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Cientos de millones de personas padecen hambre crónica. Y algunos cientos de miles tiran la comida despreocupadamente. En una de las más grotescas obscenidades del capitalismo mundial, cada año se desperdician más de 1 mil 300 millones de toneladas de comida. Con ellas se podría solucionar el problema global del hambre

Roma, Italia. Cuando más de 815 millones de personas sufren hambre crónica en el mundo, un tercio de los alimentos producidos en el planeta se desperdician, ascendente a unos 1 mil 300 millones de toneladas anuales, con el consecuente daño económico, social y ambiental.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés) y la iniciativa Save Food con el apoyo de medio centenar de empresas, realizan esfuerzos para reducir esas pérdidas, asegurar sistemas alimentarios y contribuir a cambiar la mentalidad del “desecho”.

Para ese ente internacional si sólo se evitara que un cuarto de esa comida fuera a dar a la basura o se quedara en el surco, sería suficiente para alimentar a 870 millones de hambrientos.

La meta Hambre Cero impulsada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para 2030 en tal caso sería una realidad tangible, empero los síntomas de retroceso, sobre todo este año anunciados por la FAO, distancian cada vez más tan humano y necesario objetivo.

Los alimentos se dilapidan en toda la cadena de suministros, desde la producción inicial hasta el consumo final en los hogares y llevan aparejadas pérdidas de mano de obra, energía, tierra y hasta otros importantes insumos del proceso de elaboración.

En la cadena de daños de un bien no utilizado debidamente están también las emisiones innecesarias de gases de efecto invernadero, que a su vez repercuten en el calentamiento global y en el cambio climático.

Datos del Programa Mundial de Alimentos indican que las tasas más altas de pérdidas corresponden a frutas y hortalizas, raíces y tubérculos, entre 40 y 50 por ciento de la producción; los cereales 30 por ciento; cárnicos y productos lácteos con 20 y 35 por ciento del pescado.

Cada año, según el organismo de la ONU, los consumidores de los países industrializados desaprovechan unas 222 millones de toneladas de alimentos, casi el equivalente a la producción total del África subsahariana correspondiente a 1 año.

A propósito de la comparación, según el Panorama regional de la seguridad alimentaria y la nutrición en África 2017 presentado por la FAO, la subalimentación crónica afecta hoy a unos 224 millones de personas, frente a los 200 millones registradas entre 2015 y 2016, que representa el 25 por ciento de los 815 millones de hambrientos del mundo.

Otros datos de esas agencias revelan que el despilfarro per cápita de alimentos por consumidor son de 95 a 115 kilogramos por año en Europa y América del Norte, mientras que en África subsahariana y en Asia meridional y sudoriental representa tan sólo de 6 a 11 kilogramos por año.

Alimentos kilómetro cero

Las pérdidas de alimentos ocurren tanto en países subdesarrollados como en las naciones industrializadas, aunque durante procesos y causas diferentes, pero también comunes.

En los primeros el derroche ocurre básicamente en las primeras etapas y en la fase intermedia de la cadena de suministros, marcado tanto por ausencia de tecnología y de conocimientos como por los castigos constantes del cambio climático.

Mientras, en las naciones ricas o de renta apreciable el derroche transcurre en la última etapa del proceso e incluso en momentos cuando todavía los alimentos son adecuados para el consumo humano.

En uno y otro por igual sucede con cierta frecuencia que los cultivadores e intermediarios se abstienen de distribuir la cosecha para asegurar precios altos y hasta para al menos cubrir los costos en que incurrieron en la producción y transportación.

Distribuidores mayoristas y transportadores de igual modo manejan con regularidad a su antojo el flujo de la oferta y la demanda, que muchas veces negocian con los minoristas.

Ello acontece también cuando el lugar de la cosecha o la producción está muy distante del mercado, lo cual encarece notablemente la mercancía y es más difícil para las personas de bajos ingresos acceder a ellas.

El incremento del rol de los sistemas alimentarios locales, para acortar la cadena de suministros y venta, el llamado Kilómetro Cero, avanza en muchas naciones como una solución aplicable en correspondencia con la disponibilidad de recursos del país en cuestión.

El Kilómetro Cero, además de propiciar una venta directa y un contacto más cercano con los consumidores, evita el desperdicio, los alimentos se consumen frescos, por tanto más saludables; ayuda a una mayor diversidad en la oferta, incluso ajustados a los gustos y demandas de la comunidad.

Al eliminarse el intermediario y los gastos en transportación los costos de los productos son más justos y acordes con la inversión en su elaboración, lo cual atenúa el dilema de los productores directos, quienes en su mayoría perciben menos ingresos que los otros eslabones de la cadena de suministros.

Por supuesto, las producciones locales necesitan de apoyo gubernamental e institucional para lograr ventas de alimentos de calidad, frescos y del lugar, de gran acogida por sus características medioambientales, climáticas y sociales.

Algunos estudios indican cómo los acuerdos de venta entre agricultores y compradores contribuyen al desperdicio de numerosos cultivos agrícolas, pues algunos alimentos se desechan ante estándares de calidad que los rechazan cuando carecen de una forma o apariencia perfectas.

Los desperdicios se originan entre otras razones por la falta de planificación al momento de hacer las compras, por el conocido “consumir antes de” en referencia a la fecha de vencimiento, más la actitud de determinadas personas que pueden darse el lujo de tirar la comida.

Entre las muchas propuestas en torno al tema está la de sancionar a quienes en la cadena de suministros lucran con las pérdidas, por el desabastecimiento o el acaparamiento como maneras de manejar el mercado a su conveniencia.

Botar como último recurso

En la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 23), la FAO presentó el estudio Ahorrar alimentos para mejorar el clima, el cual aborda la interrelación entre la pérdida y el desperdicio de comida y el cambio climático.

Señala que en las naciones en desarrollo y entre los pobres del mundo, el derroche debilita la capacidad de adaptación de las poblaciones vulnerables frente a los desafíos climáticos, a través de la disminución de la disponibilidad de alimentos y de los ingresos.

De no adoptarse medidas en tal sentido –insiste– provocarían conductas del clima más variables e intensas, e instó a los gobiernos a considerar políticas que reviertan la situación para reducir las emisiones de manera sostenible de gases de efecto invernadero.

El propio documento apunta a los principios esenciales de reducir-reutilizar-reciclar, y como principal variable hacer que la comida se quede en la propia cadena alimentaria, bien a través de donaciones e incluso de nuevos mercados cuando sea posible.

Dado el caso que la misma no cumpla los requisitos para uso humano, puede ser destinada al consumo animal, incluso reciclarlo a través del compostaje, y devolver así al suelo los nutrientes o para recuperar energía, como el biogás a partir de anaeróbicos.

Reciclaje o recuperación son preferibles a la incineración de alimentos no consumidos, mientras que el vertido clasifica como el último recurso, señala el texto.

Hambre, en la piel de otros

El desperdicio está determinado –indican estudios– por realidades sociales y culturales como la tendencia al consumismo muy presente en las clases media y alta, donde la opulencia y la abundancia no pueden faltar y qué más da botar…

Difícil tarea de la FAO, de su iniciativa Save Food, junto a cientos de instituciones enfrascadas en reducir el desperdicio de alimentos como meta mundial dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030.

Misión que transita, y es parte esencial de cuanto se hace, en desarrollar una cultura de consumo responsable, de la racionalidad y de saber que todo cuanto se adquiere y compra tiene un impacto sobre el planeta y de hecho sobre la existencia de la humanidad misma.

La pérdida de alimentos, más allá de cuanto se hace a nivel de sistemas e  instituciones, es también un problema de responsabilidad y conciencia individual.

Otro sería este mundo si al menos la mitad de las personas que habitan este planeta por un instante sintieran como propia la pobreza ajena, el hambre de millones de seres.

Silvia Martínez/Prensa Latina

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: INTERNACIONAL]

 

Contralínea 574 / del 22 al 27 de Enero 2018