justicia. Por ello, es lamentable que un régimen
descontenido de principios e ideales mayores de categoría
política está incapacitado siquiera para intentarlo.
Ante el campesino
y su tierra, un régimen político ignorante o irresponsable
también es corrupción (cualquier similitud con el
foxismo es pura coincidencia).
Es tan sencillo:
el que siembra vientos recogerá tempestades.