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Buenos aires, Argentina. Cuando el comandante Ernesto Guevara, el Che, decidió partir hacia el Congo en 1965 lo hizo con la plena conciencia de que estaba cumpliendo con el proceso que ampliaría la mirada solidaria de los revolucionarios cubanos hacia los nuevos desafíos surgidos de un período de descolonización en África.

Lo cual en realidad, en la mayoría de los casos, era un neocolonialismo clásico, no la liberación definitiva.

El pensamiento internacionalista había crecido con los primeros años del desarrollo de la Revolución Cubana. ¿Era un sueño o una decisión soñada en conjunto con el comandante Fidel Castro Ruz? Era esto precisamente. Muy pocos comprenderían el profundo lazo que unió a estos dos hombres.

Alguna vez escuché del propio Fidel lo que había significado el Che para él, como un ser transparente, con una lealtad a la verdad, al precio que esto costara, su honestidad y pasión “de fuegos”, la ternura detrás de su dureza.

También de lo que habían trazado juntos como camino de una revolución que venía a refrescarlo todo, cubana, cubanísima en su esencia. Caribeña, latinoamericana, con vuelo propio.

Antes de embarcarse en el Granma, el Che había pactado con Fidel que algún día iba a continuar su camino, que no lo detuvieran. Lo que nunca imaginó es que con el triunfo revolucionario, él quedaría al frente de enormes responsabilidades políticas, que su aprendizaje, crecimiento y el mundo que iba conociendo en sus viajes lo alentarían aún más a continuar la lucha donde el imperio alargaba sus manos (sus garras, como decía Fidel).

¿Cómo se ligará lo vivido por el Che en la República Democrática del Congo con los sucesos en la guerrilla bajo su mando en Bolivia?

Sería imposible mencionar lo realizado por el Che al frente de unos 140 combatientes en el Congo después del asesinato de Patrice Lumumba en 1961 a manos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y Bélgica, lo que lo había conmovido profundamente al entender que era un verdadero líder no sólo para su país, el cual había obtenido su independencia en 1960, sino que su mirada se extendía hasta la Sudáfrica del apartheid.

La revuelta de los congoleños había estallado en 1964 y ocupado casi un tercio del enorme Congo pero cuando el Che llegó al país apenas si controlaba ya algunas áreas aisladas. Aunque la confrontación era desigual, los simba (leones) no estaban solos. El país africano se había convertido en un teatro de la Guerra Fría.

El Che se encontró con insurrecciones armadas en el este y oeste del territorio, pero un panorama desolador, como lo refleja en su Diario del Congo, por falta de organización y unidad, preparación política, a pesar de que como cuenta el combatiente cubano Alberto Palacios, las condiciones sociales estaban dadas, las razones de lucha también, pero “faltaba lo subjetivo”.

Hubo momentos de fuerte decepción, las dificultades de idioma, las diferencias culturales. El Che admitía que iba a llevar un largo tiempo la lucha en el Congo y en África en general para la descolonización definitiva.

En los meses en que estuvo combatiendo en el Congo, el Che y sus hombres lograron algunas victorias gloriosas por la diferencia de fuerzas, pero todo se volvería cada vez más difícil con la ayuda de Estados Unidos y Bélgica al enemigo.

Se habló del fracaso del Che. Sin embargo hoy más que nunca, se puede analizar con certeza que como diría un viejo combatiente africano, Godefroid Tchamlesso Diur, quien estuvo junto a Guevara, este había sembrado en África la semilla que fructificaría luego en Angola, en Mozambique.

Guevara había entendido todo aquello que serviría después para lo que fue la victoria en Angola. Cada paso dado resultó una enseñanza, cada pequeña victoria, la razón para continuar la lucha, cada derrota, para crecer.

La ayuda cubana a Angola consiguió frenar a la Sudáfrica del apartheid y a la Unita (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola) de Savimbi.

Las colonias portuguesas accedieron a su vez a una tardía independencia. Llegaría la rebelión lumumbista de Laurent-Desiré Kabila, quien admiraba a Guevara. El Che había dejado huellas imborrables en los corazones de los habitantes de las montañas y llanuras por las cuales condujo a sus hombres en acciones armadas.

El cariño, la admiración y el respeto de todos esos poblados perduraron largos años y aún nos llegan ecos sonoros del paso de este gigante siempre al servicio de los humildes.

Kabila finalmente derrotó a Mobutu en 1997, aunque fue asesinado 3 años después. Además, los lazos de solidaridad históricos entre África y Cuba, dice en su testimonio Godefroid Tchamlesso Diur. Fue Nelson Mandela, cuando visitó La Habana, quien unió esos hilos, al recordar al Che y agradeciendo a Fidel Castro, cuya ayuda había posibilitado el fin del apartheid.

Bolivia, otro hito en la historia

Pocas veces se escenificaría en la historia de Bolivia la magnitud de la presencia de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y otras instituciones estadunidenses como cuando fue capturado Che en ese país el 8 de octubre de 1967.

Cuatro meses antes de este hecho se había producido la gran matanza de mineros por el dictador René Barrientos con participación de los militares de Estados Unidos. Guevara como se sabe fue capturado herido por el ejército boliviano bajo dirección de Fuerzas Especiales de Estados Unidos, cuando la guerrilla que encabezaba había sufrido fuertes bajas.

Los datos fríos señalan que alrededor de las dos de la tarde el oficial boliviano Gary Prado, entrenado por los rangers en Bolivia, anunció por teléfono al general Joaquín Zenteno Anaya que estaba en Vallegrande, al oeste de Santa Cruz, que había sido capturado Guevara. Hablaba desde la Quebrada del Yuro, a unos 40 kilómetros de Vallegrande.

El legendario Che estaba herido en una pierna y gravemente afectado por un ataque de asma, y junto a él se encontraba un joven minero boliviano, Simeón Cuba, Willy, ambos capturados después de combatir hasta el último minuto.

El 9 de octubre ambos fueron ejecutados y también Juan Pablo Chang, peruano a quien llamaban el Chino. La escuelita de la Higuera es hoy un lugar histórico visitado por miles de personas. La imagen del Che acostado en una camilla con los ojos entreabiertos, con una enorme serenidad en su rostro, dio la vuelta al mundo.

Los que creían haberlo vencido comprobarían rápidamente que el Che se multiplicaba y crecía en todo el mundo, en forma permanente. De aquella etapa del Che en Bolivia, y lo sucedido después de su muerte, demostró que también allí dejó sembrada sus semillas.

Tanto, que algunos consejeros de Evo Morales, campesinos sabios y sencillos que acompañaron al Che, ayudaron, como ellos mismos dicen a “conocer la dura verdad de la presencia eterna de la CIA y otros organismos, desde la derrota de la revolución de 1952”.

¿Qué es lo que hizo despertar a un sector muy importante y muy ausente de las luchas como el de los estudiantes e intelectuales?

Meses después del asesinato de Guevara, el entonces ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, decidió entregar el Diario del Che en Bolivia al gobierno de Cuba, declarando que lo había recibido de manos de la CIA, para la que había trabajado.

El 25 de agosto de 1968, el diario The New York Times advertía  que “las declaraciones que hizo (Arguedas) de ser ciertas, indicarían que el gobierno boliviano durante los 3 últimos años, ha sido poco más que un vocero de Estados Unidos, en particular de la CIA”.

El 24 de julio de 1968 el presidente de Cuba, Fidel Castro, anunció en su país que el ministro del Interior de Bolivia había entregado el Diario del Che a manos de personas vinculadas al Ejército de Liberación Nacional “en forma desinteresada, indignado por el tratamiento que su gobierno  había dado al Che, asesinándolo cobardemente después de su caída en combate en que fue hecho prisionero e inconforme con la política del régimen que tiranizaba a Bolivia, entregado de pies y manos al imperialismo yanqui”.

Pero también Fidel dijo que “naturalmente la CIA está preocupada porque el exministro Arguedas conoce al dedillo todas sus actividades en Bolivia y muchas de las actividades de la CIA en América Latina”.

Sus confesiones no sólo revolucionaron a Bolivia, sino al mundo. Los estudiantes de derecho bolivianos exigieron al gobierno de Barrientos el 30 de julio de 1968 que se realizara una extensa investigación sobre las actividades de la CIA en el país, y advertían sobre un convenio por el que los gobiernos bolivianos se sometieran al tutelaje de esta institución de inteligencia de Estados Unidos.

Además denunciaban que un grupo de la CIA había instalado una inmensa red telefónica que controlaba la vida de los bolivianos, y estaban encargados de revisar toda la correspondencia que entraba al país.

Arguedas quería “desenmascarar a la CIA que opera en todo el mundo y que particularmente está destruyendo la independencia nacional de varios Estados latinoamericanos”.

Como se conoce, quien dio la orden de asesinar a Guevara fue la CIA, y en su representación el cubano-estadunidense Félix Rodríguez, quien interrogó al Che en la escuela de La Higuera.

Fue y es uno de los mercenarios más cercanos al expresidente George W Bush como en los años 76 también lo fuera del padre de éste. Rodríguez es uno de los más connotados terroristas que utilizó la CIA en América Latina y otros lugares del mundo.

Ante el escándalo de 1968 los generales Joaquín Zenteno Anaya y Andrés Selich Chop dieron los nombres de los agentes estadunidenses en Bolivia. “Casualmente” ambos fueron asesinados por la dictadura de Hugo Bánzer.

El primero en París, Francia, en el marco de la Operación Cóndor (1975) y su asesinato se intentó inculpar a alguna “izquierda”, lo que fracasó, y el segundo murió a golpes en La Paz, en las oficinas de Bánzer, quien intervino personalmente en el crimen junto a sus guardaespaldas.

El investigador británico James Dunkerley, en su trabajo sobre Bolivia, llegó a la conclusión de que aunque las revelaciones (de Arguedas) apenas sirvieron para dar mayor cuerpo a una historia ampliamente conocida, reflejaron y ahondaron los antagonismos que habían surgido dentro del ejército boliviano.

Su conclusión es muy importante. “La guerrilla del Che resultó en un catalizador de una serie de cambios en la vida pública (…). A pesar de su fracaso, la guerrilla proporcionó una especie de salto cualitativo de la órbita del 52 y un desafío para reconsiderar posiciones para los sectores ubicados entre las masas populares, la pequeña pero políticamente belicosa burguesía y el ejército (….). El ejemplo de los rebeldes de Ñancahuazú tuvo un impacto particular en los estudiantes”.

Pero hay algo que fue indiscutible: hubo un antes y un después del asesinato de Guevara y la aparición de Arguedas y sus testimonios y documentos.

La guerrilla del Che, como en la República Democrática del Congo, sembró semillas y, como dice Evo Morales, “ayudó a crecer a nuestro pueblo, a nosotros mismos como dirigentes. Una derrota que se alzó en victoria en manos de nuestros hermanos siempre sometidos”.

Stella Calloni/Prensa Latina

 

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