Los Fideicomisos y la banca voraz

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I. “Dinero entra y sale de estas cuentas [de los fideicomisos]… pero no se sabe a ciencia cierta el destino de cada peso”, consignan Lilia Saúl y Daniela Guazo en “A dónde va el dinero” (El Universal, 25 de enero de 2016). Son 344 fideicomisos que dependen de la Secretaría de Hacienda, en una tradición del presidencialismo que oculta el manejo billonario del dinero de los contribuyentes. “En México existen diferentes tipos de fideicomisos. Además de los federales, cada uno de los gobiernos locales puede abrir una nueva ‘cuenta y al mismo tiempo comenzar un nuevo fideicomiso con el gobierno federal y viceversa. Así el número de ‘cajas chicas’ se va multiplicando vertiginosamente… sin saberse el destino final de los recursos o… no se conoce la información o están bajo el secreto bancario y fiduciario”. Todas las secretarías tienen fideicomisos. Y desde 2006 hay obligación de informar sobre ellos, aunque no se lleva a cabo; pero la exigencia de un control ha permitido al menos tener acceso al dinero que manejan para los fines establecidos al constituirlos.

 

II. Empero, los 614 fideicomisos, que cuentan con “alrededor de 2 billones de pesos”, funcionan echando mano de sus recursos casi siempre para situaciones de emergencia. Hoy más que nunca es necesario que rindan cuentas de cara a la nación para su discusión y crítica, pues es dinero de los mexicanos manejado como fortunas privadas de los gobernantes. “En la mayoría de los casos, estas ‘cajas chicas no presentan informes en tiempo real. Utilizan el pretexto del secreto bancario”. Y éste es un recurso que los bancos aplican a rajatabla, para proteger a quienes depositan ese dinero en sus instituciones; y que los banqueros manejan obteniendo jugosas ganancias. Es más o menos lo mismo que hacen con los 35 millones de usuarios de sus servicios, a quienes esquilman con infames cobros por comisiones e intereses que les reditúan 275 millones de pesos diarios como utilidades que se llevan a sus países de origen (La Jornada, 2 de febrero de 2016).

 

III. Arrasan los banqueros con esa riqueza y no hay control de sus movimientos, por los que se cuelan cuantiosas inversiones del lavado de dinero en dólares. El cobro de intereses por los préstamos que otorgan es leonino; pero los intereses que pagan porque el cuentahabiente deje su dinero en los bancos es ínfimo. Esto, y los demás cobros que se sacan de la manga, da como resultado que por cada peso depositado los banqueros obtienen, libres de paja y polvo, más de 3 pesos con los que engordan sus flujos de capital; y para gastos de administración apenas destinan una mínima parte, explotando al máximo el trabajo de sus empleados. No obtienen tales ganancias en países donde la banca opera bajo controles con límites. Pero el sistema mexicano les ha permitido tal voracidad. Y siendo que ya las empresas y los gobiernos depositan el salario de sus trabajadores en ellos, esos millones de pesos son jineteados por los dueños de esas instituciones obteniendo millonarias utilidades, por las que además, pagan una miseria de impuestos en contubernio con las autoridades de Hacienda.

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