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Originarios de distintas partes del país, estos jornaleros dejan a sus familias durante meses a cambio de severas condiciones laborales en las que llegan a estar expuestos a temperaturas que superan los 150 grados. Hacinados en un campamento, 24 de ellos no tienen quien les lave ni cocine. Con dos retretes sortean sus necesidades

José Manuel Meza Matamoros, Tamaulipas

El avasallante sol que se precipita en Reynosa no se les desmarca ni un momento, mucho menos el sofocante calor de las humeantes máquinas con las cuales desdoblan toneladas de asfalto sobre las calles de la ciudad.

Chorros de sudor corren bajo sus ropas, pegajosas y ennegrecidas. Se retiran el paliacate de la boca y escupen reseco para luego engullir unos tragos de agua.

Extenuados, algunos dejan ver de vez en cuando sus carcomidos dientes amarillos, producto del tóxico vapor que despide la espesa mezcla derivada de los hidrocarburos.

“El asfalto sí nos perjudica, pero hay que trabajar de algo y buscarle para sobrevivir. Uno trata de hacer las cosas lo mejor que se pueda”, dice Jorge Reyes Pérez, originario de Ecatepec, Estado de México.

Para quienes ya acumulan años recarpeteando caminos, las huellas de este agotador, pero indispensable oficio, son más que mani fiestas. Acentuadas arrugas y un atezado color de piel los caracterizan.

Diariamente, y desde las 7 de la mañana, estos 24 obreros de la compañía recicladora Immex, S.A. de C.V. (contratada por el gobierno de la ciudad para el mantenimiento de sus vialidades), abandonan el campamento donde se alojan en la colonia Valle Alto.

Ataviados con dos capas de ropa –para protegerse de las ardientes temperaturas–, son distribuidos en dos brigadas. La meta es terminar varias cuadras por jornada, para lo cual “existe horario de entrada, más no de salida”.

Cuando arriban a su punto de trabajo, los camiones de volteo ya los esperan con mezcla lista. El capataz les da instrucciones y cada uno asume su puesto, desde quienes operan las moles de hierro, hasta los peones, encargados de subir el material sobrante en carretillas.

“Aquí existen rangos: arriba están los de la recicladora y el calentador, luego les siguen los mecánicos, los rastrilleros, los tornilleros y los últimos son los paleros, que llevan más friega”, explicó Jorge, quien ocupa un puesto de mediana jerarquía.

Calor criminal

Alrededor de las 2 de la tarde, los empleados dejan de trabajar por media hora para “echar un taco”, que no es más que un modesto lonche de arroz con frijoles, salchichas con huevo, tortas de jamón y, en el mejor de los casos, un bocado de bistec. Tendidos sobre las banquetas cada minuto lo aprovechan para recobrar fuerzas.

Como ellos mismos compran el agua que ingieren, la racionan para que les rinda hasta el final del día, aunque reconocen que los tres o cuatro litros que adquieren –su sueldo no les permite comprar más–, no son suficientes para saciar su interminable sed. De lo mucho que transpiran, afirman, no necesitan siquiera ir al baño, porque todo el líquido lo consume su cuerpo en movimiento.

“Lo pesado es aguantar la temperatura de 150 grados centígrados con la que tenemos que desempeñar nuestra labor. Debemos hidratarnos a cada rato porque todos los camiones que llegan hay que tirarlos hasta que se termine el asfalto. Sí es mucho el desgaste, los días viernes y sábados ya no quiere uno trabajar”, manifestó Jorge, en cuyo rostro se distingue un cansancio de meses.

Al volver a la carga el calor (ambiente) de 37 grados aprieta (cuando aún es primavera).

Con sus ásperas manos, los 24 hombres sujetan las herramientas y dan el segundo “tirón” añorando ver pronto a sus familias y olvidar el afanoso trabajo. Pero a medida que transcurren los minutos, la lumbre del calentador que mantiene derretido el pavimento se vuelve cada vez más insoportable para sus pies, es por eso que cada vez que tienen oportunidad buscan una sombra y reposan.

Así, después de 11 largas horas de agobiante labor, desenganchan de sus cuellos los per cudidos pañuelos y se restriegan el rostro. Casi arrastrando las pisadas recogen sus herramientas, las lavan y emprenden sobre una camioneta de redilas el retorno a la base con los semblantes desencajados.

“Ustedes han visto lo duro que es este trabajo y sobretodo el clima de la frontera. Nosotros hemos andado en distintas partes del país, pero en ningún lugar se sufre tanto por el calor como en Reynosa”, ponderó el mecánico Isidro Mata Zurita, nativo de Ciudad Victoria.

La maldición los persigue

La casa –a la que estos obreros le llaman campamento– se divide en dos plantas con tres recámaras; dos sanitarios, sala (la cual sirve como dormitorio) y una cocina sin estufa. Como ésta les queda chica, en la parte exterior otros de los subempleados del municipio encienden fuego para prepararse de comer. Lo mismo ocurre en una de las recámaras, iluminada apenas por una tenue lámpara.

En la alacena los víveres escasean, pero algunos se cooperan para comer variado y rehuir a los habituales frijoles con tortillas, a sabiendas de que no todos van a llenarse. El aroma de unos nopales sofreídos los alienta, aunque hay quienes no esconden su congoja de no tener quien les prepare los alimentos.

“Aquí uno se tiene que hacer la comida y todo lo demás, porque no está la esposa ni los hijos para que lo atiendan”, lamentó Salvador Mata, procedente de Linares, Nuevo León.

Simultáneamente otros obreros friegan la ropa en cubetas, girando una barra de metal, pues a pesar de estar en frontera no cuentan con lavadora o mínimo una batea. Mediante técnicas rudimentarias enjuagan las mudas que traen puestas y las ponen a secar para usarlas al siguiente día.

Acudir a cualquiera de los dos baños o ducharse es una verdadera odisea. Y cómo no, pues estos servicios son compartidos entre 24 personas, quienes hacen maratónicas filas para lograr asearse.

“Son nada más dos escusados para todos, así que debemos hacer cola y sólo entran los que llegan primero. Es incómodo porque nos la pasamos diciendo ‘¡apúrale que ya nos anda!’, eso es todos los días mañana y noche. La empresa te da cama y otras facilidades pero, sin agraviar, sí necesitamos un lugar un poquito más holgado”, subrayó Jorge Reyes Pérez.

Para estos hombres su única distracción en las pocas horas de descanso que tienen son las telenovelas que contemplan en un arcaico televisor.

Y si todas estas carencias fueran pocas, a la hora de dormir los débiles ventiladores apenas producen aire para refrescar al que está enfrente.

Las camas y literas tampoco son suficientes, por lo mismo tres de los jornaleros deben descansar en el suelo, el cual aunque es incómodo, les ayuda a mitigar el calor.

Las condiciones de vida de estos trabajadores no son mejores a las que se sufren en las comunidades más pobres del país, la diferencia la hace el techo de material y el piso de cemento.

Incluso, uno de ellos posee su camastro en el garaje, al aire libre y en medio de un muladar (entre barriles, instrumentos de trabajo y tendederos).

Al amanecer nuevamente surge la disputa por los baños y unos a otros intercambian miradas de resignación.

Malagradecimiento y desprecio

Todos los obreros de la empresa Immex, S. A.

de C. V. –ubicada en la avenida Río Nazas número 1311 colonia Valle del Mirador, en Monterrey, Nuevo León– que laboran en Reynosa, son foráneos. Esta empresa los contrata en “diferentes frentes” y luego los traslada a las ciudades donde la compañía tiene contratos con gobiernos municipales.

Como el salario más bajo es de 150 pesos diarios, hacer el viaje con las esposas e hijos resulta imposible. Esta situación entristece a los trabajadores, pero no los detiene, pues en sus lugares de origen estarían desempleados.

“Todos venimos de diferentes partes del país: Tampico, Ciudad Victoria, Veracruz, México, Tabasco, Oaxaca, Michoacán. Algunos de nuestros compañeros son de comunidades muy pobres y la misma necesidad los hace también andar por acá. Cuando se termina el trabajo nos cambian de lugar y cada mes tenemos una salida para ver a nuestras familias”, aseguró Isidro.

Sin embargo no todos pueden hacer el gasto, porque el pasaje supera los mil 500 pesos de ida y vuelta a la zona del Istmo de Tehuantepec, y 800 pesos en los límites con Veracruz o San Luis Potosí, de donde provienen, por ejemplo, algunos de los jornaleros del asfalto.

Desempeñando un oficio que nadie quiere, estos hombres reciben como pago apenas lo suficiente para que sus seres queridos no mueran de hambre.

La señora Luz María Morales, esposa de Jorge (quien ya rebasa los 55 años), mejor se hizo a la idea de que a su marido sólo podrá verlo por temporadas. Ya tiene cuatro años así, yendo y viniendo. De igual modo sus hijos, César y Ángel, saben que su padre acude a la frontera para que ellos no carezcan de ningún bien (dentro de lo que cabe).

“En mi tierra dejé a mi mujer y a mis muchachos.

Sí los extrañó bastante, pero ya ni llorar es bueno. Cuando hay oportunidad nos vemos dos o tres días”, relató el operario.

Salud acosada

Otra de las dificultades a las que estos trabajadores se enfrentan son las secuelas que les origina estar constantemente respirando el asfalto ardiente.

Visiblemente distorsionado por las ondas del fuego y las oscuras fumarolas, el pelotón humano labora sistemáticamente moviendo los controles, aceitando la maquinaria y marchando alrededor de la misma. El imperante olor a lubricante los atosiga, pero no se le separan.

“Lo que más nos afecta son los pulmones, los riñones por tanto calor y parte de la boca.

A la larga es esto malo para la salud por lo fuerte del humo, pero todo tiene su riesgo”, indicó Isidro, escudado bajo una engrasada chaqueta de gabardina.

Julio César Varillas Saldaña, jefe de grupo, expresó que el asfalto tarda en secarse dos horas después de pasar el último rodillo. Agregó que en lo que va de la presente administración se han colocado 950 mil metros cuadrados, equivalentes a unas 70 u 80 calles.

“Se tiran en promedio 16 camiones tipo torton diarios y de 5 mil 500 a seis mil metros cuadrados de mezcla. La verdad, pocos aguantan esta friega”, comentó.

Para colmo de males, aunque desarrollan un trabajo que beneficia directamente a la comunidad, estos obreros afirmaron ser maltratados por la ciudadanía.

“Nos la refrescan porque paramos el tráfico y las personas quieren pasar a como dé lugar. A veces esto es molesto, pero viendo las calles terminadas hasta una disculpa nos piden”, dijo Jorge esbozando una ligera sonrisa.

En la acera de enfrente, sostenido de un embadurnado teléfono móvil con que intenta enviar un mensaje de texto, otro de los empleados les dice a sus parientes el día que va a girarles dinero. Su rostro se desdibuja al leer que sus hijos piden verlo y pensativo guarda silencio.

Como ésta, la mayoría de los jornaleros del asfalto comparten una historia de nostalgia, incertidumbre y estrechez, ejecutando una tarea que lejos de ayudarles a salir adelante, tan sólo les permite subsistir en el extremoso calor de la frontera, aunque con la satisfacción de haber favorecido a la sociedad.

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