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Más allá de la explotación, la represión y el genocidio, la cultura negra vive en la Argentina. La oligarquía que hoy gobierna –y que es descendiente directa de esclavistas y genocidas– busca minimizar sus aportes y anular la influencia negra. Sobre todo, aquella de lucha y resistencia que trajo por primera vez las ideas socialistas al Continente. Ay, tango mío, que somos cosa e’ negros

Primer acto, ocurrió a la hora señalada: Tuve suerte aunque prefiero escribir baraja, pero no de naipes prohibidos, algunos dicen que desde sus primeros días y durante la maldita Inquisición –dedicada al escarnio y muerte de los judíos perseguidos en la España oscura del pudridero–, por rezar bendiciones con un mazo de cartas a la mesa y los textos sagrados escabullidos entre faldas y faldones.

Sí, por fortuna o gracia concedida vaya a saber uno a través de quién, seguro que de un tal dios no –porque no estoy para miriñaques con fantasías de malas vidas, peores quereres y ni qué decirles sobre tristes muertes– tuve de aquellas barajas y quiero contarles aquí, por la magia de haber sido y ya no serlo, maldita muerte que te aleja, amigo y compañero de Estela Canto en nunca pocas bebederas, la escritora maravillosa de El retrato y la imagen, La noche y el barro, Los otros, las máscaras, La hora detenida y Borges a contraluz.

A cuenta este último título y libro de lo que quiero recordar, porque quien fue el amor de Jorge Luis –a ella él le dedicó El Aleph– una vez me dijo en compañía de un tal Jameson, que es designio toda vez que tan horrible suena a marca de un whisky irlandés: “nunca quieras conocer al autor que por sus obras amás”.

Segundo acto, de sangre y barro: Quien quizá haya sido el crítico literario más creativo que dio este país argentino que no tiene barrocos sino barrosos, al menos a orillas del Río de la Plata, atributo ese de una lengua como envuelta en sí misma, pero cortada a tajo de filo y contrafilo, nunca ungida por el verbo en tanto caricia, y narrador también, David Viñas, sostiene en su obra que por aquí fuimos paridos tras el desgarro de una violación, que es la de El Matadero, publicado en 1871, casi 20 años después de la muerte de su autor, Estaban Echeverría.

Texto que Viñas mismo considera fundador de una literatura. Ya por entonces estábamos marcados por el genocidio de clase, el del pueblo ranquel, el de los argentinos de origen africano, el de los obreros, el de los jóvenes, el de los pobres, el de los distintos, el de los desaparecidos; en cierto modo el de todos.

Tercer acto, dedicado a Lucas Fernández: Para mediados del siglo XIX no digo que la mayoría, pero muy cerca de un medio de la población argentina era afrodescendiente. Sí, Argentina es desde tempranito una verdadera cosa e’negros, para referirnos a la tonadilla del decir popular: si hasta el comer de los comeres de este país, que tuvo y tiene entre los dueños y amanuenses del poder la pestilente aspiración de ser tan blanquitos ellos, lleva la marca de la madre África.

¿Qué otra cosa, si no, son las achuras o menudencia de las reses, que no existían antes del invasor pero que se multiplicaron tal cual peces para algunos, como cimarronas –y para el cuereo y el saladero de los ricos que se disfrazaron de revolucionarios en el ’10 del 1800– con nombres de tan-tan como chinchulines y mondongos, por ejemplo, que ya el mismo Echeverría –otra vez El Matadero– contaba entre los recogimientos allí, por la esclavas, tras la jornada de faena y entre los charcos de tanta sangre transitada. Si hasta nuestra música urbana, pero para ello o acerca de ella, por favor dominar la ansiedad durante unos párrafos más, que tantas veces oí en Cuba y en Canarias: vísteme despacio que tengo prisa.

“El socialismo llegó al Río de la Plata mucho antes que la corriente inmigratoria de origen europeo. Fue la comunidad negra de Buenos Aires, la de los exesclavos liberados con la Constitución Nacional de 1853, quienes trajeron las primeras ideas y doctrinas del socialismo utópico, en 1858, 6 años antes de la fundación en Europa de la Primera Internacional que Marx, Engels y el anarquista Miguel Bakunin impulsaron en 1864.

Un intelectual negro, Lucas Fernández, creaba y dirigía el semanario El Proletario, que expresó servir los intereses de la clase de color. El movimiento se llamó Democracia Negra y se frustró porque acometieron con el exterminio de la comunidad durante los aciagos días de la epidemia de fiebre amarilla, el primero de la dramática saga de genocidios en Argentina, que no son historia si no presente porque sus descendientes en línea directa hoy gobiernan, alternan en los salones de la corte, y en los medios de comunicación, esos pabellones a luz rampante de prostibularias palabras, casi adquiridos por lote y totalidad por la gran patronal predadora, con posaderas apoltronadas en Estados Unidos.

El segundo de los genocidios fue el de los dichos indios, quienes fueron y son nuestros pobladores de origen, en la denominada Conquista del Desierto –que sí fue conquista pero de ningún desierto, porque ese era el territorio de la nación ranquel–, los pobladores del Sur, a quienes, entre otras muchas variantes de exterminio, se les aplicó la guerra bacteriológica, mediante el envío de comerciantes a las tolderías con cargamentos de mantas y menajes que habían estado en contacto con enfermos de viruela.

Así fueron diezmados y luego asesinados –hombres, mujeres, niños y ancianos– por el ejército de línea. De todas maneras no fuimos los creadores de esa anticipación vernácula del nazismo. Los estadunidenses utilizaron ese método para la llamada Conquista del Oeste. Por mucho tiempo se creyó que había sido el célebre general Custer su inventor, pero nuevas investigaciones mencionadas por David Viñas (al maestro ya lo citamos antes), han comprobado que ese método ya se empleaba desde fines del siglo XVIII.

Así, palabras más palabras menos, y con interferencias, me apropié de un texto de 2002, acreditado entonces por la agencia Argenpress. En fin, lo que deseaba resaltar es que, entre pestes, cuarentenas con la peor de las malas leches racistas, guerras y persecuciones variopintas, la Argentina liberal oligárquica, la misma que en sus variantes 2.0 o 4.0, podríamos arriesgar, aun hoy es reina y señora de estas pobres almas que parecen a la deriva –pero no, ¡cuidado!, al menos la esperanza vive–, se obstinó en invisibilizar y asesinar aquello que grito: somos cosa e’ negros.

Cuarto acto, para que ¡Viva el tango!: Repito. Esa misma oligarquía, a la que le seguiremos cantando qué lindo, qué  lindo que va a ser, el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel, se esforzó y se esfuerza por negar la negritud de los argentinos, pero el Río de la Plata, sobre las dos Bandas, la Oriental de los primos y ésta de acá, la Occidental desde la que escribo, puso y pone el punto sobre las íes y recuerda, siendo la memoria una persistencia en el ser del presente, porque solito y solo el recuerdo es paneas mármol frío de museos: “El tango permite observar la presencia negra. Esconde en sus raíces la prosapia africana y contribuye a explicar el origen de la propia identidad argentina.

“Tiene como creador, entre otros al afrodescendiente, si hasta se comprueba en la propia etimología de la palabra para explicar que deriva de yoruba Changó (…). Pero los blancos se han apropiado de esa identidad desmereciendo el aporte negro en sus orígenes. En la forma en que se representó al tango, si bien los primeros payadores y compositores fueron negros, hoy la típica pareja que baila es blanca. Es que los argentinos de color eran de origen pobre y hechos al margen.”

Los de color hicieron tango pero debieron ajustarse, como pasaba en otras esferas, al canon de producción que era bien europeizado. Les decían como componer, en síntesis. Papeles robados al sitio Afribuku.

Quinto y último acto, para mi vecino Juan Sebastián Bach: Sucedió hace algunos soles atrás, no viene al caso exactamente saber cuándo, pero sí en medio de un julio presente o reciente de Buenos Aires, aunque entre mapas geotérmicos que azotan –feas palabra y expresión pero se me ocurrieron y la fealdad también es parte de la vida, es decir de los textos– ya las madrugadas y las noches no lo son tanto, quiero decir heladas.

Fue por la tarde, bien tarde, y ¿recuerdan ustedes aquello de mi amiga Estela Canto cuando decía “nunca quieras conocer al autor que por sus obras amás”? Pues por baraja que, reitero, es fortuna, y amor, no tuve más remedio que conocer muy pero muy bien a uno de los que componen el grupo Julián Graciano 4 Cuarteto, probablemente lo mejor del tango contemporáneo, postpiazzoliano, entre los sonidos de Roberto Grela y Aníbal Troilo, Pichuco, y de Charly Parker y John Coltrane.

El nombre del desmentidor de Estela es Manuel Masetti en guitarra, nieto de quien es la historia misma de esta bendita agencia para la que borroneo las aquí presentes cuartillas. Y los otros son Amijai Shalev en el bandoneón, Pablo Andrés Giordano en el contrabajo y el maestro Julián Graciano en guitarra, composición y dirección. Presentaban el disco Alquimia –me pregunto  yo, ¿entre jazz, tango, blues y tambores?–, y cuando sonó Tango en negro, el propio Graciano recordó acerca de lo que veníamos afirmando, que “al tango, los ricos y los poderosos quisieron hacerlo blanco pero nos viene de África”.

Ahí están, para decirlo, algunos de su fundadores negros, como el violinista Casimiro; Leopoldo Thompson, primero guitarrista y luego contrabajista; Rosendo Mendizábal, pianista; y otro de música gigante y cuyo nombre se llevó el olvido pero que influyó, y para siempre, en un blanco genial, como Osvaldo Pugliese. Arrancaba el siglo XX entonces, y ellos enseñaron que el tambor suena y suena, entre los pliegues del fuelle siempre, de las cuerdas, y de las percusiones del piano.

Sé que estamos cerca, mejor escribir en tiempos ya, de que en un texto de periodistas pueda sonar aquella, esta u otra partitura, tanto que les creería si me cuentan acerca de la emoción que les provoca estar escuchando aquí y ahora Tango en negro (para eso existe You Tube, por si acaso, y los invito); pero ni les cuento lo que puede llegar a suceder con vuestros corazones y en el limbo de lo que llamamos alma, nunca abandonados ni abandonadas jamás en una café de baladas tristes, cuando retumbe, y ya llega, Un tal Bach, compuesto por el maestro Graciano el día siguiente al de la noche que soñó, sí, que Juan Sebastián era su vecino y vivía en el mismo edificio con hollín sobre el tejado que él habita en la misteriosa Buenos Aires.

Y termino: ¡Viva el tango! ¡Viva África!, pues ya llegará el día que, tal cual cantaban en aquella España, “los pobres coman pan, y los ricos mierda, mierda”.

Víctor Ego Ducrot*/Prensa Latina

*Periodista, escritor y docente universitario argentino; doctor en comunicación por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: SOCIAL]

 

 

Contralínea 557 / del 18 al 23 de Septiembre de 2017

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