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La Habana. En un movimiento sorpresivo por inesperado, los dos hombres fuertes de la convulsa Libia, al abrigo del flamante presidente francés, Emmanuel Macron, recién acordaron que pueden entenderse.

El jefe del gabinete con asiento en Trípoli, reconocido por la comunidad internacional, Fayez al Sarraj, y su némesis, el mariscal Khalifa Haftar, jefe de las fuerzas que apoyan al gobierno rival, con asiento en el oriente libio, acaban de anunciar un posible cese de hostilidades, paso previo a la celebración de elecciones.

Haftar, quien apenas dos años atrás aseguraba que su intención era desarraigar a “los terroristas de Trípoli”, para lo cual solo necesitaba poder de fuego, acaba de desalojar de Bengasi a las milicias que controlaban esa localidad, segunda ciudad en importancia del país norafricano, una moneda de cambio importante que es imposible ignorar.

El resultado de su ofensiva es a todas luces el detonante del entendimiento, parte visible de un acuerdo gestionado tras bambalinas por París, empeñado en yugular la influencia que ejercen en la zona del Sahel y más al sur los movimientos armados islamistas, devenidos de pronto la espina en el costado de las potencias occidentales.

Prueba al canto son las dos visitas a Mali del presidente francés, Emmanuel Macron, apenas llegado al palacio del Elíseo, con el fin de incrementar la presión sobre los islamistas armados que operan en ese país y extienden su influencia hacia estados vecinos en los cuales París tiene intereses estratégicos, como es el caso de Níger por sus yacimientos de uranio.

Esos mismos movimientos, con apoyo en discreción de las potencias occidentales, fueron los organizadores de las protestas que sirvieron de pretexto a los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para la agresión contra el gobierno liderado por Muamar Ghadafi.

En aquella fase hubo de todo, desde magnificación de la resistencia a Ghadafi, hasta la construcción de un estudio al aire libre en Doha, la capital de Qatar, para difundir al mundo a través de la televisora satelital de ese país, Al Jazeera, una falsa toma de Trípoli por los opositores.

Ghadafi había cometido varios errores, el más craso, confiar en la buena voluntad de las potencias occidentales, que le perdonarían sus devaneos antioccidentales y sus posturas contrarias a Israel, a cambio de que se desprendiera de las armas más ofensivas de su arsenal defensivo.

El escenario quedó listo para el golpe final con el surgimiento de lo que ha dado en llamarse la primavera árabe, cuya primera floración fue en Túnez, con la caída del régimen del presidente Zine el Abidine Ben Ali, inevitable vistas las condiciones en ese país del Magreb, pero con un jefe de gobierno descartable por su mínima influencia en los acontecimientos regionales.

Pero, como establece la ley de Murphy, un enunciado empírico basado en el principio de que si algo puede salir mal, es probable que salga mal, los acontecimientos se salieron de cauce con la inesperada explosión de protestas nacionales en Egipto contra el mandatario Hosni Mubarak, pieza clave hasta ese momento de la estrategia occidental en Levante.

Como operación de control de daños por la pérdida inevitable del Egipto a la Mubarak, las potencias occidentales, en particular Estados Unidos, organizaron una crisis en Siria, cuyos resultados desastrosos también sobrepasaron lo previsto y degeneraron en una situación desbordada por la acción de los grupos islamistas, cuyo fortalecimiento repercute en Europa.

Tanto la crisis de los inmigrantes indocumentados, entre los cuales pueden infiltrarse elementos del Estado Islámico, como los atentados en varios países europeos, en particular Francia, son ecos inesperados de la crisis general desatada por los conflictos sirio y libio.

Es desde Libia de donde parten hacia Europa las indetenibles oleadas de migrantes indocumentados que se han convertido en un tema de política interna, para el cual no hay solución inmediata, dada su magnitud y que no existía antes de la reconformación del paisaje político medioriental implícito en la estrategia diseñada para esa zona.

El terremoto político derivado de las crisis en Iraq, Libia y Siria, ocasionado por conflictos creados sobre premisas falsas: la existencia de armas de destrucción masiva en el primero y la socorrida violación de los derechos humanos en los dos últimos, se percibe en las otroras plácidas costas europeas.

Esas convulsiones son malas para los negocios, como diría el personaje central de una novela icónica, El Padrino Don Corleone, y se trata de conjurarla a la mayor velocidad posible, lo que explica que a fines de julio el presidente francés anunciara que su país ya no exige la dimisión del presidente sirio, Bashar Al Assad.

El anuncio ejemplifica cómo han derivado los acontecimientos en los últimos meses, sobre todo después que Rusia dejó en claro que la deposición de Al Assad es una línea roja y, para que no quedaran dudas, propinó golpes mortales a los grupos terroristas que actúan en Siria y modificó la situación en el teatro de operaciones.

Las reuniones en Astaná, las operaciones por separado, aunque con sabor a coordinación, contra los grupos armados extremistas en Siria, anuncian un nuevo estado de cosas en ese convulsionado país, en el cual todo indica que ha llegado la hora del entendimiento

Moisés Saab/ Prensa Latina

Contralínea 552 / del 14 al 20 de Agosto de 2017

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