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Una mujer desnuda flota en el aire. Sus formas son esbeltas y firmes. Irremediablemente sensual, sus manos tensas empuñan por detrás una pistola. Su rostro está embozado. Su identidad, a salvo. Al final de sus pies, Vlady –el pintor– se autorretrató. Se plasmó a sí mismo con la brocha retocando el empeine izquierdo. Pequeño y con melancolía, contempla a la mujer, detrás de la cual ha pintado una escalera. La admira. La luminosidad del lienzo es una luz en la penumbra. No hay duda. Es un homenaje-reconocimiento, probablemente secreto, y doloroso. Es un lienzo de 7 metros de alto. Lleva por título La inocencia terrorista.

Vlady

Alejandra, de la Liga Comunista 23 de Septiembre, inspiró una de las más grandes obras de Vlady, como mejor se conoce al artista ruso Vladímir Víktorovich Kibálchich Rusakov.

La pintura mural puede apreciarse en el interior de la actual Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada –de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público–, en otros tiempos templo de San Felipe Neri. La obra es parte de un conjunto muralístico de más de 2 mil metros cuadrados sobre la epopeya revolucionaria y la violencia del poder, que Vlady pintó entre 1973 y 1982. Toda la obra se titula Las revoluciones y los elementos.
La inocencia terrorista ha motivado ahora la realización de otra obra. Se trata de una investigación seria, reveladora, que, a partir del lienzo, ofrece una semblanza del propio Vlady, de su quehacer y de Alejandra, la muchacha estudiante que se llamó Teresa Hernández Antonio, que fue parte de los miles de jóvenes que se sublevaron en la década de 1970 y que cayó defendiendo la causa de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Fue ejecutada el 15 de junio de 1975 en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad Universitaria. Contaba con 22 años de edad.
La investigación se hizo documental, con el título Alejandra o la inocencia de Vlady, el cual se proyectó por primera vez al público en el Centro Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) el pasado viernes 1 de diciembre. La producción estuvo a cargo de la propia casa de estudios. El guion y la realización fueron responsabilidad de Fabiana Medina. La investigación histórica y la producción ejecutiva, de Claudio Albertani.
El lienzo es una obra de arte integral. Más allá del discurso político que contiene, la estética es de lo más exquisita, que sólo se obtiene con una técnica avanzada, refinada. La obra logra simetría y volumen totalmente armónicos. Es lo que artistas, expertos mexicanos y extranjeros, concluyen en el documental.
La investigación da voz a la modelo que posó para Vlady. Adriana Quiroz habla sobre su experiencia de ser la modelo de Vlady para, en el mural, dar vida a Alejandra. Por décadas guardó el secreto junto otros dos miembros de su familia y el propio Vlady. Para este documental, Adriana revela su papel en este lienzo, para muchos la obra cumbre, del pintor de convicciones socialistas libertarias.
Por la investigación ahora se sabe que Vlady conoció a Alejandra en una fiesta. Ella militaba clandestinamente en la Liga Comunista 23 de Septiembre e integraba el cuerpo de la organización que estaba en la primera línea de fuego, la Brigada Roja. De hecho, ella había contraído matrimonio con David Jiménez Sarmiento, quien dirigía esta Brigada y quien era odiado y temido por los agentes de la siniestra Dirección Federal de Seguridad (DFS). Habrá que recordar que al cuerpo de elite de esta DFS, encargado de combatir a la Liga con todos los métodos, incluidos los crímenes de lesa humanidad, se le llamó la Brigada Blanca, precisamente en oposición a la de los revolucionarios.
En el documental se revela a Alejandra revolucionaria, pero también a Teresa hija de familia, estudiante en escuela de monjas y ejecutante de piano. A la Teresa que siendo estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria 9 de la UNAM se indignó por el asesinato imprudencial de un alumno. Los estudiantes se organizaron para exigir justicia y entre los oradores vio desfilar a David, quien tiempo después se convertiría en su esposo, su camarada y su jefe militar en la organización clandestina.
Uno de los testimonios muy intensos sobre Alejandra es el de su suegra, la madre de David. Doña Gloria Sarmiento recuerda con cariño a su nuera y sentencia sobre la lucha del matrimonio formado por su hijo: “siempre los apoyé, hasta el último [momento]”.
La tragedia de los revolucionarios, de los soñadores, no se oculta. El drama familiar de la muerte de Alejandra fue una de las posibilidades cumplidas de haber abrazado la lucha guerrillera. Murió desarmada, inerme, sentada bajo un árbol, a merced de agentes del Estado que irrumpieron en Ciudad Universitaria advertidos de una reunión de integrantes de la Liga. A quemarropa, le dispararon 11 balas. Una más, el tiro de gracia.
En una conversación con Octavio Paz, éste le dijo a Vlady que esos “terroristas” eran unos asesinos. El pintor conocía muy bien ese adjetivo. Le fue endilgado a su padre y a muchos de sus familiares, primero por los zares y luego por los estalinistas. La respuesta a Paz fue clara e inmediata: “¡Ah, no! Son nuestros hijos, son nuestros nietos, nuestros sobrinos. Y qué es lo que hemos hecho por ellos. Están desesperados y donan su vida para salir del pozo”.
Eso que el Estado llamaba “terrorista” era, para Vady, amor, ternura, pureza… inocencia.
Si Serge, padre de Vlady, escribió Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión (1925), un libro de cabecera de los insurgentes, Vlady pintó el lienzo que todo revolucionario debe conocer.
[BLOQUE: OPINIÓN]
[SECCIÓN: ZONA CERO]
Zósimo Camacho

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