Hay que exhibir los moches

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I. La corrupción caracteriza al sistema político mexicano, practicada también por los empresarios que se mochan con los jefes para conseguir contratos con el sector público. La élite se reparte el dinero del pueblo a manos llenas, lo disfrazan con fideicomisos y viáticos, con sobresueldos, abultadas pensiones, pagos extras, nombramientos de parientes y amigos, en una cadena de mutuos favores. En ese sistema no “todos ponen”, sino “todos roban” con la divisa: “ponme donde hay” y te comparto. En ese drama sólo el pueblo es honrado, esquilmado, defraudado y sometido a toda clase de abusos si quiere resolver sus problemas inmediatos. Roban al pueblo en los supermercados, los centros comerciales, los restaurantes, en las oficinas públicas y donde se mueva dinero. Sodoma y Gomorra no es nada con lo que pasa en México; donde el mal ejemplo de las élites que roban cínica y descaradamente, cunde en los subalternos.

ConjeturasII. La empresaria Marinela Servitje puso en cuestión el gravísimo problema de la corrupción que practican funcionarios para llevarse un tanto por ciento al ofrecer sus servicios de intermediarios para obtener subsidios y financiamientos gubernamentales (Miguel Ángel Pallares, El Universal, 15 de febrero de 2016). Con su empresa Sietecolores, se ha dedicado a crear obras para la formación de niños, adolescentes y adultos, como museos. Con el objetivo de “que todas las escuelas del país tengan los mismos niveles y estándares. Las escuelas indígenas o multigrado puedan tener los mismos niveles de las urbanas. Después dar oportunidades económicas, pero debemos empezar con una buena escuela, no podemos tener escuelas de primera y de segunda”. Enmarca su declaración en la frase: “Estamos rodeados de un ambiente de corrupción”; afirmando que ella no ha cedido porque se ha formado y forjado en una “ética de los negocios” (sin especificar que ética, como no sea una muy personal por la educación que recibió al interior de una familia empresarial muy poderosa). Y propone que los mexicanos debemos denunciar y exhibir “a aquellos que piden una mordida o dinero por un favor”.

III. Y como ejemplo de lo que Marinela intenta erradicar, desde Ixtepec, Oaxaca, Diana Manzo (La Jornada, 15 de febrero de 2016), nos informa cómo a la sombra de un árbol, 53 niños de la primaria Rufino Tamayo, en la colonia Doctores, de la llamada “escuelita de Guayacán”, sin sanitarios, agua potable ni electricidad y con pizarrones improvisados estudian al aire libre por carecer siquiera de un cuarto con techo. Abandonados por el gobierno de Oaxaca y el furibundo Aurelio Nuño de la Secretaría de Educación Pública –igual que en otros estados–, sus heroicos profesores atienden los seis grados recibiendo un ínfimo “apoyo” mensual del Ayuntamiento. Nuño intenta imponer una educación prusiana-fascista. Pero ignora que millones de niños en el país padecen toda clase de carencias materiales; que sus profesores cumplen más allá de su deber, y a los que sin actualizar sus conocimientos y métodos de enseñanza, los somete a “evaluaciones” con la finalidad de despedirlos y entregar la educación a la iniciativa privada.

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