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Si asumiéramos que el 90 por ciento de los mexicanos en España tiene vigente su credencial de elector, el documento oficial para poder ejercer voto, se tendrían que haber habilitado 5 mil 300 citas en toda España para garantizar que todos puedan votar en las elecciones del próximo 1 de julio. En Madrid, con cerca de la mitad de la población mexicana en España, un máximo de 700 personas podrán tramitar esa credencial con las cinco citas diarias que facilita la Embajada de México. Entró en funcionamiento en septiembre de 2017 la página web para registrarse, y puede tramitarse hasta el 31 de marzo de este año. La participación de mexicanos desde España sería irrelevante una vez más; como sucedió en 2012, cuando ejercieron su derecho y deber de votar sólo 2 mil 180 ciudadanos.

Ningún voto vale más que otro, pero el voto de los mexicanos que están fuera del país tienen un significado especial en un momento marcado por una “guerra” contra el narcotráfico que ha dejado más de 170 mil muertos y desaparecidos. Esta cifra podría superar las muertes y desapariciones en América Latina de todas las dictaduras militares de la época de la Guerra Fría.

La violencia se ha convertido en “marca México”, junto con la gastronomía y las playas que promueve Enrique de la Madrid (secretario de Turismo) en la Feria Internacional de Turismo (Fitur), para contrarrestar la imagen a la que se reduce todo un país en muchos medios de comunicación. Esta violencia tiene una relación de simbiosis con la impunidad, con la corrupción y con la “ley del más fuerte” que ha suplantado al estado de derecho.

México no es sólo desaparecidos, violencia y corrupción pero tampoco es sólo gastronomía, cultura, playas paradisíacas, sonrisas y amabilidad. Muchos Méxicos configuran una realidad de país que podemos cambiar en lo negativo y ratificar en lo que nos distingue para bien.

Los mexicanos en el exterior se exponen a formas de vivir y de relacionarse distintas. Pierde normalidad sacar una licencia de manejo sin examen o dar mordidas para conseguir cualquier trámite o para que la gente cumpla con su trabajo o con sus obligaciones. En otros países también existe la corrupción, pero en México ha podrido desde dentro a los distintos estratos de la sociedad.

Los mexicanos en España se acostumbran a caminar sin miedo por la calle a cualquier hora, a sacar dinero de los cajeros sin mirar atrás cada 2 segundos, a confiar en su cuerpo de policías y dejar de tenerles miedo. Se desacostumbra uno a la tensión cotidiana de sentir que “el otro” va a “ser más vivo”, va a engañarte y a sacarte ventaja para todo.

Al cabo del tiempo, se pierde la desconfianza de que la otra persona te va a pedir algo cuando se muestra amable y dejas de esperar que te pidan dinero para que la gente haga su trabajo.

En España, muchas veces se clasifica a los inmigrantes en función de su nivel educativo y de su poder adquisitivo. Los mexicanos suelen sacar pecho al reconocerse entre la “inmigración cualificada” que viene a estudiar carreras, másters y doctorados, o que vienen con un contrato de trabajo, que tienen la nacionalidad por vínculos familiares o que obtienen la residencia por haber gastado 500 mil euros en una vivienda. Incurren en un ejercicio de separar a “ellos”, los ecuatorianos, los colombianos, los marroquíes o los inmigrantes de otros países de África, de nosotros. Como si nosotros, en Estados Unidos, no viviéramos en la situación de los inmigrantes a los que ninguneamos con orgullo de “mexicanos cualificados”.

La participación en las elecciones pasadas desde Estados Unidos no resulta demasiado alentadora, con sólo 29 mil 348 votos de las más de 12 millones de personas que viven ahí. Esos mexicanos han conocido la falta de oportunidades y la pobreza por falta de políticas adecuadas. Tienen derecho a exigirle a su gobierno cambios para frenar esa huida masiva a un país donde muchas veces ni siquiera se sienten ciudadanos, a pesar de trabajar y pagar impuestos y para que se les dé otro trato a quienes ya contribuyen a la sociedad estadunidense.

Conformarse con 30 mil votos desde Estados Unidos, 2 mil desde España y los miles restantes desde otros países significa ningunear a más de 12 millones de mexicanos con derecho a expresar su sentir democrático por medio del voto. Podrían, además, darle a unas elecciones el sentido de cambio que necesita un país en guerra y con una situación económica y social tan delicada. Si nada cambia, las votaciones desde el extranjero se convertirán en una nueva oportunidad perdida.

Carlos Miguélez Monroy*

*Periodista, co-creador y editor de Espacio Méx

[OPINIÓN]

 

 

Contralínea 578 / del 19 al 24 de Febrero 2018

 

 

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