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Dublín, Irlanda. “Planeta 50-50 en 2030: Demos el paso por la igualdad de género”. El tema del Día Internacional de la Mujer de este año (8 de marzo) sirvió como un recordatorio oportuno de que, a pesar del progreso de los últimos años y la ambición de la nueva agenda mundial de desarrollo, debemos redoblar los esfuerzos para lograr un mundo sustentado en la igualdad de género.

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Todas las mujeres deben estar empoderadas para ejercer sus derechos plenos e iguales. ¿Pero qué significa en realidad dar un paso por la igualdad de género?

Para mí, esto requiere estrategias específicas destinadas a garantizar que todas las mujeres tengan voz en la formulación de las decisiones que afectan sus vidas. Esto es particularmente importante cuando se trata de facilitar la participación de las mujeres de base.

Para hacer realidad el enfoque “que nadie se quede atrás” que pide la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el compromiso “para alcanzar primero a los más rezagados”, las mujeres de base deben ser reconocidas como actores clave en el desarrollo sostenible del planeta.

En todo el mundo, ellas poseen una riqueza de conocimiento que vamos a necesitar para gestionar los impactos del cambio climático y acelerar el desarrollo sostenible.

Sin embargo, con el fin de valorar adecuadamente este conocimiento y ponerlo en uso, se debe permitir que las mujeres participen de manera significativa en el diseño, la planificación y la ejecución de políticas y programas que incidan en sus vidas. Asegurar que se escuchen sus voces y que se actúe para cubrir sus necesidades son puntos fundamentales para el avance de la justicia climática.

Las consecuencias del cambio climático son diferentes para los hombres y para las mujeres.

Las mujeres de base son más propensas a soportar una mayor carga ante el cambio climático, particularmente en situaciones de pobreza. El cambio climático exacerba los patrones existentes de desigualdad, incluida la desigualdad de género.

Las mujeres de base tienen un acceso limitado a los recursos productivos, movilidad restringida y escasa voz en la toma de decisiones, lo que las deja muy vulnerables al cambio climático.

La política climática, para ser eficaz, debe comprender estas desigualdades subyacentes con el fin de hacer frente a las diferentes formas en que el clima afecta a las mujeres de base.

Permitir la participación significativa de las mujeres no sólo es lo correcto, sino que es lo más inteligente. Los programas concebidos para las comunidades vulnerables, sin comprometerse con las mujeres de la comunidad, rara vez alcanzan los resultados deseados.

Esta importante lección se refleja en el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 5 –Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas– que incluye la meta de “velar por la participación plena y efectiva de las mujeres y la igualdad de oportunidades de liderazgo a todos los niveles de la adopción de decisiones en la vida política, económica y pública”.

Esta necesidad es particularmente acuciante en el caso de las mujeres de base. Lamentablemente, la importancia de incluir a las mujeres en la toma de decisiones y la promoción del liderazgo femenino es menos conocida por el sector climático. Sin embargo, la mayoría de las personas que están en la primera línea de la pobreza y el cambio climático son mujeres.

Se hicieron algunos avances con la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). En 2012 las partes de la Convención adoptaron el llamado Milagro de Doha (Decisión 23/CP18), para mejorar la participación de las mujeres en las negociaciones sobre el cambio climático.

En noviembre los Estados parte analizarán lo que se ha logrado en virtud de esta Decisión en la 22 Conferencia de las Partes (COP22). Pero cuando lo hagan verán que sólo se lograron ligeros avances en términos de igualdad de representación en las negociaciones.

Por ejemplo, el último informe de composición de género de la CMNUCC destaca que sólo 36 por ciento de los delegados eran mujeres en la COP20 celebrada en Lima en 2014, y la cifra se reduce a 26 por ciento cuando se consideran los jefes de las delegaciones.

En Lima las partes acordaron iniciar el Programa de Trabajo sobre Género, una exploración de 2 años de duración sobre las dimensiones de género del cambio climático, mientras que el Acuerdo de París sobre el cambio climático (2015) reconoce la necesidad de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres.

Todas estas son señales de progreso, pero queda mucho por hacer para que las voces de las mujeres se incluyan integralmente en la formación de la acción climática. Un paso clave es la inversión en la formación y el desarrollo de capacidades que permita la participación plena y efectiva de las mujeres de base.

Esto se capta en el ODS 13 –Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos– que incluye una meta que insta a los Estados a promover mecanismos para aumentar la capacidad de planificación de los países menos adelantados y los pequeños Estados insulares en desarrollo para ayudar a las mujeres, los jóvenes y las comunidades locales y marginadas a tomar parte en la planificación y la gestión relacionadas con el cambio climático.

La puesta en práctica de esta meta será fundamental para lograr un enfoque armonizado y centrado en las personas tanto en la agenda del desarrollo sostenible como en el nuevo acuerdo sobre el clima.

En 2015 la comunidad mundial sentó las bases sobre las cuales podemos construir un mundo más seguro con oportunidades para todas y todos.

Al aprobar la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre el cambio climático los líderes mundiales exhibieron la intención de cambiar de rumbo y de dejar atrás los modelos tradicionales de desarrollo, desiguales e insostenibles, y de avanzar hacia un futuro sin pobreza ni necesidad, con abundante energía limpia y un ambiente sano.

En 2016 comenzamos a planificar y desarrollar estos dos procesos internacionales, ambiciosos y universales. Debemos asegurar que las voces de las mujeres y los derechos humanos informen nuestras acciones. Las mujeres de base no deben ser vistas simplemente como receptoras pasivas de la asistencia climática. Son protagonistas en la consecución de su derecho al desarrollo.

Mediante el reconocimiento de las mujeres de base como agentes de cambio en sus comunidades, la valoración de sus conocimientos y la construcción de su capacidad de adaptación, quienes toman las decisiones pueden desarrollar soluciones climáticas sostenibles a largo plazo a nivel local que fortalecerán a comunidades enteras.

A medida que “damos un paso por la igualdad de género”, exhorto a todas las personas en posiciones de influencia que les brinden a las mujeres de base las plataformas para que puedan hablar por sí mismas. Escuchar –y valorar– sus conocimientos y experiencia ayudará a formar un progreso hacia 2030 que sea bueno para las personas, el planeta y la igualdad de género.

Mary Robinson*

*Presidenta de Irlanda (1990-1997) y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (1997-2002). Actualmente preside la Fundación Mary Robinson-Justicia Climática

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 479 / del 14 al 19 de Marzo, 2016

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