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Como no había ocurrido nunca, el “Cuarto Poder” estadunidense se enfrenta de manera directa al Poder Ejecutivo. Hasta ahora, todo ha sido mostrar a Donald Trump como una persona afectada de sus capacidades mentales. Es una carrera contra el tiempo de ambos contendientes: o Trump es apartado del poder o los corporativos que representan los medios pierden su poderío económico. Por verse lo que pasará primero

Thierry Meyssan/Red Voltaire

Damasco, Siria. Se mantiene la campaña internacional de prensa para desestabilizar al gobierno de Donald Trump. La máquina de injuriar que David Brock armó durante la etapa de transición entre la administración saliente de Barack Obama y la de Donald Trump [1] resalta cada vez que puede el carácter apresurado y la frecuente grosería de los tuits presidenciales. La entente de medios de difusión creada por la misteriosa organización no gubernamental First Draft [2] repite incansablemente que la justicia está investigando presuntos vínculos entre el equipo de campaña del ahora presidente y los tenebrosos complots que se atribuyen al Kremlin.

Un estudio del profesor Thomas E Patterson, de la Harvard Kennedy School, muestra que la prensa de Estados Unidos, del Reino Unido y de Alemania ya ha citado a Donald Trump el triple de veces que a los anteriores inquilinos de la Casa Blanca y que en los primeros 100 días de su mandato el 80 por ciento de los artículos eran claramente desfavorables a él [3].

Durante la campaña de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por su sigla en inglés) para forzar la renuncia del presidente Nixon [4], la prensa estadunidense se atribuyó el título de “Cuarto Poder”, con lo cual implicaba que los propietarios de los medios de difusión tenían más legitimidad que el Pueblo mismo. Trump, consciente del peligro que representa la alianza entre los medios de difusión y el 98 por ciento de altos funcionarios que votaron contra él, declaró “la guerra a la prensa” en su discurso del 22 de enero de 2017, una semana después de su investidura. Por su parte, su consejero especial Steve Bannon declaraba a The New York Times que la prensa se ha convertido de hecho en “el nuevo partido de oposición”.

Pero lo más interesante es que los electores del actual presidente no le han retirado su confianza.

Recordemos aquí cómo empezó todo. Fue durante el periodo de transición, o sea antes de la investidura de Donald Trump. Una organización no gubernamental llamada Propaganda or Not? lanzó la idea de que Rusia tenía previsto difundir, durante la campaña electoral estadunidense, una serie de informaciones falsas para torpedear a la candidata demócrata Hillary Clinton y favorecer la elección de Donald Trump. En aquel momento, nosotros subrayamos los vínculos de esa organización con Madeleine Albright y Zbigniew Brzezi?ski [5]. La acusación contra Rusia, ampliamente repetida por The Washington Post, incluía una “lista de agentes” del Kremlin, entre los que se hallaba la Red Voltaire. Pero nada, absolutamente nada, ha demostrado en ningún momento esta tesis del complot ruso.

Todos han podido comprobar que los argumentos que se esgrimen contra Donald Trump no son solamente los que habitualmente se manejan en la lucha política sino que vienen, evidentemente, del arsenal de la propaganda de guerra [6].

El premio a la mala fe podría otorgársele a la CNN, cuyo tratamiento de ese tema alcanza proporciones francamente obsesivas. CNN se vio incluso obligada a presentar excusas por haber transmitido un reportaje donde acusaba al banquero Anthony Scaramucci, estrechamente vinculado a Trump, de estar indirectamente a sueldo de Moscú. Pero CNN se encontró esta vez con la horma de su zapato porque Scaramucci es lo suficientemente rico como para darse el lujo de llevar a ese canal de televisión ante los tribunales por haberlo difamado con la transmisión de una acusación completamente inventada. Así que CNN tuvo que presentar excusas y los tres periodistas de su grupo de investigación “dimitieron”.

Posteriormente, el Project Veritas, del periodista James O’Keefe publicó tres secuencias de videos grabados con cámara oculta [7]. En el primero de esos videos se ve a un supervisor de CNN declarar entre risas en un ascensor que las acusaciones de colusión del presidente Trump con Rusia son sólo “estupideces” que se transmiten “para la audiencia”. En el segundo video, un presentador estrella de CNN y exconsejero del presidente Obama reconoce que toda esa historia es completamente absurda y en el tercero un productor de CNN declara que Trumo es un enfermo mental y que sus electores son “estúpidos como la mierda” (sic).

En respuesta, el presidente Trump colgó en la red un montaje de imágenes de sus tiempos de responsable de la WWE (la federación estadunidense de lucha, espectáculo muy popular en Estados Unidos) donde él mismo aparece dándole una paliza a su amigo Vince McMahon –esposo de la secretaria de la administración Trump a cargo de las pequeñas empresas–, cuyo rostro es reemplazado por el logo de CNN. El montaje termina con la presentación de un logo modificado de CNN, sigla que se convierte en Fraud News Network, algo así como “Red de Noticias Fraudulentas”.

Todo este episodio nos muestra que en Estados Unidos, Donald Trump no tiene la exclusividad de la grosería y confirma que CNN –que en sólo 2 meses ha abordado la cuestión de la injerencia rusa más de 1 mil 500 veces– no se dedica al periodismo y se burla de la verdad. Esto ya lo sabíamos desde hace tiempo, por haber seguido su tratamiento de los temas de política internacional, pero ahora se descubre que hace lo mismo en materia de política doméstica.

Aunque resulta mucho menos significativa, una nueva polémica ha surgido entre el presidente y los presentadores del programa matinal de MSNBC Morning Joe, que desde hace meses han venido criticando implacablemente al inquilino de la Casa Blanca. Uno de ellos, Joe Scarborough, es un exabogado y parlamentario por el Estado de La Florida que aboga contra el derecho al aborto y por la disolución de los ministerios “inútiles”, que según él son los de Comercio, Educación, Energía y Vivienda. Su compañera, tanto en sentido recto como en sentido figurado, Mika Brzezinski es una simple lectora de teleprompter que apoyaba a Bernie Sanders. En un tuit, el presidente los insultó identificándolos como “Joe el sicópata” y “Mika, la del bajo coeficiente intelectual”. Nadie duda que tales calificativos estén cerca de la realidad, pero formularlos así no tiene más objetivo que herir el amor propio de ambos periodistas. En definitiva, los dos presentadores de Morning Joe publicaron en el Washington Post un texto donde ponen en duda la salud mental del presidente.

Mika Brzezinski es la hija del recientemente fallecido Zbigniew Brzezinski, uno de los personajes que manejan desde la sombra la organización no gubernamental Propaganda or Not? anteriormente mencionada.

La grosería de los tuits presidenciales no es un síntoma de locura. Dwight Eisenhower y sobre todo Richard Nixon fueron mucho más obscenos que Donald Trump y no por ello dejaron de ser grandes presidentes.

Trump no es tampoco un individuo impulsivo. En realidad, sobre cada tema, Donald Trump reacciona de inmediato con tuits agresivos. Después, lanza ideas en todos los sentidos, sin vacilar en contradecirse en diferentes declaraciones, y observa detenidamente las reacciones que estas suscitan. Finalmente, luego de haber llegado a crearse una opinión personal, se reúne con la parte adversa y generalmente llega a un acuerdo con ella.

Donald Trump ciertamente no tiene la buena educación puritana de un Barack Obama o una Hillary Clinton. Es más bien portador de la rudeza del Nuevo Mundo. A lo largo de su campaña electoral se presentó siempre como el hombre capaz de poner fin a las innumerables formas de deshonestidad que esa buena educación permite esconder en Washington. Y finalmente fue a él –no a la señora Clinton– a quien los estadunidenses pusieron en la Casa Blanca.

Por supuesto, cada cual está en su derecho de tomar en serio las declaraciones polémicas del presidente, encontrar que algunas son chocantes e ignorar las que dicen lo contrario. Pero no debe confundirse el estilo de Trump con su política. Al contrario, hay que analizar con precisión sus decisiones y sus consecuencias.

Veamos, por ejemplo, su decreto para impedir que entren a Estados Unidos los extranjeros cuya identidad el Departamento de Estado no tiene posibilidades de verificar.

Se observó que la población de los 7 países a cuyos ciudadanos se limitaba el acceso a Estados Unidos es mayoritariamente musulmana. De inmediato se vinculó ese factor a algunas declaraciones que el presidente había hecho durante su campaña electoral y se completó así el proceso de construcción del mito sobre un Trump racista. Se orquestaron una serie de procedimientos judiciales para obtener la anulación del “decreto islamófobo”, hasta que la Corte Suprema confirmó que la medida era legal. Ante ese veredicto, se decidió pasar la página afirmando que la Corte Suprema se había pronunciado sobre una segunda versión del decreto que incluía una serie de concesiones. Y es cierto, sólo que esas concesiones ya figuraban en la primera versión, aunque redactadas de diferente manera.

Al llegar a la Casa Blanca, Donald Trump no privó a los estadunidenses de su seguro social, ni desató la Tercera Guerra Mundial. Lo que ha hecho es, al contrario, abrir numerosos sectores económicos que antes estaban tremendamente cerrados, lo cual favorecía a las grandes transnacionales. Está viéndose, además, un reflujo de los grupos terroristas en Irak, Siria y Líbano y una disminución palpable de la tensión en el conjunto del Medio Oriente ampliado, con excepción de Yemen.

¿Hasta dónde llegará este enfrentamiento entre la Casa Blanca y los medios de difusión, entre Donald Trump y ciertas potencias del dinero?

[1] Thierry Meyssan, “El ‘aparato Clinton’ para desacreditar a Donald Trump”, Al-Watan (Siria), Red Voltaire, 28 de febrero de 2017.

[2] Thierry Meyssan, “El nuevo Orden Mediático Mundial”, Red Voltaire, 7 de marzo de 2017.

[3] Thomas E Patterson, “News Coverage of Donald Trump’s First 100 Days”, Harvard Kennedy School, 18 de mayo de 2017.

[4] Al cabo de 30 años de los hechos finalmente se supo que el misterioso personaje que se hacía llamar Garganta Profunda y que alimentó con sus revelaciones el escándalo del Watergate era nada más y nada menos que W Mark Felt, antiguo ayudante de J Edgard Hoover y número dos en la jerarquía de la FBI.

[5] Thierry Meyssan, “La campaña de la OTAN contra la libertad de expresión”, Red Voltaire, 5 de diciembre de 2016.

[6] Thierry Meyssan, “Contra Donald Trump, la propaganda de guerra”, Red Voltaire, 7 de febrero de 2017.

[7] “Project Veritas destapa una campaña de mentiras de CNN”, Red Voltaire, 2 de julio de 2017.

Thierry Meyssan/Red Voltaire

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: INTERNACIONAL]

Contralínea 548 / del 17 al 23 de Julio de 2017

 

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