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Immanuel Kant dijo que el filósofo, economista, sociólogo e historiador escocés David Hume (Edimburgo, 1711–1776) “lo había despertado de su sueño dogmático”. Y contrario a como el filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860) se expresó de las mujeres, inaugurando el machismo estúpido contra ellas al atreverse a definirlas como solamente de “cabellos largos”, la politólogo Berta Barbet Porta, asidua colaboradora con sus ensayos en el columnismo de España (El País, 15 de junio de 2017), nos ha despertado de nuestro sueño contra los partidos y la democracia representativa, con su brillantísimo análisis titulado: “¿Qué crisis de la democracia?”. Es éste un fabuloso trabajo que nos pone en alerta sobre si son los partidos y esa democracia salida de las urnas en cada elección –en muchas ocasiones fraudulentas– los que están en crisis… o son sus actores: tanto candidatos como dirigentes de esos partidos. Concluyendo que son los candidatos y, a veces sí, a veces no, los líderes que conducen a las organizaciones que ya formalmente se crean con el Estado de Partidos (Hans Kelsen, Esencia y valor de la democracia).

“Habrán oído una y 100 veces que la democracia representativa está en crisis. Pero, ¿y si no fuera verdad? ¿Y si lo que está en crisis no es el modelo sino sus actores, es decir, los partidos? Porque si la crisis es de la democracia representativa [agrego: por eso el auge del populismo de izquierdas, derechas y de centro; de derechas con Trump, de centro con Macron en Francia; de izquierdas en España y donde México asoma ya la cabeza]; deberíamos cambiar de modelo e ir a una democracia directa [vuelvo a meter mi cuchara, de donde se desprenden esos populismo], como sugieren unos, o hacia una expertocracia, como dicen otros. Pero si la democracia está bien y son los partidos los que están en crisis, bastaría con arreglar estos últimos… Aunque sea difícil reformar los partidos políticos –los que de paso hay que repetir: gastan demasiado dinero del pueblo para corromperse y corromper–, es el mejor camino que librarse de ellos”.

Es un ensayo periodístico sin desperdicio. Un ensayo que deberían leer (no “ler”, como Nuño) y reflexionar nuestros actores partidistas y los elegidos tanto como los funcionarios por designación. Agrega la politóloga: “Es importante tener en cuenta la posibilidad de que la solución al problema no se origine tanto en el cambio de modelo como en el de los actores que operan en él… para que los ciudadanos recuperen el interés por la política cuando los partidos encuentren mecanismos para volver a representar las inquietudes de sus ciudadanos”.

Leer y releer… y volver sobre este ensayo nos regresa a la realidad (para “no soñar antes de dormir”, como dijo un trabajador que repara fugas de agua). Porque, en verdad, no es tanto la democracia representativa la que está funcionando mal ni está en crisis. Y si la tenemos bajo el fuego de la crisis política, es por la corrupción de sus actores y en cuanto terminan las elecciones (comprando votos en un “toma y daca” de dinero o regalos por el sufragio), se dan al “importamadrismo”; no cumplen con sus obligaciones de gobernar en beneficio del pueblo (o mejor dicho, de la sociedad, para que no les suene a populismo), tampoco cumplen sus promesas y mucho menos los compromisos contraídos a lo largo de sus campañas, haciendo recaer en el abstencionismo electoral el desinterés por la política. Por lo que vamos “de vuelta la burra al trigo” con la cantaleta de que es la democracia la que está en crisis. Pero es bastante claro que son los actores en el poder: los Peña, los Anaya, las Barrales, los Ochoa Reza, etcétera, quienes están en crisis por malos, pésimos actores que hacen de la democracia solamente un escenario para elegirse y reelegirse, como en un teatro de títeres.

Álvaro Cepeda Neri

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: CONTRAPODER]

Contralínea 548 / del 17 al 23 de Julio de 2017