Autor:

Mauricio Macri, el empresario presidente de Argentina y punta de lanza de la restauración neoliberal en América Latina, acaba de ser condecorado con la “insignia de oro” de la Americas Society, una organización fundada en 1965 por el magnate David Rockefeller.

TijerasSegún las agencias de noticias, desde Carlos Saúl Menem, en los dorados años del neoliberalismo [década de 1990] y de las llamadas relaciones carnales entre la Casa Blanca y la Casa Rosada, ningún otro presidente argentino había recibido este particular reconocimiento.

De esta forma, Macri se une a la galería rutilante de gobernantes latinoamericanos que han recibido esa insignia, todos ellos probados como guerreros del capitalismo en nuestra región, en la que figuran nombres como Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Ricardo Lagos, de Chile; Felipe Calderón, de México; y Juan Manuel Santos, de Colombia ¡Vaya honor!

A Macri se le recuerda por sus “extraordinarios logros y liderazgo transformador en Argentina y en todo el hemisferio”. ¿Logros? Claro: la pobreza creciente, que subió a más de un 30 por ciento de la población en sólo su primer año de gobierno; el avance de los planes de reforma laboral y de pensiones al estilo del golpista Michel Temer en Brasil; el aumento vía tarifazo en el costo de los servicios esenciales para la sociedad (agua, gas, transporte) y la inflación asfixiando al ciudadano de a pie.

O el ajuste fiscal que se ensaña con los salarios del sector público y los presupuestos para educación, ciencia y tecnología, sólo para enumerar algunas de sus medallas.

¿Liderazgo regional? Seguramente también se le premió por pedirle a la Casa Blanca, en el cierre de su gira por Estados Unidos, la imposición de un embargo petrolero total contra Venezuela; o por sus incansables esfuerzos de cabildeo diplomático para crear las condiciones necesarias para la tan ansiada intervención militar estadunidense contra la Revolución Bolivariana; o acaso, simplemente, como celebración del buen estado de sus articulaciones, de lo que no cesa de presumir en sus constantes genuflexiones al gobierno de Donald Trump.

Muy lejanos parecen los tiempos en los que otro presidente argentino, Néstor Kirchner, asumió la brasa ardiente del colapso económico de 2001 y, en medio de enormes dificultades y sin renegar de nuestra condición latinoamericana, levantó la dignidad de una nación humillada y sometida por los organismos financieros internacionales y los gendarmes del orden criminal del mundo.

Tiempos en los que reverdecieron las banderas de la unidad y la integración de nuestra América, de la soberanía y los sueños emancipadores, como aquellos que hicieron posible, hace 12 años, la derrota del proyecto panamaricanista del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, gracias a la brillante y valerosa conducción que hizo Kurchner de la presidencia de ese foro; gracias al apoyo de Luiz Inacio Lula da Silva y Hugo Chávez, a la visión estratégica de Fidel Castro; y gracias, sobre todo, a la inédita movilización continental que dio bríos para aquella jornada.

“El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo (…) El arte de engañar al prójimo, que los estafadores practican cazando incautos por las calles, llega a lo sublime cuando algunos políticos de éxito ejercitan su talento”, escribió una vez Eduardo Galeano.

Y así estamos, con los Macri de turno que reaparecen, aquí y allá, por toda nuestra América, a veces como realidad de gobierno, a veces como simples aspirantes a restauradores; pero, en todo caso, como una fotografía del pasado que de pronto emerge ante nosotros, nos sacude la memoria y deja ese regusto amargo de volver a los caminos de sombra que –creíamos– ya habíamos desandados.

Andrés Mora Ramírez*/Prensa Latina

*Investigador, analista y docente de la Universidad de Costa Rica

[OPINIÓN]

 

Contralínea 567 / del 27 de Noviembre al 03 de Diciembre 2017

Contralínea 567