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La casa real saudita acusa al emir de Catar de apoyar a los movimientos terroristas árabes: Al Qaeda, Estado Islámico, Hamás, los Hermanos Musulmanes egipcios o los rebeldes huthíes de Yemen. Riad anunció la ruptura de relaciones con Doha. Egipto, Emiratos Árabes, Baréin, Yemen y las Islas Maldivas no tardaron en seguir su ejemplo.

Extraño comportamiento éste por parte del reino wahabí, instigador y artífice de la creación de Al Qaeda, socio de los servicios de inteligencia occidentales a la hora de engendrar nuevos monstruos: las agrupaciones rebeldes que han convertido a Siria en el laboratorio de una cruenta y mal llamada guerra civil. “Catar fomenta el terrorismo”, afirman rotundamente los sauditas, recordando que Doha acoge a los cabecillas de agrupaciones políticas y militares extremistas, que figuran en las listas negras de Washington o de Bruselas.

Mutlak a-Qahtani, consejero especial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Doha, encargado de la lucha contra el terrorismo, afirmó que los talibanes afganos que se hallan en el emirato fueron acogidos en 2013 “a petición expresa de Estados Unidos”. Se trataba de crear una oficina de enlace destinada a facilitar la mediación entre los combatientes islámicos, el gobierno de Kabul y la administración estadunidense. La oficina cerró tras el fracaso de las negociaciones. Sin embargo, su personal sigue confinado en Doha.

La preocupación de los sauditas por la amenaza terrorista parece un tanto insólita. Los politólogos prefieren barajar otras hipótesis: un enfrentamiento entre los productores de petróleo y los de gas natural, un conflicto entre los guardianes (sauditas) del islam sunita y los descarrilados adeptos (cataríes) de la corriente chiíta (iraní). La postura independiente de Catar en la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) o su falta de disciplina a la hora de aplicar las decisiones del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), organismo regional controlado por Riad, serían otros argumentos empleados por los analistas occidentales.

El aislamiento de Catar beneficia a dos actores clave de la zona: Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Los sauditas no ven con buenos ojos el acercamiento del emirato a Teherán. De hecho, Catar, Kuwait y Omán han estrechado sus lazos con la República Islámica, principal contrincante de los sauditas en el mundo islámico. El reino wahabí no puede permitirse un enfrentamiento directo con el país de los ayatolás. Sin embargo, puede trasladar el combate a otros escenarios: Yemen, Siria, Irak, Líbano o Palestina. En la mayoría de los casos, la presencia de los cataríes, su ambigüedad a la hora de sellar pactos con uno u otro bando, con varios a la vez, irrita sobremanera a los estrategas de Riad. Pero lo que en realidad exaspera a la monarquía saudita es la cooperación, tanto económica como estratégica, de Doha con el régimen iraní. Recordemos que los dos países controlan y explotan el mayor yacimiento de gas natural del mundo, South Pars. Por si fuera poco, Irán ha firmado un acuerdo de defensa con Catar, que garantiza la integridad territorial del emirato frente a un (hasta ahora) hipotético ataque saudita. Hay quien estima que la drástica decisión de Riad podría acelerar la aproximación de los cataríes al gran Satán chiíta. Un peligro real, que podría generar nuevos desequilibrios regionales.

En el caso de Emiratos Árabes Unidos, el conflicto debe interpretarse en clave… estratégica. Catar alberga la mayor base militar estadunidense de Oriente Medio, ubicada en Al Udeid, cerca de la frontera con Arabia Saudita, y también el cuartel general de la Quinta Flota de Estados Unidos. Hace tiempo que los Emiratos pugnan por las instalaciones militares estadunidenses. Los asesores políticos de Donald Trump parecen propensos a apoyar el proyecto. Cabe preguntarse, pues, si la reciente visita del presidente de Estados Unidos a la región no habrá servido de detonante de la actual crisis.

Las relaciones entre Doha y Washington atravesaron momentos difíciles tras los atentados de 11 de Septiembre y la guerra de Afganistán. En efecto, durante el verano de 2002, cuando el entonces presidente George W Bush le pidió al emir de Catar que moderara la retórica de la cadena de televisión Al Jazeera (controlada por la familia real), éste le recordó amablemente la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos: la libertad de información. Al Jazeera, ¿caja de resonancia de la propaganda de Al Qaeda? ¿Portavoz del depuesto presidente egipcio Mohamed Morsi? ¿Vehículo de los mensajes de las primaveras árabes? La cadena cuenta con muchos seguidores y detractores en las capitales árabes… aunque también en Washington.

Israel, país que mantiene desde hace décadas relaciones económicas y semidiplomáticas con Catar, interpreta el aislamiento del emirato en clave positiva. Para Tel Aviv, la bravuconada de los sauditas pone de manifiesto la reactivación de la presencia político-diplomática estadunidense en Oriente Medio e implica un posible y deseado acercamiento del Estado judío a Arabia Saudita, Egipto y las monarquías del Golfo. Por otra parte, la campaña anticatarí permite que la virulenta retórica antisionista de los Gobiernos árabes quede relegada a un segundo o tercer plano.

Bienvenidos al inestable mundo de… Donald Trump.

Adrián Mac Liman*

*Analista político internacional. Experto en Oriente Medio

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

 

 

Contralínea 545 / del 26 de Junio al 02 de Julio de 2017