Una visita papal no hace verano

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I. De las ruinas del antiguo priísmo, como si fuera réplica de Leonardo di Caprio, renace Humberto Roque Villanueva que se hizo tristemente célebre cuando siendo diputado federal, y ante la aprobación de cierta ley, fue captado haciendo lo que se llamó: la “roqueseñal” –los dos brazos y los puños crispados, hacia adelante y hacia atrás para representar aquello de “¡ya nos los cogimos”!–. Es ahora subsecretario de Población, Migración y Asuntos Religiosos de Gobernación. Y con motivo de la visita papal, lo mandaron a la reunión de la Conferencia del Episcopado Mexicano, donde sus integrantes dictaron línea a los asistentes al seminario sobre periodismo religioso. Muy persignadito, interpretó muy antilaicamente el carácter laico del Estado y la Constitución, para postular “la comunión de principios espirituales”, obviamente católicos, en el contexto de “neutralidad y respeto a las diferentes formas de pensar [le faltó lo de sentir] en materia religiosa de los mexicanos que redunden en beneficio de la convivencia pacífica”.

ConjeturasII. Y luego desenvainó la espada de la censura para cortarle la cabeza al semanario Desde la fe, que publica el Episcopado, porque éste destacó que el peñismo no ha logrado abatir la inseguridad ni la violencia; tachando el escrito de “exagerado” y aconsejando que las iglesias cooperen formando “buenos feligreses y ciudadanos”. Dando cátedra, incluso, a los gobernadores para que no aprovecharan la visita papal para hacer política y ganarse los votos de los católicos. Por cierto que en esa visita, y como si fuera Juan el Bautista, el papa Francisco predicó en el desierto del sistema presidencialista y aunque de antemano dijeron que aceptarían sus llamadas de atención, le dieron por su lado y a todo le dijeron “sí”. Entre misas, oraciones y declaraciones, el también jefe del Estado del Vaticano y jerarca máximo de la iglesia católica, puso el dedo en algunas llagas de la explosiva situación social del país.

III. Pero todo sigue igual. La poderosa élite económica y la política lo mantuvieron a buena distancia del pueblo que se conformó con verlo pasar de largo a la espera de un milagro a sus desventuras. Los encubridores de la pederastia clerical, recibieron las censuras sin inmutarse. Y toda la elite política apenas si guardó las formas del laicismo, como hizo el cínico López Portillo cuando espetó que si su conducta pública prorreligiosa era merecedora de una sanción, con gusto pagaría la multa. Y es que una visita papal no hace verano. Fueron días para distraer a la nación, entretenerla y satisfacer sus legítimas necesidades por sus creencias. Pero seguimos inmersos en la crisis general que tiene su pie sobre el cuello de todos los mexicanos, con los graves problemas que no han podido ser resueltos y los causados por la mala conducción de las políticas públicas peñistas, completados además por las causas internacionales, como la caída del petróleo. Estamos, pues, metidos en una crisis general que movilizará al pueblo con sus demandas; y donde las delincuencias aprovecharán el río revuelto. Se acabaron los factores para distraer al país.

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