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El golpe de Estado en Ucrania se concretó con incontables crímenes de lesa humanidad. Los neonazis aliados de la OTAN atacaron con particular odio a población eslava y rusófona; pero también a periodistas, comunistas y anarquistas. Todo con la complacencia de Estados Unidos y su alianza. Quienes deberían ser juzgados por haber quemado vivas a familias enteras se quedaron en el poder

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La operación conducida por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Ucrania comienza desde 1991 –luego de que se disgrega la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el Pacto de Varsovia–. Estados Unidos y los Estados europeos miembros de la Alianza Atlántica empiezan a tejer sus redes para infiltrar con agentes este país. El objetivo: sacar provecho de la crisis soviética.

Y será unos años más tarde cuando la conjura internacional que urdió la agresión contra Siria decida abrir un segundo frente. Estados Unidos y la OTAN parecen optan por un frente en Ucrania, en la frontera entre Europa y Rusia y cruzado por canales energéticos de gran importancia (son los mismos que atraviesan Siria). Pero vamos en orden.

Ucrania entra a hacer parte del Consejo de Cooperación del Alianza Atlántica del Norte en 1994, participando en operaciones de paz (peacekeeping) en los Balcanes. En 2002 es puesto en marcha el Plan de Acción OTAN-Ucrania y el presidente Kuchma anuncia la intención de adherir Ucrania a la OTAN. En 2005, bajo el pretexto de las así mal llamadas “revoluciones de colores”, orquestadas y financiadas –como siempre– por Estadaos Unidos y la OTAN, el presidente Yushchenko es invitado en la cumbre de la OTAN en Bruselas. En 2008, durante la cumbre en Bucarest, Ucrania entra oficialmente a ser parte de la Alianza.

Un año después el país firma un acuerdo que permite el acceso en su territorio de recursos estratégicos para las fuerzas OTAN en Afganistán. Ya Ucrania parece haber caído en as redes de la OTAN, pero en el 2010 sucede algo inesperado: el nuevo presidente Yanukovych anuncia que, a pesar de querer respetar dicha cooperación, la adhesión en la OTAN no resulta ser parte de su agenda de gobierno.

La reacción de Estados Unidos no se hace esperar y lo que pasa en este país, más que considerarla como una “revolución de colores” y pacífica, mejor sería definirla como un verdadero golpe de Estado, muy similar a lo que sucedió el 11 de septiembre del 1973 en Chile contra el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende. Aquí las diferencias son de método, ya que en el caso del golpe de Estado en Ucrania, al presidente se le deja en vida y se le permite salir del país.

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Desde el ingreso de este país a la Alianza, la OTAN comenzó a tejer una red de acuerdos con las Fuerzas Armadas ucranianas. Altos mandos militares participaban desde muchos años a cursos y entrenamientos fuera del país, en Roma y Obermmergau (Alemania), sobre temas que trataban la integración de las Fuerzas Armadas ucranianas en el Pacto Atlántico.

La infiltración de Estados Unidos es de tipo cívico y militar. A través de la estadunidense Agencia Central de Inteligencia se financian y se organizan grandes estructuras paramilitares de tipo secreto, que recuerdan la Operación Gladio en Italia y las operaciones Stay Behind en Europa occidental durante el periodo de la Guerra Fría. No es causal que se activa Camp Darby, la base militar de la OTAN en Italia, donde se entrena y se financia para un golpe de Estado a neofascistas ucranianos, quienes se definen como los herederos políticos de Estevan Bandera, el neofascista comandante de la división de la Wermacht alemana presente durante la invasión nazi de Ucrania.

Es esta misma estructura paramilitar la que entra en acción en Plaza Maidan, en Kiev, durante los días de protestas, mientras grupos armados daban el asalto al palacio donde se reúne el gobierno. Unos francotiradores, cuya identidad quedara “desconocida”, disparan con precisión y matan indistintamente a los que protestaban y a las fuerzas antimotines de reacción inmediata ucraniana (todos los muertos se encontraran con un solo y único golpe de gracia en la cabeza).

Los medios de comunicación internacionales hacen hincapié sobre lo que está pasando en Kiev y acusan el gobierno de la violencia y los muertos. Ya todo está listo para que la OTAN se pronuncie al respeto. Otra vez el aparato mediático mundial es, por definición, la vanguardia de fuego del Pacto Atlántico.

El 20 de febrero de 2014 el secretario de esta Alianza declara, con tono de comandante, dando órdenes explícitas a las Fuerzas Armadas ucranianas, ara que actúen contra su gobierno. Les dice que de  “quedarse neutrales”, sufrirán “graves consecuencias negativas para las relaciones internacionales”. Abandonado y dejado solo por los altos mandos militares y de gran parte del aparato gubernamental, el presidente Victor Yanukovych es obligado a dejar el país.

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Andriy Parubly –cofundador del Partido Nacionalsocialista, constituido en 1991 sobre el mismo modelo del Partido Nacionalsocialista de Adolf Hitler y comandante de las formaciones paramilitares neonazis– es colocado como jefe del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional que tendrá la tarea de reestructurar sobre nuevos paradigmas no sólo las Fuerzas Armadas, sino los servicios secretos ucranianos.

La represión contra sindicalistas, obreros, anarquistas, socialistas y comunistas, no se hace esperar. El odio más revanchista de tipo fascista contra todo lo que es eslavo está en el poder, y lo que ni siquiera los tanques nazis de Hitler pudieron lograr, lo obtiene la OTAN. La represión se intensifica. El golpe de Estado de Plaza Maidan es acompañado por una terrible campaña de persecución, dirigida en particular contra el Partido Comunista y los sindicados, represión que parece igual a la que llevó al poder el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. Oficinas de sindicados obreros y del Partido comunista de Ucrania incendiadas con militantes dentro, dirigentes linchados y ahorcados en las calles o asesinados en sus casas frente a los ojos de sus mujeres e hijos, honestos periodistas asesinados por denunciar la verdad, activistas quemados vivos en la Cámara del Trabajo en Odessa porque eran “culpables” a los ojos de sus verdugos de celebrar el glorioso Día Internacional de los Trabajadores; inermes habitantes de la Ucrania oriental de origen ruso, eslavos, masacrados sin piedad a Mariupol, bombardeados con fósforo blanco en Slaviansk, Lugansk y Donetsk.

Frente a este cruento golpe de Estado y a la ofensiva contra los rusos en Ucrania, el Consejo Supremo de la República Autónoma de Crimea –territorio ruso integrado a Ucrania durante el gobierno soviético de Kruchov en el 1954– vota la secesión y la petición a Moscú de anexionarse a la Federación Rusa, decisión que se hace concreta y confirmada con el 97 por ciento de votos favorables mediante referéndum popular. El 18 de marzo de 2014 Vladimir Putin firma el Tratado de adhesión de Crimea a la Federación Rusa, reconociéndola como República autónoma.

Rusia viene a ser acusada entonces por parte de la OTAN, la Unión Europea y Estados Unidos, de haber provocado la secesión y anexión de Crimea y, por ello, de representar un peligro por la seguridad de la Alianza.

Finalmente, la fantasía parece tomar el control de la realidad. Si sabemos leer e interpretar con honestidad intelectual lo que es evidente y que ya la OTAN no reconoce fronteras y que ha declarado una guerra sin límites, el enemigo a la seguridad internacional no es la Federación Rusa, sino Estados Unidos y sus aliados.

Alessandro Pagani/Novena de 10 partes

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: INTERNACIONAL]

 

 

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