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La gestión de la calidad se ha extendido en el ámbito universitario español. Y si para muchos esto puede significar que la Universidad actúa correctamente ya que sus procesos ahora tienen la máxima calidad, la realidad es bien distinta.

La gestión de la calidad es un enfoque directivo desarrollado a mediados del siglo pasado que pone el énfasis en la mejora continua de los procesos dentro de las organizaciones. Si bien este concepto en sí mismo no es negativo, puede que lo sea su implantación o aplicación al mundo organizativo.

Dado que la mayoría de empresas que acogieron esos planteamientos eran burocráticas, es decir centradas en el orden y que consideraban que era clave tener normas y reglas claras sobre cómo hacerlo todo en las organizaciones, o estaban centradas en el logro, la competitividad y la fijación de objetivos y estrategias, su implantación se llevó a cabo desde dichas perspectivas. Esto significó que la gestión de la calidad se transformó en normas y auditorías de calidad.

Implicó crear normas y reglas para todo, y en fijar objetivos y metas para cada equipo, departamento en la empresa. En toda esta visión subyace el pensamiento de que no podemos confiar en las personas que trabajan en la organización; por eso debemos controlarlos, decirles lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo, y motivarlos “con la zanahoria”, animándoles a marcarse metas, o marcándoselas nosotros.

El establecimiento masivo de reglas sobre cómo hacer las cosas genera inflexibilidad, e impide la autonomía: ya que hay que hacer las cosas como se ha estipulado, y fijar objetivos impide centrarnos en cómo hacemos nuestro trabajo; es decir, importa más la cantidad, que la calidad.

Además, fijar objetivos y vincularlos a incentivos bloquea la innovación, lo han probado numerosas investigaciones.

El problema surge cuando una institución como la Universidad, que debería ser la referencia de la innovación y la creatividad, se ahoga con estos planteamientos organizativos. Y para ello se crea un organismo como la, Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) para salvaguardar la calidad de la Universidad, y se crean vicerrectorados o departamentos de calidad.

Todo ello genera una enorme inflexibilidad, dificultad y lentitud para hacer cambios, por ejemplo, en los grados y posgrados porque la ANECA y otros organismos internos de la Universidad deben ratificarlo y verificarlo todo; y genera una excesiva dedicación para preparar informes, documentos y actas en su mayoría inútiles, con lo cual el profesorado reduce su tiempo para mejorar la verdadera calidad de la docencia y la investigación.

La investigación ha quedado reducida a maximizar las publicaciones en determinadas revistas, lo cual pone el énfasis en lo cuantitativo sobre lo cualitativo: no se trata de publicar trabajos rompedores o innovadores y que mejoren sustancialmente la sociedad, sino de conseguir muchas publicaciones en revistas de prestigio. En cuanto al personal de administración y servicios, su situación es similar: normas, procesos, objetivos, meta e indicadores hasta el hartazgo.

¿Qué se puede hacer? Hay que decir que no se trata de erradicar por completo las normas o los objetivos, pero sí de reducirlos a su mínima expresión. En un excelente artículo sobre Universidad y calidad, Enrique Moradiellos considera que un “buen gobierno” implica procurar siempre la máxima simplificación de trámites administrativos y burocráticos. Estos nuevos planteamientos huyen de la obsesión por el control; para ello confían en las personas, en sus decisiones y potencial. Se trabaja en equipos que se autogestionan, todas las personas tienen poder, responsabilidad y autonomía; todos pueden tomar decisiones.

Además, hay transparencia total, tal y como reclama también Enrique Moradiellos para la Universidad española. Y se trata de que la motivación intrínseca, y no la extrínseca (“la zanahoria”), se extienda por la organización y para eso las personas deben sentir que tienen autonomía, que aprenden y que su trabajo aporta algo a la sociedad. ¿Podrían las comisiones de grados o posgrados tomar decisiones sobre los mismos y gestionarlos? ¿Serían esos equipos más flexibles, innovadores y creativos?

Probablemente sí, y eso afectaría positivamente a dichos estudios y a los estudiantes.

¿Investigarían los profesores más o mejor si no tuvieran esas exigencias cuantitativas de publicaciones en determinadas revistas? En principio, sí. Además, alejados de incentivos y de pérdidas de tiempo en reuniones, la dedicación, creatividad y la innovación sería mayor. Y por lo tanto mayor sería la aportación a la sociedad, tanto a través de la docencia como de la investigación. Es hora pues de que la Universidad deje de lado planteamientos obsoletos de gestión y mire hacia nuevos modelos más conectados con la innovación y la creatividad, más propios del siglo XXI.

Ricardo Chiva Gómez*/Centro de Colaboraciones Solidarias

*Catedrático de gestión de empresas, Universitat Jaume I

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 546 / del 03 al 09 de Julio de 2017