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Durante su estancia en Panamá –por poco menos de 1 mes–, el Che Guevara logró calar hondo con sus ideales y esperanzas en líderes estudiantiles, abogados, intelectuales y revolucionarios de izquierda con los cuales se reunió

Panamá. Ligero de equipaje, con poco dinero, pero con muchos sueños, arribó a esta ciudad en 1953 por el puerto de Balboa, Ernesto Che Guevara, el joven argentino recién graduado de medicina que luego se convertiría en un símbolo mundial.

Mochila al hombro y junto a su amigo Eduardo García, Gualo, el rosarino llegó al Istmo justo por la entrada del Canal ubicada en la vertiente pacífica, como parte de uno de sus viajes por América Latina.

“Ya estamos instalados en Panamá, sin un rumbo cierto, sin nada seguro, sólo la seguridad de llegar. Han pasado cosas increíbles. Por parte: llegamos y no pasaba nada, tranquilamente el vista de aduanas revisó nuestras cosas, el otro empleado selló y retuvo los pasaportes y salimos rumbo a Panamá City desde Balboa, el puerto donde desembarcamos.

“El gordo Rojo había dejado la dirección de una pensión a la que fuimos a parar, donde nos acomodaron en un pasillo por un dólar diario a cada uno”.

Así plasmó en su diario el arribo a esta ciudad el 29 de octubre de 1953. Esta vez no lo acompañó la motocicleta, ni el punto de partida fue su natal Argentina, sino la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, desde donde salió en barco para luego recorrer casi toda Centroamérica, a través de los más disímiles medios de transporte, incluso en ocasiones a pie.

A pesar de su corta estancia en tierras canaleras, pues no excedió el mes de acuerdo con algunos estudiosos locales, el Che, entonces con 25 años, logró calar hondo en el grupo de líderes estudiantiles, abogados, intelectuales y revolucionarios de izquierda con los cuales compartió ideales, esperanzas y lo poco que tenía.

Para entonces, el presidente constitucional de Panamá, José Antonio Remón Cantera, adoptó una política represiva contra los grupos comunistas y partidos políticos de oposición, entre ellos el del Pueblo, que se distinguió por su organización y el control que ejercía en la Federación de Estudiantes de Panamá y los movimientos sindicales.

Justo en 1953, Remón Cantera negoció con su homólogo estadounidense Eisenhower, una serie de arrendamientos en el Canal.

Sin embargo, la compleja situación política y económica no fue un obstáculo para que el Che visitara lugares emblemáticos de la ciudad capital como la vía interoceánica y el Casco Antiguo, además de confraternizar con muchos panameños, como la familia de Everardo Ernesto Tómlison, quien lo acogió en su casa.

Estancia difícil

Che y Gualo se dirigieron a la mencionada pensión desde donde contactaron con Adolfo Benedetti Evers, según cuenta Tómlison Hernández en su libro El Che Guevara en Panamá.

“En la mesa del café Coca Cola, alrededor de la cual se encontraba Isaías García, Rómulo Escobar, Luis Ayala Gómez y Adolfo Benedetti, comenzaron a trazarse planes en procura de ayuda para los perseguidos por el régimen peronista; pero todos los planes e ideas se estrellaban contra la dura realidad: la falta de dinero de los integrantes del grupo y las pocas facilidades de las cuales disponían para alojar en sus propios hogares a los sureños….”

Pero, luego de hablar con su madre y hermana, Tómlison logró solucionar una de las preocupaciones que más aquejaba al grupo de jóvenes: el alojamiento de los visitantes.

“Hubo un instante de silencio porque la situación económica nuestra no era, en modo alguno, holgada… Sin embargo, mi madre luego de analizar la situación manifestó: ciertamente no contamos con los medios suficientes para atender a persona alguna fuera de nosotros tres; pero debemos tener en cuenta que esos muchachos tienen menos que nosotros y como muy bien dice el refrán, donde comen dos, comen tres”, narró Tómlison en su texto.

En las tertulias diarias, el rosarino no sólo hablaba de política y de la situación socioeconómica de Panamá y América Latina, sino también de la cultura, tradiciones y forma de hablar de los istmeños. Difícil fue la estancia de los argentinos en el Istmo, a los cuales ya no le quedaba nada más para vender, pues las cosas de valor tuvieron que liquidarlas en Guayaquil.

No obstante, en el caso de Guevara todavía contaba con la posibilidad de vender algún artículo periodístico, relatando sus aventuras por América Latina, o dar alguna conferencia sobre alergia, su especialidad médica.

“El cónsul argentino tal vez nos arregle el fato, escribió Guevara en su diario, tal vez podamos escribir en una revista llamada Siete, tal vez dé una conferencia y tal vez comamos mañana”.

Según evidencias gráficas, el reportaje periodístico se concretó bajo el título de Machu Picchu: Enigma de piedra en América, a lo que se sumó otro sobre el Amazonas, publicado en el suplemento dominical de Panamá América, por los cuales recibió 25 y 20 dólares, respectivamente, “una fortuna para la época”, aseguró a Prensa Latina René de Gracia, uno de los investigadores del paso del Che por la nación centroamericana.

De acuerdo con el diario del devenido guerrillero, “la famosa conferencia” también se concretó ante un público de 12 personas, incluyendo al doctor Santiago Pi Suñer, militante destacado del partido Izquierda Republicana exiliado en el Istmo. Por esta plática recibió 25 dólares.

Como era costumbre en él durante su estancia en los países que recorría, aprovechó para visitar también la playa Rio Mar, “una de la más hermosas sobre la costa del Pacífico, ubicada a unos 96 kilómetros de la capital”, relató Guevara en su diario.

“(…) Nuestra situación es mala. No sabemos cómo podremos salir de aquí y en qué forma. El cónsul de Costa Rica es un pelotudo y no nos da la visa. Conocimos a un escultor, Manuel Teijeiro, interesante el hombre. La lucha se vuelve pesada. Como pintor a (Alfredo) Sinclair que estudió en la Argentina, buen tipo. Lo mejor hasta ahora, el trío integrado por Adolfo Benedetti, Rómulo Escobar, Isaías García. Todos muy buenos muchachos”, apuntó.

Con el tiempo, aquellos jóvenes, al igual que otros como la poetisa Esther María Osses y el abogado Rubén Darío Moncada Luna, serían destacadas personalidades políticas o culturales de Panamá.

Otro de los lugares preferidos por el Che y Gualo durante su estancia en el Istmo fue el emblemático café Coca Cola, ubicado en el histórico barrio de San Felipe, donde recalaban los intelectuales, políticos y la bohemia de la época, afirmaron algunos investigadores consultados por Prensa Latina.

Allí los clientes generalmente degustaban populares platos como arroz con menestras (granos), carne guisada, lengua, pollo, ensaladas de papa o legumbres, acompañados de una bebida natural y, por supuesto, el café.

Los amigos argentinos también frecuentaron la fonda El Gato Negro, enclavado en el Casco Antiguo de la ciudad, y el bar Astoria, muy cerca del local del Partido del Pueblo (comunista), donde solían reunirse, bajo ciertas precauciones, con los dirigentes juveniles de esa organización que eran perseguidos.

Además, visitó el leprosorio de Palo Seco, a orillas del Canal, cuyo edificio, en ruinas hoy, fue construido en 1907 por los norteamericanos a raíz del inicio de los trabajos en la ruta interoceánica.
Durante esa visita relámpago tuvieron un pequeño accidente en una curva en que fallaron los frenos, hecho que reflejó en sus apuntes.

Ante la falta de dinero, Gualo y el Che debieron renunciar a la idea de proseguir su viaje a Costa Rica en barco para hacerlo en camión hasta la occidental Chiriquí, provincia fronteriza con el país vecino.

En ese cambio de planes, donde tampoco fue posible su deseo de ver a la reina Isabel II, el Che dejó su maleta en Panamá con varios libros, algunos en lenguas indígenas bolivianas de enfermedades alérgicas, y otras pertenencias que años más tarde pudo recuperar, según contaron recientemente algunos investigadores locales.

“Partimos de Panamá con cinco dólares en el bolsillo, conociendo en el último momento a una figura interesante: Ricardo Luti, cordobés, botánico y asmático, que ha estado en el Amazonas y en la Antártida, y piensa hacer un viaje recorriendo América por el centro y a través del Paraguay-Amazonas-Orinoco, mi vieja idea”, contó en su diario.

Hasta Progreso, una pequeña ciudad limítrofe con Costa Rica, llegó la impronta del joven Ernesto, quien dejó sus marcas afectivas entre los jóvenes revolucionarios que conoció en tierra canalera, tal y como relató Tómlison:

“Demás está decir que la ausencia de los argentinos, especialmente de Guevara, causó un gran vacío en el grupo. Las pláticas sobre literatura, poesía y política continuaron; pero hacían falta sus comentarios sobre novelas como El señor presidente, Huasipungo y doña Bárbara, sus declamaciones de los poemas de Cesar Vallejo, León Felipe y Pablo Neruda y sus ácidas críticas a partidos políticos como el APRA, del Perú, y Acción Democrática, de Venezuela”.

Nubia Piqueras Grosso*/Prensa Latina

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