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La sociedad surcoreana rechaza cada vez más la idea de reunificarse con Corea del Norte. Sólo un 20 por ciento de los jóvenes favorece esa posibilidad. Uno de los factores que más resistencia genera es el costo que, presumen, se cargará al pueblo del Sur

Tanto la República Popular Democrática de Corea (RPDC) como algunas administraciones ocupantes de la Casa Azul, residencia presidencial surcoreana, aspiran a la reunificación de la Península; así lo recogen sus respectivas constituciones.

Pero, en opinión de expertos, ya la cuestión trasciende la voluntad política, incluso por el hecho de que la tensión entre ambos países no es menor, aunque el nuevo presidente de Corea del Sur, el progresista Moon Jae-i, prometió lo contrario en su campaña electoral, tras el sonado escándalo de corrupción causante de la destitución de la anterior presidenta, Park Geun-hye.

Prometió solamente, resaltó la RPDC, porque en la práctica las hostilidades persisten, no sólo en palabras sino en hechos, como son los ejercicios militares que Seúl realiza de conjunto con Estados Unidos en las cercanías de las cosas norcoreanas.

Ninguna de esas razones pudiera pesar tanto a la hora del diálogo, de las negociaciones para la reunificación, como el que un cambio generacional en Surcorea pone en riesgo ese anhelo, presente en ambas naciones desde siempre.

Así, el tiempo juega en contra de ese objetivo, al menos en territorio surcoreano, donde los jóvenes parecen ya haber pasado página del capítulo norcoreano.

“Lo que me importa es poder conseguir un trabajo con un buen sueldo que me permita vivir. Para mí Corea del Norte es como si no existiera. No me interesa la unificación, somos muy distintos”, asegura Yoon Young-ju, de 20 años y estudiante de economía en la Universidad de Yonsei, en Seúl.

Su opinión, entre la indiferencia y el hastío, está en línea con lo que muestran las encuestas: si a principios de siglo casi un 80 por ciento de los surcoreanos veían la unión con el Norte como algo “muy necesario”, este porcentaje se sitúa actualmente en el 40 por ciento y entre los más jóvenes apenas llega al 20 por ciento.

La desconexión es tal que cabe la posibilidad de que, de llegar ese momento crucial, la mayoría de la sociedad lo rechace.

Las dos Coreas están divididas por una frontera artificial situada en el paralelo 38 desde 1953, después de 3 años de guerra y tras la firma de un armisticio que nunca desembocó en un tratado de paz.

Pero de esto hace ya casi 7 décadas. Las viejas generaciones van cediendo el paso a quienes han crecido en una sociedad que casi nada tiene que ver con la que se criaron sus abuelos y sin vínculos emocionales con el Norte.

De alrededor de 10 millones de personas que quedaron separados de sus familiares en un lado y otro de la península en 1953, ahora solamente permanecen unas 140 mil.

La esperanza de una reunificación en la península se avivó durante el mandato de Kim Dae-jung, presidente surcoreano entre 1998 y 2003, que abogó por una política de acercamiento al país vecino.

De esa época surgieron los grandes proyectos de cooperación económica conjunta y hasta una histórica cumbre entre ambos líderes.

Pero el resultado de casi 1 década de ejecutivos conservadores en el Sur, que optaron por la mano dura contra Pyongyang, ha derribado cualquier esperanza de reconciliación a corto plazo.

Moon Jae-in es partidario de volver a abrir la puerta al diálogo y la administración dedica muchos recursos para educar a las nuevas generaciones sobre la importancia de la reunificación, pero estos esfuerzos no parecen surtir efecto de momento.

Además, detrás de todas esas supuestas acciones para el acercamiento, Moon y la élite política surcoreana continúan presionando a Corea Democrática para que desmantele su programa nuclear, sin disminuir la realización de maniobras militares en contubernio con Washington.

De ahí que para la RPDC el fortalecimiento de sus capacidades nucleares sea inapelable, como única herramienta que puede garantizar la supervivencia de su soberanía e ideología política.

“Los jóvenes no están interesados ni en el pasado, ni en la historia”, reconoce Lee Kwan-sei, vicepresidente del Institute for Far Eastern Studies (IFES) de la Universidad de Kyungnam.

El centro en el que trabaja este experto tiene una rama de estudios de Corea Democrática que nació durante el periodo de acercamiento entre ambos países, un programa hoy en horas bajas por la poca demanda.

Más allá del poco vínculo emocional y la disparidad de sistemas políticos, otro elemento clave que provoca el recelo entre los jóvenes es el costo de una posible unificación. Los estudios al respecto arrojan cifras muy dispares debido al uso de distintas metodologías, pero dos puntos se dan por seguros: se trataría de un costo inmenso a corto plazo y Corea del Sur es quien debería asumirlo.

Seúl ha estudiado detenidamente el caso alemán a la hora de buscar vías para plantear el suyo si llega el momento. Pero el punto de partida actual es muy distinto: cuando Alemania se reunificó, el producto interno bruto (PIB) per cápita de la parte occidental era 1.5 veces superior al de la oriental.

En la península coreana, en cambio, hay que multiplicar por 22. Y si entonces había casi cuatro alemanes en el Oeste por cada uno de los que vivían en el Este, la ratio en la península es de dos surcoreanos por cada norcoreano.

La posibilidad de tener que sacrificarse para ayudar al vecino escuece en un país donde el gasto social representa solamente el 10.4 por ciento del PIB –la cifra más baja de entre todos los miembros de la Organización para lo Cooperación y el Desarrollo Económicos– y la desigualdad es la más alta del continente, pero más allá de todo en una sociedad donde los patrones capitalistas, en opinión de especialistas, están profundamente arraigados.

“Bastante trabajo tenemos para llegar a fin de mes como para preocuparnos de otros. El gobierno debería primero atajar los graves problemas de esta sociedad antes de ayudar a Corea del Norte”, afirman tajantes Seon y Kim, una pareja de treintañeros que viven en Seúl.

Los expertos abogan por una apertura como solución al distanciamiento entre ambos países. “Creo que si favorecemos los intercambios culturales, académicos o económicos, el interés en Corea del Norte aumentará. Los jóvenes se darán cuenta de que la reunificación puede traerles beneficios”, explica el profesor Lee.

Además, apunta, el fin del aislacionismo podría estimular rápidamente la economía norcoreana, con lo que ante una futura unificación el costo no sería tan grande. “Corea del Norte tiene recursos naturales y mano de obra abundantes, mientras el Sur el capital y la alta tecnología. Los beneficios económicos de esta sinergia serán enormes”, dice.

La joven Yoon sigue sin verlo claro cuando se le pregunta sobre el potencial de una Corea unificada. “Estos beneficios serán principalmente para dos grupos: la población norcoreana y las élites del Sur. Quizá es egoísta decirlo, pero tengo la sensación de que pagaremos la fiesta de otros”.

Richard Ruiz Julién/Prensa Latina

[LÍNEA GLOBAL]

Contralínea 550 / del 31 de Julio al 06 de Agosto de 2017

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