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El embargo económico, alimenticio, educativo, familiar y militar que impusieron Arabia Saudita, Bahrein y Emiratos Árabes Unidos a Catar, supuestamente motivado por su apoyo al terrorismo, en realidad buscaría establecer un nuevo orden en Oriente Medio y el Norte de África bajo la égida saudita

Beirut, Líbano. Ante la virulencia con la que Arabia Saudita, Bahrein y Emiratos Árabes Unidos (EAU) recriminan a Catar su apoyo al terrorismo, es ineludible preguntarse si alguna vez tuvieron verdadera cohesión, y cómo y cuándo superarán la crisis.

En opinión de varios analistas, sólo el deseo de someter de modo humillante al vecino más insumiso, destronar a su familia real gobernante o establecer en Oriente Medio y el Norte de África un nuevo orden bajo la égida saudita justificaría la agresividad de las medidas comandadas por Riad.

Aunque la ruptura de relaciones diplomáticas y el bloqueo fronterizo a Doha fueron anunciados por las tres naciones, no es secreto que la decisión fue iniciativa o, cuando menos, se consensuó con el reino saudita, dado su liderazgo político y económico en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

Fuera del Golfo Pérsico, el leitmotiv del terrorismo sonó a pretexto banal habida cuenta de que Catar no es el primero ni el único país de esa región que arma, financia, apoya y cobija a grupos islamistas cuya ideología y métodos comulgan con la violencia y el extremismo.

A la luz de la situación actual, quedó en franco descrédito la cohesión de la que las seis monarquías del Golfo Pérsico alardearon durante las cumbres con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la capital saudita el 21 de mayo.

Unidad elusiva o falsa integración

Ni monolítica ni fraternal ni mucho menos inquebrantable resultó ser la afinidad que se enarboló ante la opinión pública bajo el slogan de “acción conjunta del CCG” para asumir retos de integración, interconexión, mercado común, lucha antiterrorista y contrapeso a la supuesta amenaza de Irán.

En aquellos encuentros se descarrilaron históricas prioridades árabes como la causa palestina, dando protagonismo a una retórica enfocada a reprobar la reelección presidencial de Hassan Rouhani en Irán y el creciente acercamiento de ese país a Irak (único árabe de mayoría chiíta).

Además, los discursos de Donald Trump y el rey Salman bin Abdulaziz de Arabia Saudita, así como la declaración final de la cumbre árabe-islámica-Estados Unidos presentaron como consensuada y unánime la postura contra Teherán y el combate al terrorismo, en particular al EI, cuando no fue precisamente así.

Si bien ninguno de los aliados sauditas contempla opciones militares contra Doha, los tres miembros del CCG engrasaron una maquinaria de guerra mediática e intimidación que se sumó a la de las aerolíneas desde el inicio del contencioso.

Antes de la ruptura, el canal Al-Arabiya, afín a la Casa Real Al-Saud, pareció haber recibido el encargo de contrarrestar la campaña hostil que se achaca a su similar Al-Jazeera, una televisora cuya cobertura de temas regionales le apartó de ser la referencia inexcusable.

La cadena saudita arremetió contra la familia Al-Thani con comentarios, testimonios y revelaciones de varios complots o actos desleales a sus socios regionales, incluso con supuestos planes magnicidas.

Mencionó a modo de ejemplo que durante la reciente cumbre de Riad la delegación catarí encabezada por el emir, jeque Tamim bin Hamad Al-Thani, se retiró antes de que acabara la ceremonia de apertura sin dar explicaciones.

Días después, la página web de la agencia oficial QNA publicó un discurso atribuido al emir con críticas al reino, lo cual Doha denunció como un acto de piratería informática, pero sus socios desestimaron los argumentos de ciberataque y respondieron con una inusitada agresividad.

Catar consideró “injustificado” el corte de los lazos e incluso desmintió que Al-Thani haya reconocido tensiones con la administración de Trump, y valorado al movimiento islamista Hamas de “representante legítimo del pueblo palestino” y a Irán de “una gran potencia en la estabilización de la región”.

Sin embargo, el anuncio por el ministro saudita de Relaciones Exteriores, Adel Al-Jubeir, de que muy pronto se presentará una lista de “agravios” que involucran a Catar confirma que los celos, recelos, disputas y conjuras vienen de lejos.

“No las llamaría demandas, diría que es una lista de agravios que requieren ser atendidos y que los cataríes necesitan corregir”, comentó el canciller al recalcar que se relacionan con el apoyo de Doha al extremismo y el terrorismo, pero sin revelar detalles de tales quejas.

Para el abogado internacional Saad Djebbar, los comentarios de Al-Jubeir expusieron las ambiciones regionales de los cuatro países (los tres del CCG y Egipto) que lideran el bloqueo a Catar.

 “Este embargo eclipsa al aplicado a la Libia de [Muammar] Gaddafi después del atentado de la aerolínea PanAm [pues] aquel sólo afectaba a vuelos, no a mares y barcos o fronteras territoriales”, contrastó Djebbar, quien cree que esas naciones “sólo han querido participar en una aventura contra Catar”.

Viejos desencuentros y complots

Para estudiosos de Oriente Medio, la campaña de EAU y Arabia Saudita para que Catar deje de apoyar a islamistas y terroristas es “poco menos que una lucha por establecer un nuevo orden regional” y resultado de ancestrales “disputas palaciegas”, nunca mejor dicho.

Según Arabia Saudita, mostró “paciencia sobre las intrigas de Catar durante más de 20 años” por diversos episodios, incluida una alegada componenda del jeque Hamad bin Khalifa Al-Thani, padre del actual emir, con el líder libio Gaddafi para presuntamente asesinar al rey Abdulaziz.

Al-Arabiya citó al consejero de la Corte Real saudita Saud Al-Qahtani, quien afirmó que el alegado plan comenzó en 2003 durante la cumbre de la Liga Árabe realizada en la ciudad egipcia de Sharm El-Sheikh, cuando Gaddafi protagonizó una dura trifulca verbal con el entonces monarca Fahd.

Durante la referida cumbre árabe, Abdulah, que entonces era príncipe heredero, respondió fuertemente al discurso de Gaddafi y le restregó el rol de Occidente para apuntalarlo en la jefatura del Estado libio.

En el mundo árabe aún es famosa la frase de Abdulah espetándole a Gaddafi “¿quién exactamente te trajo al poder?”, recordó Al-Qahtani al afirmar que el mandatario libio “se puso locamente furioso y se comunicó con disidentes sauditas, especialmente los residentes en Londres”.

Siempre de acuerdo con la versión del consejero real, el líder libio pidió al emir catarí “que le ayudara en represalia contra el príncipe, y Al-Thani expresó su voluntad a hacerlo acordando sostener una reunión entre los aparatos de inteligencia de los dos países en Doha”.

Como aquellos críticos de la familia real Al-Saud “no interactuaban con Gaddafi, éste recurrió al emir de Catar para trabajar con él” y “vengarse”, aprovechando sus fuertes lazos con los exiliados en Londres.

Al-Arabiya también reportó el apoyo de Catar a opositores de Bahrein para denunciar la represión de la dinastía Al-Khalifa en 2011, y le culpa ahora de reactivar tensiones territoriales entre Djibutí y Eritrea luego de que Doha retiró sus cascos azules de la frontera de ambos Estados africanos.

En un reciente editorial, el canal acusó a los cataríes de “cooperar” con organizaciones radicales como la Hermandad Musulmana (HM) y de “intentar desestabilizar a los países del CCG”.

Recordó que en 2013, con la Declaración de Riad se dio a Catar una oportunidad para instrumentar varias demandas dentro de un plazo de 90 días, pero no las ejecutó; y otro intento se hizo en febrero de 2014 en Kuwait, cuando se le pidió que cesara sus “conspiraciones” contra países vecinos.

Aquella última reunión se produjo en presencia de los emires de Kuwait y Catar, y de los ministros de Relaciones Exteriores, pero como Doha también ignoró aquella advertencia y continuó con su postura, el CCG convocó otra cita de cancilleres en Riad, en marzo de 2014.

Fue entonces cuando la crisis, precedente de la actual, derivó en el anuncio de EAU, Arabia Saudita y Bahrein de retirar a sus embajadores en Doha por el apoyo a la HM egipcia, pero tras un nuevo intento reconciliador en 2015, “las prácticas y abusos de Doha nunca cesaron”, acotó el canal.

Al fragor de la crisis emergen episodios comprometedores para Catar que, al margen de las evidentes motivaciones de sus antiguos aliados, ilustran los nexos del emirato con elementos y organizaciones extremistas y terroristas, muchos de ellos ahora intentando derrocar a Bashar Al-Assad en Siria.

En su libro En el camino del daño: de los bastiones de Al-Qaeda al corazón del EI, el exreportero de Al-Jazeera Yosri Fouda relató cómo el hoy emir padre catarí supuestamente pagó 1 millón de dólares para recuperar los videos de sus entrevistas con miembros de la red que fundó Osama bin Laden.

Según Fouda, se reunió en secreto con miembros de Al-Qaeda en 2002 y estaba a la espera de que esa organización enviara las grabaciones, además de que coincidió con el propio Al-Thani en un restaurante de Londres para tratar el asunto con evidente premura.

De ser cierta, la alegada reunión se insertó en el contexto de la decisión de Al-Qaeda de encargar a Al-Jazeera difundir un documental sobre el primer aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

Otro libro titulado Dentro de Al-Qaeda, autoría de Rohan Gunaratna, sugiere nexos entre Doha y la red de Bin Laden cuando asegura que “es cierto que un miembro de la familia real en Catar apoya a la organización Al-Qaeda”.

Ante las críticas en ese sentido, un asesor en temas antiterroristas del canciller catarí, jeque Mohammed bin Abdulrahman Al-Thani, reveló este mismo mes que el emirato permitió la apertura en 2013 de una oficina del grupo afgano Talibán en Doha “con base en una solicitud de Estados Unidos”.

Mutlaq Al-Qahtani rechazó las críticas de Trump y los gobiernos saudita, emiratí y bahreiní por el supuesto apoyo a grupos extremistas islámicos y alegó que Catar también acogió al Talibán en virtud de su política de “puertas abiertas para facilitar conversaciones, mediar y propiciar la paz”.

El consejero del ministro Al-Thani valoró las presiones diplomáticas y otras medidas punitivas como un plan “para hacerle sucumbir a la hegemonía de Arabia Saudita en Oriente Medio”.

“Pienso que no es [un tema de] antiterrorismo, ni sobre financiamiento al terror… Se trata de una campaña orquestada contra mi país para presionarlo a cambiar su política exterior activa e independiente”, denunció Al-Qahtani.

Y es que aunque Catar se había avenido a las resoluciones del CCG contra Irán, es innegable que el rico emirato petrolero se distinguió desde hace años por una política exterior de buena vecindad con Teherán y de cierta independencia respecto a sus socios.

Además, ambos países comparten el yacimiento de gas natural Pars Sur-Cúpula Norte, el mayor del mundo con una superficie de 9 mil 700 kilómetros cuadrados (3 mil 700 para Irán y 6 mil para Catar).

Tal es la autonomía catarí que brindó apoyo a la cofradía fundada hace más de 90 años en Egipto, y que fue ilegalizada y declarada terrorista después de que Abdel Fattah Al-Sisi derrocó en 2013 al único gobierno democráticamente elegido de ese país norafricano, el del islamista Mohamed Morsi.

Al igual que con el Talibán, el canciller catarí subrayó que la presencia del movimiento de resistencia islámica Hamas en Doha “está coordinada con Estados Unidos y países de la región, y es parte de nuestro esfuerzo por mediar entre las facciones palestinas para alcanzar la reconciliación”.

La capital catarí se convirtió en años recientes en lugar de residencia de Khaled Meshaal, veterano líder político de Hamas, grupo al que muchos ven como la marca palestina de la HM y que mantiene rivalidad con Al-Fatah, el movimiento del presidente Mahmoud Abbas, más cercano a Riad y Abu Dhabi.

A Meshaal y a Hamas muchos árabes les tildan de traidores por elegir Doha para instalar la sede que por años les garantizó Damasco, pero que dejaron cuando Siria, históricamente hospitalaria con los palestinos, sufría los peores embates de terroristas financiados por Catar, Arabia Saudita y Turquía, según Al-Assad.

Sin ceder por completo a las presiones, días después de la ruptura de relaciones un grupo de dirigentes de Hamas abandonó Catar a petición del emir, lo que se interpretó como una consecuencia de la crisis.

Los encontronazos entre Catar y sus vecinos hicieron también que de 2002 a 2008 la embajada saudita en Doha funcionara a nivel de encargado de negocios en protesta por la cobertura que brindó Al-Jazeera de la llamada Iniciativa Árabe de Paz impulsada por Riad y que contempla el reconocimiento de Israel.

Ruptura y bloqueo

Más que ruptura, lo anunciado el 5 de junio fue un bloqueo en toda regla extendido a los ámbitos económico, alimenticio, educativo, familiar e incluso militar, pues el emirato fue expulsado de la coalición que lideran los sauditas contra los rebeldes houthis de Ansar Allah y sus aliados en Yemen.

“Catar apoya a múltiples grupos terroristas y sectarios que buscan socavar la estabilidad en la región, incluidos la Hermandad Musulmana (HM), el Estado Islámico (EI o Daesh) y Al-Qaeda”, refirió la cancillería saudita en absoluta sintonía con las otras dos del área mientras se anunciaban duras sanciones.

Los diplomáticos cataríes recibieron un ultimátum de 48 horas para abandonar Riad, Abu Dhabi y Manama, a donde debían retornar en igual plazo los representantes de esos estados en Doha.

Asimismo, los cataríes disponían a partir de la referida fecha de 14 días para abandonar casas, escuelas, negocios y familias en sus países de residencia, lo mismo que los emiratíes, sauditas y bahreiníes que, aunque Catar les permitió quedarse, fueron urgidos por sus gobiernos a repatriarse.

Tras denuncias de autoridades de Doha y de grupos de derechos humanos, los gobiernos aclararon que revisarían casos de cataríes casados o con parentesco directo con sus ciudadanos, una consideración que no impidió malograr los exámenes finales y carreras universitarias a estudiantes en aquellos países.

Además, Arabia Saudita, EAU y Bahrein cerraron sus espacios aéreos a la compañía Catar Airways, le cancelaron las licencias de operación, clausuraron sus oficinas y todas sus compañías dejaron de volar a Doha, generando una alteración sin precedentes de la navegación en la región del Golfo.

El paquete de medidas, que el canal televisivo catarí Al-Jazeera tildó de “surrealistas”, incluyó igualmente el cierre de todos los servicios postales para recibir o enviar correos a Catar, así como la divulgación de una lista de 59 individuos y 12 organismos catalogados como “terroristas”.

La relación incluyó a Yusef Al-Qaradawi, jefe de la Unión Internacional de Ulemas Musulmanes, a varios periodistas y a entidades filantrópicas como Eid Charity y Catar Charity, esta última con sólida cooperación con la ONU en varios proyectos implementados en Yemen, Siria e Irak.

Para James M Dorsey, académico de la Escuela S Rajaratnam de Estudios Internacionales, con sede en Singapur, los líderes de los tres países “pusieron su credibilidad en juego” no sólo por romper lazos diplomáticos, sino por también imponer un severo boicot.

Catar, cuya única frontera terrestre es con Arabia Saudita al Oeste, importaba del reino por carretera hasta el 40 por ciento de los casi 1 mil millones de dólares que gasta en alimentos anualmente, según datos oficiales.

Desde las tres capitales se emitieron decretos dirigidos a contener las previsibles críticas populares a los vetos de exportar alimentos a Catar, tipificando como “ofensa criminal” toda muestra de simpatía “oral, escrita o visual” con el hasta hace poco “hermano”.

En el caso de EAU, una simple expresión de solidaridad o alabanza al hoy enemigo es castigable con hasta 15 años de cárcel y/o multas de al menos 136 mil dólares, mientras Bahrein dispuso hasta 5 años de prisión y multa.

Para dar otro giro de tuerca, Manama advirtió el 20 de junio que revocará los pasaportes de sus súbditos que “viajen a Catar, residan allí o, incluso, crucen el territorio (de ese emirato) en tránsito a otros países”.

De acuerdo con la información transmitida por la red televisiva bahreiní Lualua, el ministro del Interior, Rashid bin Abdullah Al-Khalifa, añadió que “los violadores de la prohibición también quedarán impedidos de aplicar para un nuevo pasaporte en el futuro”, pues Catar “desestabiliza la región”.

Las críticas del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, el príncipe jordano Zeid Ra’ad Zeid al-Hussein, por el irrespeto a la libertad de expresión y otras garantías, compulsó a Riad, Abu Dhabi y Manama a emitir una declaración conjunta desde Ginebra justificando “sus derechos soberanos”.

Al-Hussein se refirió al boicot comercial, la expulsión de cataríes, la restricción de libertad de movimiento de las personas y sobre todo a las amenazas de multar o encarcelar a quien tan sólo se conduela con Catar.

Los gobiernos argumentaron que les asiste la facultad de “proteger su seguridad nacional de los peligros del terrorismo y el extremismo”. Asimismo, se escudaron en que habilitaron líneas telefónicas de ayuda para “casos humanitarios” de cataríes obligados a repatriarse, tras rectificar la expulsión masiva que destruyó núcleos familiares mixtos.

Intentos de islamizar el conflicto

Pero mientras en la crisis aparentemente se reserva a Kuwait y Omán para eventuales roles mediadores, el drástico golpe comandado por la Casa Al-Saud involucró a más de 10 países en la campaña anti-catarí, la mayoría de ellos naciones islámicas y pobres de África Subsahariana.

Según comentó Dorsey a Prensa Latina, todo indica que en la primera acción saudita para sumar más estados de mayoría musulmana al asedio a Doha los amenazó con reducirles la ayuda financiera y restringirles cuotas para que sus feligreses visiten La Meca en la peregrinación islámica anual del Hajj.

No obstante, las presiones fueron “parcialmente exitosas” pues Senegal, Isla Mauricio, Comores y Eritrea cortaron lazos diplomáticos con Catar, pero Chad y Níger se limitaron a llamar a sus embajadores en Doha, y Djibutí, al igual que Jordania, simplemente rebajó el nivel de sus lazos.

Esas naciones subsaharianas se unieron a otras económicamente muy dependientes o necesitadas de Arabia Saudita, incluidas Bahrein, Egipto, Yemen, Maldivas, Mauritania y el gobierno instalado en el Oriente de Libia, muy ligado a sauditas y emiratíes, todos los cuales cortaron relaciones.

Según fuentes regionales, otros Estados musulmanes como Marruecos, Túnez, Argelia, Sudán y Somalia rechazaron las propuestas sauditas para romper con Catar y, por el contrario, llamaron al diálogo. Nigeria, el país del África negra con mayor población islámica, ha guardado silencio frente a la crisis.

Incluso, Pakistán, que ya se había opuesto a participar en la coalición contra Yemen, declinó ahora secundar el boicot a Catar, y su primer ministro, Nawaz Sharif, abogó por una rápida solución del conflicto durante una reciente visita a Arabia Saudita.

En opinión de observadores, el esfuerzo saudita en África por acorralar más a Catar sugiere una admisión implícita de que el boicot diplomático y económico ha fracasado en su objetivo de persuadirle de ceder a sus demandas.

Dos semanas después de desatarse la crisis, Doha sigue negando las acusaciones en su contra y desoye las exigencias de sus vecinos para que cese el apoyo a grupos terroristas y extremistas, y frene o aborte lo que tildan de campaña mediática hostil, en particular de Al-Jazeera.

El hipotético reordenamiento regional lo presidirían los sauditas en Oriente Medio y África del norte para asegurarse de silenciar cualquier desafío a la “forma religiosamente disfrazada de monarquía autocrática”.

Antiterrorismo encubre luchas de poder

Así expuso a Prensa Latina el politólogo James M Dorsey su valoración de que en la actual disputa se tocan temas con los cuales el mundo ha lidiado durante años: la definición de qué y quién es un terrorista y cuáles son los límites de soberanía y el derecho de los estados a trazar su propio curso.

Agregó que es una batalla que ha “picado” a esta parte del mundo desde la Segunda Guerra Mundial, pero se aceleró con las revueltas populares de 2011 en países árabes.

“Arabia Saudita y EAU ven a la Hermandad Musulmana y a Hamas como terroristas, mientras Catar no. Para Riad, Irán es una amenaza terrorista tan peligrosa como el Daesh”, recordó Dorsey.

“En cualquier caso, tanto sauditas como cataríes han financiado a musulmanes ultraconservadores y a militantes de grupos afines”, añadió al destacar que esa visión divergente se extrapoló a Irak a raíz del pago de 1 mil millones de dólares de rescate por 26 cazadores de halcones.

De hecho, algunas fuentes apuntan a ese hecho ocurrido en abril de este año como otro posible desencadenante del impasse, pues para lograr la liberación de los halconeros cataríes se aportó de forma poco prolija la abultada suma que se presume tuvo un destino indeseado para Riad.

En medio de cruces de acusaciones de Bagdad y Doha por el procedimiento de traslado y entrega de mil millones de dólares, se afirmó que fueron a parar a manos de la Al-Hashd Al-Shaabi o Movilización Popular, las milicias chiitas aliadas del gobierno irakí y entrenadas por Irán para combatir al Daesh.

Observadores en Beirut coinciden, asimismo, en que Arabia Saudita y EAU concertaron una campaña para revertir los logros de los alzamientos de 2011 cuando se iban de las manos, autoerigiéndose en adalides del anti-extremismo.

Advierten, sin embargo, que el éxito de esa campaña pudo potenciar una línea de “ultra-conservadurismo supremacista sunnita” que defiende formas de gobierno absolutistas y no democráticas, y que además amenaza con perpetuar ambientes que potencialmente posibiliten el radicalismo.

Si bien Riad y Abu Dhabi difieren en su visión del sunnismo ultraconservador, concuerdan en definir al Islam político (léase Irán, Hamas, Hizbulah libanés) como terrorista porque aboga por una visión del mundo o una forma de gobierno alternativas.

Por lo mismo, el resultado de la crisis, no obstante esas discrepancias, afecta al mundo musulmán más allá de Oriente Medio, y una hipotética victoria de Arabia Saudita en su afán de arrodillar a Catar tendría consecuencias.

“El reino consolidaría su defensa de la línea ultraconservadora, sus esfuerzos por imponer globalmente sus valores antidemocráticos que ridiculizan los derechos humanos básicos”, valoró Dorsey a Prensa Latina.

Agregó que también ganaría “la explotación de la autoridad moral que emana de su condición de custodio de las dos principales ciudades santas del Islam: La Meca y Medina, como una fuerza casi indiscutible en el mundo musulmán”.

Pero acota como “ironía” de la cruzada de Arabia Saudita contra Catar el hecho de que “se enfrentan dos monarquías autocráticas que se adhieren a diferentes ramas del wahabismo”, la cosmovisión ultraconservadora sunnita por la cual se rige la familia Al-Saud.

A fin de cuentas, Doha, regido al igual que Riad por un gobernante absoluto que mantiene un férreo control sobre la política y las libertades de expresión y de prensa, es un candidato improbable para la defensa de una mayor apertura y pluralismo, opinó el académico.

Sin embargo, en muchos sentidos los dos países también son el espejo del otro porque consideran aspectos del Islam como cruciales para su seguridad nacional y la supervivencia de sus regímenes.

Catar ve al islam político, tras salir fortalecido de la llamada Primavera Árabe, como el futuro de una “región en transición”, aunque esté sumida en una violencia brutal, guerras civiles, desgastantes disputas geopolíticas y una contrarrevolución liderada por sauditas y emiratíes, apuntó.

Con el antecedente de las tensiones de marzo de 2014, ahora la ruptura hace temer un desmembramiento del CCG o, cuando menos, una reestructuración que ya le obliga a sacrificar integración propia por alianza extrarregional.

“El CCG podría explotar”, auguró el entrevistado al recalcar que Catar representa “un desafío a la ortodoxia, el absolutismo y los intereses de las monarquías del Golfo”, de ahí que no se descarten acciones para propiciar un cambio en la cúpula de la ahora incómoda familia real Al-Thani.

La rivalidad se percibe prolongada y los incipientes esfuerzos mediadores del emir de Kuwait, jeque Sabah Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, difícilmente desembocarán en un reacercamiento, pues tanto para Kuwait como para Arabia Saudita someter o contener a Doha “es una cuestión de supervivencia”.

Analistas tampoco descartan tensiones militares, si ante el cerco regional a Catar, éste irrita a sus exsocios con su cercanía a Irán, país que le surte a diario más de 1 mil 100 toneladas de alimentos desde que empezó el boicot.

Sin embargo, la existencia en Catar de la mayor base militar de Estados Unidos en Oriente Medio con más de 10 mil soldados y la sede del Comando Central norteamericano –clave en la estrategia de Washington contra el Daesh en Siria e Irak– hacen improbable un realineamiento a ciegas junto a Irán.

Además, la reciente venta por Estados Unidos a Catar de aviones de combate F-15 por valor de 12 mil millones de dólares deja claro que las divergencias no serán óbice para mantener la amistad con la Casa Blanca, a pesar de declaraciones ambiguas del presidente Trump parcializándose con Riad.

Repercusiones y expectativas

Expertos advierten como primer resultado de la crisis el fraccionamiento del eje anti-iraní en dos “bloques” rivales y, en consecuencia, un revés para el reino saudita en su infatigable afán por sumar voluntades contra la república islámica persa.

Algunos expertos como el columnista Qasem Ezzeddine sostienen que las repercusiones no se limitan solo a Catar y Turquía, que envió días después de la ruptura hasta tres mil soldados a su base en Catar, y no descartan que el boicot sea “un paso preliminar que pueda llevar a una declaración de guerra”.

Dorsey, entretanto, vio “irónico” que las presuntas maquinaciones emiratíes para frustrar cualquier expresión del Islam político, pudieron haber creado en Ankara el obstáculo potencialmente más grande a la maniobra de Riad y Abu Dhabi para imponer su voluntad a Doha”.

Ankara, que dijo que el envío de sus efectivos “no era necesariamente un acto anti-saudita, pero sí pro-catarí”, ha insinuado que EAU financió el golpe de estado fallido de 2016 contra el presidente Recep Tayyip Erdogan.

Justo Erdogan criticó el aislamiento de Catar como un acto “inhumano y contrario a los valores islámicos” y agregó que los métodos usados por las tres naciones del CCG eran “inaceptables y análogos a la pena de muerte”.

El diario Sabah, cercano al partido gobernante turco Justicia y Desarrollo, y el canciller Mevlut Cavusoglu citaron fuentes que inculpan a EAU de “invertir” tres mil millones de dólares en la fracasada asonada.

Por otra parte, la causa palestina parece destinada nuevamente a caer en el juego de intereses de otros estados árabes, pues el abismo entre Catar, de un lado y Arabia Saudita y EAU, del otro, se traduce en más distancia o por lo menos inmovilismo entre Hamas y Al-Fatah, el partido del presidente Abbas.

Respecto a Siria, son muchos los análisis coincidentes en que la crisis diplomática puso a los opositores a Al-Assad, incluidos los grupos terroristas aupados por potencias regionales e internacionales, cuando menos en una “posición difícil y vulnerable”.

Los gobiernos saudita y catarí apoyaron a los opositores durante las protestas de 2011 y luego a los combatientes cuando empezó la guerra, y ahora continúan respaldando a los que luchan contra Damasco, en su inmensa mayoría musulmanes de confesión sunnita.

“La ruptura actual coloca a los opositores sirios en una posición muy difícil políticamente, ya que nadie quiere tener que tomar partido públicamente ni puede permitirse el lujo de alienar a ninguna de las partes”, opinó el especialista del Centro Carnegie Middle East Yezid Sayigh.

Entretanto, las gestiones diplomáticas continúan, tanto del canciller turco, que viajó a La Meca para hablar con el rey Salman, como del emir de Kuwait o incluso del secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson.

Cavusoglu valoró de “positiva” la reunión con el monarca y observó que “aunque el reino es parte en esta crisis, el rey es parte de su solución”.

Tillerson, a su vez, asumió un rol menos parcializado que el de Trump, y hasta canceló un viaje a México para una reunión de la OEA a fin de trabajar en la solución del contencioso.

Comentaristas citados por Al-Jazeera describieron las acciones del jefe de la diplomacia estadounidense como una clara señal de que es una prioridad y en las próximas semanas, veremos algunos esfuerzos serios para mediar y resolver el conflicto.

A pesar de la retórica beligerante con Doha, muchos creen que Riad no tiene intención de escalar la crisis mucho más allá de los marcos razonables, aunque la crispación es tan inocultable como impredecible.

El ministro catarí de Relaciones Exteriores fue tajante al afirmar que su país “está bajo bloqueo, y no hay negociación” para recomponer los lazos rotos el 5 de junio “hasta que no cese el boicot diplomático y económico”.

“Ellos tienen que levantar el bloqueo para empezar las negociaciones. Hasta ahora, no vimos ningún progreso acerca de la eliminación del bloqueo, que es la precondición para algún avance”, recalcó Al-Thani.

Añadió que al cumplirse los 14 días del estallido del contencioso, las autoridades de Doha aún no han recibido demandas de sus similares saudita, emiratí y bahreiní, pero subrayó que los asuntos internos de Catar “no son negociables, incluido el futuro de Al-Jazeera”.

Por su lado, el ministro de Estado emiratí para Asuntos Exteriores, Anwar Gargash, afirmó que las medidas para aislar a Catar de sus vecinos “pueden durar años”. “Apostamos a tiempo, no queremos escalar en la situación, queremos aislarlo”, apuntó Gargash desde París.

Según el titular emiratí, “Doha está aún un estado de negación y enojo”, y repitió el mismo anuncio del canciller saudita, Adel Al-Jubeir, de que “dentro de pocos días se preparará una lista de agravios cometidos por Catar” y se harán otras propuestas.

Gargash recordó que sugirieron tener “un sistema de monitoreo occidental para las actividades de Catar a fin de garantizar que su comportamiento respecto al terrorismo ha cambiado”.

Igualmente, señaló que Turquía “sigue tratando de mantenerse neutral en la crisis” del Golfo, pero esperan que Ankara “mantenga la sensatez y reconozca que su interés está en apoyar la acción contra Doha”.

De momento, el panorama sigue inalterable: Catar aislado, viejos aliados enemistados, Irán expectante, y Estados Unidos e Israel calculando beneficios de la peor crisis política del mundo árabe en casi 4 décadas.

Ulises Canales/Prensa Latina

[ANÁLISIS INTERNACIONAL]

Contralínea 545 / del 26 de Junio al 02 de Julio de 2017