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Crónica de una novela
Por Julio A. Quijano
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Martré en CONACULTA
Cuentos de Martré

Foto: Julio César Hernández
Los símbolos transparentes, el libro de más reciente edición de Gonzalo Martré, tiene su propia historia: la censura, la indolencia y hasta la ignorancia pospusieron su publicación durante 34 años. Esta es una penosa arista de la cultura editorial mexicana.

El escritor Gonzalo Martré viene de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Las vivencias del 2 de octubre de 1968 comienzan a convertirse en recuerdos. Su memoria se reproduce a sí mismo saltando la orilla norte de la plaza para caer en la calle Manuel González, a centímetros de una valla de soldados con el rifle embozado. Tras la valla atestiguó lo que denomina "la matachina", luego, mientras se gestaban los recuerdos, decidió escribirlos para no olvidarlos, para hacer algo y no quedarse sin hacer nada.

Cuando comenzó la redacción de Los símbolos transparentes, acerca del movimiento estudiantil del 68, se gestaron sus propios 18 años de censura, tortuguismo burocrático y denostaciones políticas.

El escritor decidió participar en un concurso literario convocado por editorial Novaro y la Asociación de Escritores de México. El certamen otorgaba premio único a primer lugar y la publicación de las cinco novelas finalistas. Los símbolos transparentes obtuvo el segundo lugar, sin embargo, el director editorial de Novaro, Luis Guillermo Piazza, explicó al presidente del jurado Andrés Henestrosa, que "era políticamente incorrecto otorgar el primer lugar a una novela donde se denigraba al ejército y al sistema político mexicano, incluyendo al señor presidente".

Martré visitó a Piazza para exigir su derecho a ser publicado como segundo lugar del certamen. Guillermo Piazza le dijo que antes debía hacerle cambios a la novela; le mostró un original erizado de señaladores de páginas. "Publicarla tal como está, constituye una bomba política y su estallido dañaría a la empresa", dijo el editor.

Martré ofreció su novela a tres editoriales que presumían de independencia: Mortiz, Siglo XXI y Era, dirigidas por Joaquín Diez-Canedo, Arnaldo Orfila y Neus Expresate, respectivamente. Ninguno leyó el original pero le dieron un consejo: aceptar los cambios.

Martré convino con Novaro algunos cambalaches y se opuso a otros que desvirtuarían su contenido. Piazza estuvo de acuerdo y firmaron un contrato con un anticipo de 500 pesos. Meses después, el director editorial de Novaro mandó llamar a Gonzalo Martré. La novela había entrado en prensas pero se había topado con un último y riguroso filtro editorial:

Piazza le contó a Martré la historia de un barrendero que descubrió unas galeras corregidas y comenzó a leerlas por pura curiosidad intelectual. El contenido le resultó escandaloso y de inmediato se comunicó con el director general, Juan Manuel Martínez Parente, quien a su vez llamó al vicepresidente. Ambos coincidieron con el dictamen previo del barrendero y tomaron dos decisiones: la obra no se publicaría en Novaro pero Martré se podía quedar con sus 500 pesos de anticipo.

En 1978 una editorial que estaba en formación publicó Los símbolos transparentes por primera vez. La novela ya había hilado otras dos historias de desventura similar a la que vivió en Novaro.

Primero en la editorial del Partido Comunista de México, donde la fatalidad no estuvo a cargo de un barrendero sino de la burocracia entera a la que un día "se le perdió" el original.

La segunda fue en 1976, la editorial Grijalbo abrió una colección de autores mexicanos a cargo de Gustavo Sáinz, quien llamó a Martré para avisarle que su obra sería de las primeras en publicarse. Firmaron un contrato y la novela entró en prensa. Pero en Grijalbo ya no se tomaron la molestia de culpar a algún crítico literario en funciones de barrendero. Simplemente le rescindieron el contrato sin explicaciones.

Aquella primera edición de Los símbolos transparentes se agotó en un mes. Las críticas afloraron. Por ejemplo, José Luis Mejía, columnista político de El Universal, dijo que "la novela era una afrenta para el glorioso ejército mexicano que jamás disparó un tiro en Tatelolco".

Pero el más extenso y rabioso fue el de Adolfo Castañón. Gonzalo Martré no puede evitar la ironía cuando se acuerda de aquella crítica: "Según él, yo soy chauvinista y xenófobo, soy un bárbaro que resopla de pasta a pasta, emulo de Irma Serrano y Loret de Mola".

Diez años después, la novela fue publicada por segunda vez en Claves Latinoamericanas, editorial sin fines de lucro en vías de quiebra cuando publicó una segunda edición en 1993.

Hasta entonces, y siempre por canales independientes y marginales, la novela había logrado superar parcialmente la censura. Pero Martré tenía una cuenta pendiente con el Estado y pensaba cobrarla.

Esperanza que no murió
El último capítulo de la novela que fue publicar su novela termina en el Museo de la Ciudad de México pero comienza en las relucientes nuevas oficinas del primer presidente de Conaculta, Vítor Flores Olea. Median entre ambos escenarios diez años que Martré resume en anécdotas de antesala. "Pedí audiencia a Flores Olea para que considerara la publicación de mi novela en la tercera serie de la colección Lecturas Mexicanas que estaba por comenzar. Dos veces me dio fecha y dos veces la canceló".

Martré esperó tanto que un día Flores Olea dejó el puesto. De nuevo hizo antesala en la oficina del presidente de Conaculta. Pero el nuevo presidente, Rafael Tovar y de Teresa, tenía una agenda apretadísima y no lo recibía.

Martré aprovechó un desayuno del entonces titular de la SEP, Ernesto Zedillo, con periodistas para presentar su queja. Tovar y de Teresa lo recibió forzadísimo, y lo canalizó con la directora de literatura Eugenia Meyer. Martré debió esperar tanto que Meyer dejó el puesto a Alfonso María y Campos, quien aceptó publicar la novela firmando el contrato en junio de 1997. El proceso de edición sufrió el tortuguismo.

Se acabó el sexenio y con éste se fue Tovar y de Teresa. Nuevamente acudió con el nuevo director de publicaciones, Felipe Garrido. Un año y dos días después, Héctor Anaya, subdirector de publicaciones, le entregó a Martré su dotación de libros. La presentación fue en el Museo de la Ciudad de México el 25 de septiembre de 2002; 34 años después de aquella noche cuando Martré vio por la ventana de un edificio "la matachina" del 2 de octubre.

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