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Se ha escrito a favor y en contra sobre la participación de María de Jesús Patricio Martínez, conocida como Marichuy, en la elección de Presidente de la República en este 2018; al menos en su primera etapa, pues aun debe obtener el número de firmas impuesto por el Instituto Nacional Electoral (INE) a los que desean postularse como candidatos “independientes”. La elección de Marichuy es una decisión del Congreso Nacional Indígena (CNI) –al menos con la asesoría del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)–. Está claro que Marichuy no tiene posibilidad de ganar la elección presidencial.

El 1 de enero de este año el subcomandante Moisés dijo: “Organicémonos para que pueda dar su gira en el país la compañera Marichuy y su Concejo Indígena de Gobierno, aunque no alcance las firmas para candidata. Porque la firma no es la que lucha, no es la que nos va a organizar, somos nosotras y nosotros las que tenemos que escucharnos, conocernos y de ahí, al sentirnos como estamos, ahí puede partir nuestro pensamiento de cómo organizarnos más mejor y qué camino seguir”. Entonces no importan las firmas, ni la participación en la elección; sino la organización desde abajo y hacer visible la problemática indígena, y ésta, es innegable que existe desde hace siglos, y que ningún gobierno ha procurado resolverla.

Si no les importa la elección. Si no les interesa la Presidencia de la República, entonces sus intereses están muy alejados de los que pensamos que la vía electoral puede ser, aún con la alta posibilidad de un fraude a favor del candidato del PRI o el de la alianza PAN-PRD, la única manera de cambiar un poco el desgraciado rumbo político y social de México; para una transición paulatina hacia un país justo, en el que se procure la ley y se imparta justicia a todos los sectores sociales, por supuesto, incluido el indígena. Quien puede abanderar este cambio es Andrés Manuel López Obrador y el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), a pesar de las alianzas que el partido ha hecho, algunas muy desafortunadas, de grupo político y con ciertos personajes. Lo que, sin duda, es una estrategia para sumar a más sectores sociales con la intensión de avasallar en las urnas, única manera de hacer frente al fraude que se nos querrá imponer desde el gobierno federal.

En columnas de opinión y en opiniones personales se dice que los que pensamos que la izquierda es la opción para renovar al país, tenemos la obligación cuando menos moral, de apoyar a Marichuy para que logre juntar las firmas y aparecer en la boleta electoral. Aquí cabe aclarar que los zapatistas, los indígenas que integran el CNI y los que coincidan con su propuesta tienen todo el derecho de participar en el proceso electoral. La candidatura indígena, sería sin duda un alivio en las próximas elecciones si el EZLN y su apuesta política o “anti-política” representaran a más sectores, y tuvieran cuando menos el mismo apoyo que hace algunos años. Desafortunadamente Marichuy no es tan popular como los zapatistas esperaban, y al parecer el sector menos interesado en apoyarla es gran parte de la izquierda militante y muchos posibles votantes que piensan que la mejor alternativa, la única que tenemos ahora, es Morena. Partido con muchos defectos, pero que es una opción real de cambio, aunque mínimo, que se queda sola ante el puritanismo ideológico de izquierda que enarbola el EZLN –que es lo que ha minimizado la popularidad zapatista–, que no es malo, es creo de lo mejor que pudiera haber en la boleta electoral, ahora que han aceptado jugar a la política. Pero la apuesta a Marichuy en los momentos de crisis humanitaria que vivimos los mexicanos, por la violencia, la corrupción, la pobreza, y un etcétera de agravios más, no representa una solución en lo inmediato, ni a mediano y, tal vez, ni a largo plazo. La estrategia zapatista de participar en la política de acuerdo con los tiempos e intereses de una minoría no nos representa a la mayoría. Aunque ellos esgriman que sus intereses son los de todos, pues ellos han dicho buscar “un mundo donde quepan muchos mundos, donde quepan todos los mundos”.

Ese mundo zapatista se ha vuelto utópico desde que la dirigencia del EZLN, principalmente su líder histórico, el subcomandante Marcos, ha atacado a la izquierda política mexicana, la que se ha ido transformando, desdibujando y rehaciendo desde el alzamiento zapatista en 1994. Ese mundo es utópico desde que Marcos descalificó a López Obrador y por consecuencia también a los militantes del anterior PRD y de Morena, así como a millones de simpatizantes a las candidaturas presidenciales de Obrador. Lo que ha disminuido el apoyo a los zapatistas de un amplio sector de la población, que era el que tenía más afinidad ideológica con el zapatismo, o al menos el que le incomodaba más la adversa situación de los indígenas. ¿Se habrán preguntado aquellos que hablan de obligaciones morales de apoyar a los zapatistas, si los zapatistas tienen una obligación de cualquier tipo para con los mexicanos que apostarán por la izquierda partidista en el siguiente proceso electoral? ¿Se lo habrán preguntado los zapatistas?

Cuando los sectores vulnerables y más dañados por la crisis humanitaria que nos azota ya no son sólo los indígenas –aunque éstos siguen al final de la fila–, cuando mueren asesinados todos los días decenas de mexicanos, cuando es cotidiana una violencia que se ha generalizado sobre casi toda la población, cuando este país es un desastre que ha hermanado no sólo los pensamientos sino los sufrimientos de millones de mexicanos indígenas o no; ¿en estos aciagos tiempos no tienen los zapatistas la obligación moral de apoyarnos a los mexicanos que tenemos clara nuestra apuesta política, la que parece ser la única viable? Más allá de que la de ellos, los zapatistas, sea la mejor, pero desgraciadamente la menos viable por la realidad nacional. La responsabilidad del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), del CNI y del EZLN será en 2018 histórica para bien o para mal del país. Con candidatura indígena o no, la realidad es que dependiendo de su actuar el EZLN se acercará o se alejará aun más del resto de la sociedad mexicana que, les guste o no, es mayoritaria; y está sufriendo agravios que pueden no tener comparación con lo que han sufrido los indígenas, pero aquí no debe haber un antes y un después. Sólo hay un ahora. ¿O es qué acaso nuestro mundo no cabe en ese mundo zapatista?

Roberto Galindo*

*Maestro en apreciación y creación literaria, literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado de novela en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

 

Contralínea 575 / del 29 de Enero al 03 de Febrero 2018