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Guatemala, Guatemala. Frente a la pobreza y la exclusión social crónicas, Guatemala exhibe otra cara desde lujosas vitrinas de los shopping malls, considerados nuevos escenarios para vender ilusión de felicidad y escapar del agobio de la violencia diaria.

Según la plataforma interactiva Construcción en Centroamérica, la nación guatemalteca ocupa el tercer puesto con 12 estudios este año para edificación de infraestructura comercial, cuya ejecución requerirá una inversión estimada de 21 millones de dólares.

El Pricesmart, en la Zona 5 de esta capital, es uno de los planes más fuertes en ese paquete, con un objetivo claro de entretenimiento, socialización y, por supuesto, de venta.

Las inmobiliarias efectúan minuciosos estudios de mercado antes de construir un shopping mall (centro comercial). Lo tienen todo, o casi todo. Disímiles tiendas llenas de ropas, zapatos, accesorios, electrónicos, spas, gimnasios, bancos, supermercados, juegos para niños, cines, restaurantes y cafés alimentan un microcosmos.

Compiten unos con otros por mantener dentro de sus inmensos pisos a la mayor cantidad de potenciales clientes porque, según los psicólogos, algunos tienen que caer rendidos.

Cemaco, Paiz, Worlmart, Sears, Maxi… planifican y anuncian hasta la saciedad sus rebajas, especialmente en esta temporada de fin de año, aunque a veces no son tal. Todos convidan a comprar cosas que se carece y hasta las hacen ver imprescindibles para estimular el consumo.

Según un estudio de Claudia Silvia Abalde Irigaray, publicado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, los centros comerciales llegaron a Guatemala bastante tarde, pues el primero fue el Montúfar, de la Zona 9, y data de 1968. Ocho años antes, ya había alrededor de 7 mil 600 en los Estados Unidos, el modelo a imitar.

Una creciente demografía urbana trajo nuevas y enormes estructuras, entre ellas, las del Centro Comercial Zona 4, Sexta Avenida, Real Reforma, Reforma Obelisco y Montserrat hasta un total de alrededor de 40.

Hacia 1985 sumaban 20 más con Centro Capitol y la Plaza Vivar, Zona 1; el exclusivo Géminis 10, Zona 10; Novicentro, Zona 11; Plaza Gala, Zona 13; Las Conchas, Zona 14;  Metro 15 y Vista Hermosa, ambos en la Zona 15.

La década de 1990 fue prolífica: un nuevo auge económico dio paso a construcciones con diseños arquitectónicos más modernos e integrales para cumplir todos los deseos posibles.

En la zona 10 sobresalían en 1990 Plaza Cemaco, Unicentro, Los Próceres y Galerías La Pradera. Más tarde se edificaron Tikal Futura, Metro Norte y Metro Sur.

En 2002 se contabilizaban sólo en la capital unos 85 y hoy superan el centenar, con Arkadia Shopping a la cabeza desde 2014, la cual tiene una superficie total superior a los 135 mil metros cuadrados.

La estética del perderse

Si en las décadas de 1960 y 1970 la gente permanecía como máximo 30 minutos en las tiendas, hoy el promedio sube a 3 horas y están diseñadas para que así sea.

De acuerdo con los especialistas, responden a la “estética del perderse”, hacer que caminen mucho, se embullen y compren.

Cadenas de cines, restaurantes y supermercados están también a la mano y constituyen “anclas”, pues garantizan visitas tanto como la oferta de parqueos gratis, hoy prácticamente en decadencia.

La evolución ha sido tal que ya se construyen bajo un perímetro urbanístico llamado “ciudad compacta”, donde hay residenciales privados, edificios de oficinas, y por supuesto, malls.

Condado Naranjo en la Zona 4 de Mixco cumple esos parámetros y aún más ambicioso resulta Paseo Cayalá, a 11 kilómetros de la ciudad capital.

Deslumbrante desde su blancura, la pequeña elite guatemalteca edificó allí el primero de una serie de proyectos que apuntan a crear una ciudad virtual independiente fuera de la ruidosa urbe, ajena a la delincuencia y los desesperantes congestionamientos de tráfico, aunque sin olvidar los más rígidos patrones del consumismo.

Estudiosos del fenómeno como Abalde Irigaray apuntan que parte de su éxito reside en que los guatemaltecos se sienten protegidos porque ven cámaras y agentes de seguridad por todos lados.

Por sus pisos casi transparentes de tanto brillo, caminan personas de todos los estratos sociales. No es raro encontrar indígenas con sus huipiles y cortes (blusa y saya típicas), una escena que de momento nos saca de las vitrinas con la última moda europea y estadunidense para recordarnos que estamos en la tierra del Quetzal.

Son tan grandes que, ante la ausencia de espacios públicos para caminar al aire libre por la violencia diaria en las calles, las familias encuentran en ellos lugares de relajación y entretenimiento, aun cuando ni siquiera consuman.

Por un rato olvidan, ríen, viven la fantasía de la abundancia y la seguridad.

Maitte Marrero Canda/Prensa Latina

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