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Qué celebrar este 5 de febrero, cuando se “encuentra entronizada la maldad y prostituido al ciudadano; cuando la justicia ha sido arrojada de su templo por infames mercaderes y sobre la tumba de la Constitución se alza con cinismo una teocracia inaudita. ¿Para qué recibir esta fecha, digna de mejor pueblo, con hipócritas muestras de alegría?

“La Constitución ha muerto […]; protestamos solemnemente contra los asesinos de ella, [quienes teniendo] como escenario sangriento al pueblo que han vejado, celebran este día con muestras de regocijo y satisfacción.”


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El escrito es de Ricardo Flores Magón. Data de 1903. Es un extracto del editorial de El Hijo del Ahuizote que se publicó el 8 de febrero de ese año. Acompañó una foto publicada en primera plana que, por cortesía del Centro Documental Flores Magón, AC –a cargo de Diego Flores Magón–, reproducimos en estas páginas.

Tal editorial podría publicarse hoy y sería totalmente vigente. La Carta Magna que nos rige, y que este 5 de febrero cumple 99 años de haber sido promulgada, ha sido vaciada de sus reivindicaciones de justicia social. Es hoy un texto parchado e incoherente reformado en 642 ocasiones. De acuerdo con información del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, desde que se entronizó el neoliberalismo en este país se ha reformado 429 veces: 66 durante el gobierno de Miguel de la Madrid (1982-1988); 55 durante el de Carlos Salinas (1988-1994); 77 en el de Ernesto Zedillo (1994-2000); 31 en el de Vicente Fox (2000-2006); 110 en el de Felipe Calderón (2006-2012), y 90 en lo que va de la actual administración de Enrique Peña Nieto.

Así, las últimas 429 reformas de Artículos constitucionales han ocurrido en los últimos 33 años.

Las 213 reformas restantes ocurrieron entre 1920 y 1982. Del cuatrienio de Álvaro Obregón al sexenio de José López Portillo: 62 años.

Visto de otra manera podemos decir que el 33.17 por ciento de las reformas a la Carta Magna de los mexicanos ocurrió entre 1920 y 1982, mientras que el 66.82 por ciento se realizó entre 1983 y lo que va del actual sexenio.

Sí. Claro que todas las constituciones no sólo son susceptibles de ser reformadas sino que incluso deben ser modificadas de acuerdo con el devenir histórico-social de las sociedades. Pero cuando hablamos de un documento con 642 cambios –429 de ellos en poco más de 3 décadas–, lo que tenemos enfrente es un documento que no corresponde con el proyecto de país de quienes gobiernan.

Lo peor no es el número de reformas sino el sentido que han tenido dichos cambios.

¿Alguien puede argumentar que la actual Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos defiende a los campesinos, a los indígenas, a los trabajadores? ¿Protege las propiedades comunales, colectivas y nacionales? ¿Garantiza el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, a la alimentación sana? Por el contrario, se ha allanado el camino a los grandes consorcios: se despojan a los ejidos y las comunidades indígenas para que los grandes empresarios hagan sus negocios, los trabajadores no tienen seguridad laboral como tampoco mecanismos para defenderse de despidos o de la precarización de las condiciones en que son contratados. Los recursos naturales, minerales y del subsuelo se han entregado al gran capital…

En efecto, esta Constitución es ya incoherente y no garantiza la defensa de los intereses de los trabajadores, campesinos y del pueblo en general. Será necesario reescribirla.

Pero no es la que panistas, priístas y los demás políticos profesionales de los partidos con registro están demandando. No serán ellos, los que precisamente arruinaron la Carta Magna vigente, los que redacten una nueva.

Cuando los intachables periodistas anarquistas protestaron por la muerte de la Constitución también sacudieron a sus ciudadanos contemporáneos. Les espetaron que esa fecha era “digna de mejor pueblo”. En la foto se puede apreciar a Ricardo y Enrique Flores Magón; Federico Pérez Fernández; Santiago de la Hoz; Tomás, Manuel y Juan Sarabia; Benjamín Millán; Evaristo Guillén; Gabriel Pérez Fernández; Antonio Díaz Soto y Gama, y Rosalío Bustamante. Se jugaron la libertad y la vida.

Se referían a la Constitución de 1857. Lo que en 1903 anunciaban era la guerra que el pueblo tendría que dar para reescribir una nueva Constitución. La Revolución Mexicana iniciada 7 años más tarde tuvo su expresión jurídica en la Constitución de 1917. Una nueva podría tener ya como base los Acuerdos de San Andrés de 1996 y, entre otros documentos, el propio programa del Partido Liberal de 1906, publicado en el otro legendario periódico de los Flores Magón, Regeneración, en cuya tercera época el director era Ricardo Flores Magón, el jefe de Redacción Juan Sarabia y el administrador Enrique Flores Magón, y cuyo subtítulo decía: Periódico independiente de combate. Tal vez otras batallas se tendrán que librar para contar con una nueva Constitución. Pero la responsabilidad es y será del pueblo. Tal y como el propio Ricardo Flores Magón exhortaba en un discurso en 1917, obtenido de la Biblioteca Virtual Antorcha:

“Los tiranos no tienen más fuerza que la que les damos nosotros mismos con nuestra indiferencia. No son los tiranos los culpables de nuestros infortunios, sino nosotros mismos.

“Preciso es confesarlo: si el burgués nos desloma en el trabajo y exige de nosotros hasta la última gota de sudor, ¿a quién se debe ese mal sino a nosotros mismos, que no hemos sabido oponer a la explotación burguesa nuestra protesta y nuestra rebeldía?

“El anciano que tiende la mano temblorosa en demanda de un mendrugo; el niño que llora de frío y de hambre; la mujer que ofrece su carne por unas cuantas monedas, son hechura nuestra, a nosotros deben su infortunio, porque no sabemos hacer de nuestro pecho un escudo; y nuestras manos, acostumbradas a implorar, son incapaces de hincarse, como tenazas, en el cuello de nuestros verdugos.”

Zósimo Camacho

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ZONA CERO]

 

 

 

Contralínea 473 / del 01 al 07 de Febrero de 2016

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