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  1. La revuelta juvenil, la rebelión de los trabajadores, el triunfo del pan y las rosas, las traiciones de los “comunistas” oficiales, la reacción aplastante del Estado y la derrota. Una Italia insumisa y soñadora. Todo en la primera voz de un anarquista, o socialista libertario, que entonces marchó airadamente las calles, construyó barricadas y hoy evalúa históricamente el legado de una generación que cimbró el mundo

Para Valentina y Marcello, mis hijos

¿Qué es lo que queremos?

¡Lo queremos todo!

Pancarta en la barricada de corso Traiano, Turín, 1969

Quien habla de revolución sin referirse a la vida cotidiana, tiene un cadáver en la boca

Graffiti, Milán, 1971

Una precisión necesaria: nací en Milán en 1952 y viví el año de 1968 en el liceo. Como decenas de miles de mis coetáneos, participé en el movimiento estudiantil a partir de finales de 1967, en calidad de activista de a pie. Viví con pasión la temporada de las luchas obreras y me incorporé al colectivo libertario de mi escuela. Después vino la década de 1970, las comunas, las drogas sicodélicas y la lucha armada (en la cual nunca creí). Y cuando el movimiento se agotó, agarré la mochila para conocer el mundo. Como dijera Amin Maalouf, “soy hijo del camino, la caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía”.

Recuerdos

Medio siglo después, 1968 me sigue pareciendo un año axial, la rara circunstancia en que el instante se enlaza con el tiempo y la coyuntura con la larga duración. No había crisis, más bien la economía marchaba viento en popa y, sin embargo, ocurrió un ataque, tan masivo como inesperado, contra el conjunto de las condiciones de vida bajo la dominación capitalista. En París, el movimiento estudiantil se convirtió en una gran revuelta que provocó la mayor huelga general en la historia de Francia. Otras grandes metrópolis –Ámsterdam, Tokio, Milán, Londres, Nueva York y la Ciudad de México– fueron teatros de luchas que tenían como objetivo nada menos que la creación de un mundo nuevo. Junto al sentimiento de que nada podría ser como antes, nuestra generación descubrió la pasión por la vida colectiva y la posibilidad de transformarla. “Rápido”, decían elocuentemente los muros y todos sabíamos de qué se trataba.

Así como las epidemias medioevales no respetaban fronteras ni jerarquías sociales, la rebelión anuló clasificaciones políticas, geográficas e ideológicas. A pesar de que el mundo se hallaba dividido en dos bloques contrapuestos: el capitalista y el llamado, falsamente, “socialista”, la rebelión se contagió a Checoslovaquia y a Polonia, revelando el carácter burocrático e imperialista del sistema soviético. En Gdansk, Stettin y Praga, las explosiones de cólera se parecían peligrosamente a las de Detroit y Watts.

En el sur del mundo, se oía la voz sorda y amenazante de los condenados de la tierra. En África, la descolonización despertaba insólitos apetitos de libertad; en América Latina, la Revolución Cubana motivaba a una nueva generación de activistas y en Vietnam la ofensiva del Tet ponía en jaque al país más poderoso del mundo. En este contexto, el caso de Italia se presenta como la expresión local de un movimiento de alcance planetario. En la península, sin embargo, el movimiento comenzó antes y terminó después alcanzando un nivel de radicalidad desconocido en otras latitudes. Para comprender sus rasgos esenciales es necesario dar unos pasos atrás.

Antecedentes

Al concluirse el segundo conflicto mundial, Italia seguía siendo un país atrasado con una estructura prevalentemente agraria. Caso único en Europa occidental, el fascismo había sido derrotado por fuerzas populares que habían consolidado islotes de poder en las fábricas del norte, en el centro y en las regiones rurales del sur. El movimiento obrero contaba con una central única, la Confederación General Italiana de los Trabajadores (CGIL, por su sigla en italiano), de tendencia comunista, mutilada hacia 1950 de las tendencias cristiana y socialdemócrata.

A un breve paréntesis de gobiernos unitarios que contaban con la participación del Partido Comunista Italiano (PCI) y del Partido Socialista (PSI), siguió el largo reinado de la Democracia Cristiana (DC) que, en alianza con la mafia, ganó las elecciones de abril de 1948 instaurando un régimen corrupto y aparentemente inamovible (que tenía mucho parecido con el Partido Revolucionario Institucional, PRI, de México). Por entonces, la vida política del país se encontraba enmarañada en la Guerra Fría: si los democristianos respondían a Washington, el PCI obedecía a Moscú. Sin embargo, contrario a lo que afirmaba la propaganda, los soviéticos no tenían la menor intención de alterar el orden geopolítico surgido de los acuerdos de Yalta (1945), ni favorecían un cambio de gobierno en el país.

La prueba general llegó el 14 de julio de 1948 cuando Antonino Pallante, un estudiante fascista, hirió de cuatro balazos al secretario del PCI, Palmiro Togliatti, sin matarlo. En todo el país se desencadenaron demostraciones violentas y una huelga general. Mientras los obreros comunistas se alistaban para la insurrección general, el día 15 Togliatti les ordenó volver al trabajo haciendo saber que la vía italiana al socialismo pasaba por la defensa de las instituciones del Estado burgués.

Se originó así una situación paradójica de la que el Partido Comunista era al mismo tiempo víctima y beneficiario. Víctima, porque los preceptos de la Guerra Fría le impedían acceder al gobierno central, pero también beneficiario porque controlaba parte de la industria cultural, algunas alcaldías de las regiones centrales (Bolonia, por ejemplo) y el jugoso intercambio comercial con el bloque soviético. Se convirtió así en un partido conservador, garante del orden público, que ensanchó su base electoral gracias al “transformismo”, esa tradición típicamente italiana de cambiar de casaca en el momento oportuno.

Aun así, los comunistas fueron satanizados por la DC, sus paleros y la Iglesia Católica que amenazaba con excomulgar a quienes los votaban. Fincada en los valores del antifascismo y la resistencia, la innegable popularidad del Partido Comunista, el partido prosoviético más poderoso de Occidente, preocupaba a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), particularmente a Estados Unidos, que consideraba a Italia un país “en riesgo”. Como respuesta, nació Gladio, una red paramilitar clandestina de alcance europeo en la que participaban la estadunidense Agencia Central de inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) y los servicios secretos italianos con el objetivo de desacreditar a los comunistas y mantenerlos alejados del gobierno.

El regreso de la revolución social

La década de 1960 se abrió con una oleada de luchas sociales en Génova, Reggio Emilia y Turín. Los protagonistas eran obreros jóvenes, emigrados del sur, que proporcionaban mano de obra barata a las grandes fábricas del norte (Fiat, Pirelli, Alfa Romeo, Olivetti, Montedison, etcétera). Ajenos a la tradición comunista, estos obreros organizaban huelgas salvajes, es decir, no controladas por los sindicatos oficiales, que ponían en riesgo la paz social y el tránsito del país a la llamada “modernidad”. Frente al sobrecalentamiento del termómetro social, la Democracia Cristiana optó por incluir a los socialistas en el gobierno esperando frenar al movimiento por la vía de la construcción del Estado social.

Sirvió de poco. Las protestas siguieron más fuertes y amenazantes. Surgieron revistas como Quaderni Rossi (Cuadernos Rojos), Quaderni Piacentini (Cuadernos de Piacenza) y Classe Operaia (Clase Trabajadora) que expresaban las ideas de una nueva izquierda obrerista y se formaron núcleos de jóvenes militantes que rechazaban la política conservadora del Partido Comunista y de los sindicatos. En el centro del conflicto estaba la Fiat de Turín –por entonces una de las fábricas de coches más grandes de Europa– y su antagonista inevitable: el trabajador de línea, no calificado, sobreexplotado y discriminado por ser migrante.

Hacia mediados de la década, llegaron al país los fermentos de la revuelta juvenil internacional, la música de protesta, los cabellos largos y las minifaldas. Fue un severo golpe para la cultura católica y/o comunista de nuestros padres. En 1966, bajo la influencia de los provos holandeses y los hippies estadunidenses, apareció en Milán Mondo Beat (que podría traducirse como Pulso Mundial), el primer ejemplo de prensa alternativa en Italia. Empezaron las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, la toma de edificios y las batallas con la policía. A finales de 1967, fueron ocupadas las universidades de Génova, Nápoles, Milán y Turín. La reivindicación principal era el derecho a estudiar para todos.

A principios de 1968, las experiencias de obreros, estudiantes y contracultura convergieron de manera espontánea. En febrero, los estudiantes ocuparon la Universidad de Roma y, a principios de marzo, estalló una huelga en la Fiat por la supresión del sábado de trabajo y por mejores jubilaciones. En el mismo mes se formó el Comité Unitario de Base en la Pirelli de Milán (CUB-Pirelli que tendría una larga trayectoria), expresión de la autonomía de clase frente a la bancarrota de los sindicatos oficiales. En la primavera, la agitación estudiantil siguió en Milán y Turín; estalló la huelga de Valdagno (en el Véneto) contra el textilero Marzotto y se incorporaron a la lucha las fábricas Montedison de Puerto Marghera y Ansaldo de Génova. El norte, es decir, la región más productiva del país, estaba en llamas.

En mayo y junio, jóvenes anti-artistas impugnaron la exposición de arte Trienal de Milán y después la Bienal de Venecia. En junio, después del atentado contra el líder estudiantil alemán Rudy Dutschke, cientos de estudiantes asaltamos la sede del Corriere della Sera de Milán, el diario principal del país, símbolo de la prensa al servicio del poder. En otoño, en ocasión de la inauguración de la temporada de ópera en el teatro La Scala, recibimos a tomatazos a la buena sociedad milanesa causando un escándalo nacional. Mientras tanto, el sur campesino se incorporaba al movimiento con luchas en torno a la supresión de las enormes diferencias salariales con el norte. En diciembre, la policía disparó en Avola, Sicilia, contra braceros que ocupaban una vía de tránsito, causando una ola de manifestaciones de solidaridad en toda la península.

De Francia nos llegaban las ideas sobre la autonomía de Cornelius Castoriadis (a quien conocíamos únicamente por sus seudónimos de Pierre Chaulieu y Paul Cardan en la revista Socialisme ou Barbarie) y de los situacionistas sobre la subversión de la vida cotidiana. Leíamos el panfleto vitriólico La miseria en el ambiente estudiantil, que despedazaba el militantismo tradicional y defendía la acción política orientada a la realización del placer. Y nos pasábamos de mano en mano dos libros que se hicieron famosos después: El tratado de saber vivir, de Raoul Vaneigem, y La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, ambos publicados por primera vez en 1967.

El año que vivimos en peligro

En lo sucesivo, el movimiento se fragmentó en una miríada de conflictos que arremetían contra todos los aspectos de la sociedad: el trabajo asalariado, la explotación, el arte, la cultura, la religión, las costumbres sexuales, la familia y la condición de la mujer. Los integrantes del movimiento éramos ajenos a los partidos y a la izquierda oficial que nos miraba con recelo, pues no nos podía controlar. La mayoría éramos muy jóvenes y no teníamos experiencia política. Pero sabíamos lo que hacíamos.

Cuando, en la primavera de 1969, tomamos mi escuela, el Liceo Scientifico Vittorio Veneto de Milán, juntamos los crucifijos que se encontraban colgados en cada salón, los amontonamos en el patio central y les prendimos fuego. Fue nuestra manera de cuestionar los Pactos de Letrán firmados en 1929 entre la Iglesia Católica y el gobierno fascista de Mussolini. Dichos pactos, todavía vigentes, aseguraban a la Iglesia Católica el estatus de iglesia oficial del Estado, establecían la enseñanza de la religión católica en el sistema educativo italiano y obligaban la presencia de símbolos religiosos en las aulas.

Surgió un nuevo feminismo –muy diferente, hay que decirlo, a buena parte de la ideología ramplona hoy en boga– que se nutría de las reflexiones de María Rosa dalla Costa y Selma James (compañera del legendario militante negro Cyril Lionel Robert James). Ambas detectaban un aspecto oculto de la acumulación capitalista: la división sexual del trabajo. La mujer llevaba a cabo un trabajo doméstico gratuito, lo cual era la clave de la producción y reproducción de la fuerza de trabajo. A partir de estos planteamientos, el colectivo Lotta feminista de Padua impulsó la lucha por el salario doméstico y la reducción del horario de trabajo a 20 horas semanales para que todos, hombres y mujeres, pudieran disfrutar de la vida y llevar a cabo juntos los quehaceres del hogar.

En abril de 1969, estalló en el sur la revuelta de Battipaglia. Los obreros mal pagados de los sectores tabacalero y azucarero tomaron la delegación local de policía y expulsaron a los burócratas sindicales en respuesta a la represión de una manifestación pacífica. Empezó, a la par, la estación de las rebeliones carcelarias que se inauguró en Milán (abril) y en Turín (octubre) y se prolongó durante la década de 1970. El 3 de julio, los obreros de la Fiat de Mirafiori marcharon por la reducción del horario de trabajo. Al ser atacados por la policía, levantaron barricadas logrando repeler la agresión, al cabo de una batalla campal. Cuando se disipó el humo de los gases lacrimógenos, apareció una pancarta que decía: “¿Qué queremos? ¡Lo queremos todo!”, lo cual se convirtió en el lema del movimiento y en el título de la novela de Nanni Balestrini, recién traducida al español.

A partir de septiembre, se intensificaron las huelgas por la renovación de los contratos del sector metalmecánico, el más combativo. Iniciaba el otoño caliente, un ataque en gran escala contra la organización capitalista del trabajo que estremeció a la patronal, al Partido Comunista y al gobierno. El 3 de octubre, una multitud de huelguistas devastó los sectores de los modelos “600”, “850” y el comedor de Mirafiori. Cuando la Fiat individuó a 120 responsables e intentó despedirlos, tuvo que retirar el pleito ante una nueva y más nutrida ola de movilizaciones. El 19 de noviembre, el agente policial Antonio Annarumma fue muerto en Milán en el curso de un choque entre policías y manifestantes. A finales de año, el grupo Il Manifesto rompió con el Partido Comunista y, en la huella de las luchas obreras, nacieron dos de los grupos extraparlamentarios más emblemáticos de la época: Potere Operaio (Poder del Trabajador) y Lotta Continua (Lucha Incesante).

La estrategia de la tensión

El país estaba partido en dos. Mientras minorías consistentes de la juventud y del proletariado queríamos revolución, los conservadores, los comunistas y la patronal exigían represión. Se activaron las estructuras clandestinas del Estado y el 12 de diciembre de 1969 estalló una bomba en el Banco de la Agricultura de Piazza Fontana (Milán), que causó 17 muertos y 80 heridos. Un volante anónimo circulado en Milán el 16 de diciembre, denunció la situación con claridad meridiana: “La alternativa revolucionaria madurada en los últimos 2 años no ha podido ser derrotada con los medios acostumbrados. Los muertos de Piazza Fontana son el primer balance de un nuevo incendio del Reichstadt”.

No tardaron en aparecer culpables prefabricados –anarquistas, por supuesto–, cuya inocencia tardó mucho tiempo en comprobarse. El obrero ferrocarrilero Giuseppe Pinelli –presentado como cómplice del hipotético ejecutor material, el también anarquista e igualmente inocente, Pietro Valpreda– fue arrojado de una ventana de la jefatura de policía de Milán. Recuerdo la rabia de los 3 mil compañeros que acompañamos su féretro, un día de diciembre, frío y lluvioso.

Conocida como “estrategia de la tensión”, la política criminal de las masacres de Estado se prolongó hasta, por lo menos, 1980 con la matanza de Bolonia (2 de agosto de 1980; 85 muertos y 200 heridos), el atentado terrorista más terrible sufrido por Italia en el segundo periodo de posguerra. Así las cosas, después del golpe de Estado en Chile (1973) y ante el peligro (real) de un golpe militar en Italia, Enrico Berlinguer, secretario nacional del PCI, lanzó la política del “compromiso histórico”, es decir, la colaboración orgánica con la DC para defender las “instituciones democráticas”.

El movimiento 77

Ni las matanzas de Estado ni la política oportunista del Partido Comunista pudieron detener la conflictividad social. En la década de 1970, el movimiento ya no se circunscribía a las fábricas ni a las universidades, sino que se encontraba sólidamente implantado en el territorio. Se ocupaban casas, se fundaban centros sociales, se creaban comunas y se generalizaban prácticas ilegales como la “autorreducción”. Un lema que nos venía de los anarcosindicalistas estadunidenses resumía bien nuestras demandas: el pan y las rosas. El pan, es decir la justicia social, y las rosas, o sea el placer y la belleza.

Cientos de miles de jóvenes vivíamos al margen de la sociabilidad admitida, en una suerte de inmenso laboratorio político y existencial. Mirando hacia atrás y viendo cómo funciona el mundo ahora, creo que fue algo muy parecido a lo que podría ser el comunismo o la anarquía, o como se le quiera llamar. No era lo que habían previsto Marx y Bakunin; tampoco lo que pregonaban las numerosas sectas marxistas-leninistas, sino un estilo de vida comunitaria que se desplegó más allá de las ideologías y que en los hechos funcionaba como alternativa al capitalismo.

Los principales grupos extraparlamentarios como Lotta Continua y Potere Operaio entraron en crisis, pero nacieron otros, más creativos –como los Indios Metropolitanos de Roma o, en el norte, la vasta nebulosa conocida como Autonomía Obrera– junto a un montón de revistas autoproducidas que, de una manera u otra, expresaban la necesidad de subvertir el orden constituido. Y surgieron las “radios libres”, emisoras que disputaban al Estado el terreno estratégico de la comunicación: Radio Alice de Bolonia, Radio Onda Rossa de Roma y Radio Popolare de Milán.

El movimiento alcanzó su máxima expresión en 1977, sin duda el año más intenso de la década empezada en 1968. Aunque ahora cueste creerlo, millones de jóvenes compartíamos la idea de que sólo faltaba un último esfuerzo para que el sistema se derrumbara. En esa situación, un número importante de militantes optó por la lucha armada creyendo acelerar así la marcha de los acontecimientos. El grupo más conocido, las Brigadas Rojas –nacidas en Milán, a principios de la década como soporte a las luchas obreras en grandes fábricas como la Siemens, la Pirelli, la Breda y la Alfa Romeo– se preparaba para la batalla final.

La derrota

El 16 de marzo de 1978 –día en que se estrenaba el primer gobierno sostenido por los comunistas–, las Brigadas Rojas secuestraron a Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana y artífice del diálogo con el Partido Comunista. El 9 de mayo, se halló su cadáver en una calle central de Roma. Se ha especulado –y se continúa especulando– sobre la posible participación en la operación de Gladio, los servicios secretos franceses, la CIA, el Mossad (los servicios de inteligencia israelíes), además de la Stasi (servicios de inteligencia de la entonces Alemania Democrática) y la KGB (los servicios de inteligencia soviéticos). Moro molestaba a muchos y si bien está claro que las Brigadas Rojas estaban infiltradas, yo creo que tomaron la decisión de matarlo de manera independiente. Exigían la liberación de Renato Curcio y de otros dirigentes que estaban en la cárcel, pero estaban dispuestos a negociar y se hubieran conformado con la liberación de militantes de menor envergadura.

Lo cierto es que asesinar a Moro fue un trágico error. Las 86 cartas escritas por el jerarca democristiano durante su cautiverio muestran que estaba enfurecido no sólo contra su partido –al cual había renunciado en protesta por la actitud cínica de sus dirigentes–, sino contra el arco de fuerzas que se negaban a negociar –el llamado “frente de la firmeza” – que iba del PCI a los neofascistas pasando por la propia DC. Moro arremetía, incluso, contra el papa Pablo VI que no movía un dedo para ayudarle. Libre hubiera sido una mina ambulante en el sistema político italiano; matándolo, las Brigadas Rojas perdieron la oportunidad histórica de desarticular el bloque de poder y contribuyeron a la liquidación del movimiento.

Como consecuencia del secuestro, el gobierno promulgó leyes de emergencia que cerraron los espacios de la acción pública empujando a más militantes a la clandestinidad. Las cifras oficiales dan cuenta de la dimensión del choque: además de las BR, actuaron en Italia unas 250 organizaciones clandestinas de extrema izquierda que cometieron 7 mil 866 delitos contra la propiedad y 4 mil 290 contra las personas. En total, 36 mil ciudadanos fueron investigados por el delito de banda armada, de los cuales 6 mil fueron condenados a décadas de cárcel, con un saldo superior al de la época fascista.

La derrota nos arrastró a todos. Desesperados, algunos integrantes del movimiento optaron por entregarse a las sugestiones mortíferas de la heroína que comenzaba a circular de manera masiva y era distribuida por la mafia en complicidad con los servicios secretos. Dueño, una vez más, de la iniciativa política, el gran capital implementó la reestructuración necesaria: el ciclo productivo se descentralizó y la robotización eliminó la cadena de montaje haciendo más difícil el sabotaje.

El 14 de octubre de 1980, 20 mil trabajadores de cuello blanco marcharon en Turín a favor de la patronal marcando simbólicamente el acta de defunción del movimiento. El país entró así en la era de la electrónica, el neoliberalismo y la fragmentación del mercado laboral. Se cancelaron, poco a poco, la escala móvil de los salarios y el Estatuto de los Trabajadores, promulgado en 1970 como resultado del otoño caliente. El Partido Comunista y la DC, los hermanos enemigos, se autodisolvieron a principio de la década de 1990, sólo para dar paso a una edad más desalmada aun, la del pensamiento débil, Berlusconi y la política como negocio espectacular.

A manera de colofón

Hacia finales de la década de 1970, los que le habíamos apostado a la revolución social, teníamos tres opciones: 1) integrarnos a una de las numerosas organizaciones armadas sabiendo que era una opción suicida; 2) sobrevivir discretamente a la ola conservadora en espera de tiempos mejores que nunca llegaron; y 3) seguir la aventura de la vida en otro rincón del planeta. Elegí la tercera opción viajando primero a Estados Unidos y posteriormente a México, donde me curé el alma y también el cuerpo. Hoy, agradezco la suerte de haber vivido mi juventud en otro tiempo. Y cuando al detectar mi inconfundible acento italiano, alguien me pregunta de dónde soy, contesto orgullosamente: soy de los años setenta.

Ciudad de México, abril de 2018.

Claudio Albertani*

*Politólogo e historiador italiano; doctor en ciencias políticas; militante y teórico del anarquismo; profesor e investigador en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y director del Centro Vlady de la misma institución

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: HISTÓRICO]