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Uno de los incidentes más impactantes de la historia de Pemex ocurrió en Poza Rica, Veracruz, hace 50 años. La explosión, de resonancia nacional, no sólo acabó con negocios y proyectos, también con una de las corrientes sindicales de, entonces, mayor crecimiento: la de los trotskistas. Sin pruebas, culparon a la disidencia sindical de colocar una bomba y con ello desmantelaron al movimiento obrero

Mario A Román del Valle*explosion-600

El domingo 14 de agosto de 1966 parecía ser un día como cualquier otro en la que entonces era conocida como “la capital petrolera de México”: Poza Rica, Veracruz. Al mediodía el sol caía a plomo y el calor sofocante del verano se extendía por toda la región. La rutina se rompió abruptamente alrededor de las 13:45 horas, cuando una explosión sacudió violentamente toda la ciudad.

Los reportes oficiales señalaban que todo se originó con una ruptura en una línea de gas (24 pulgadas de diámetro), de alta presión, que se ubicaba en la principal casa de bombas de la refinería pozarricense. El área en donde se produjo el estallido era, justamente, la zona de donde partían los importantísimos oleoductos y gasoductos que iban hacia Azcapotzalco, Madero, Salamanca y Ciudad Pemex, y que, por lo tanto, constituía una zona de altísimo riesgo (1).

En un trabajo elaborado en 2001, documentamos que, “en opinión de varios trabajadores petroleros, desde muchos años antes, la refinería no había tenido un adecuado programa de mantenimiento y reparación industrial, por lo que muchas de sus instalaciones estaban herrumbrosas y en pésimo estado. El accidente, aseguran veteranos obreros, tarde o temprano iba a ocurrir” (2).

Así, por ejemplo, don Pablo Ramírez Martínez, experimentado operario y jefe del departamento de Servicios Auxiliares, señala que “de hecho, sí hacía falta un mantenimiento general, parando la totalidad de la planta. Hacía falta renovar algunos ductos. Y al hacer eso se tenía que parar la producción. Y por eso no se hizo tal mantenimiento” (3). Y don Teodoro Tapia, hace varios años, nos decía: “Mire, aquí el dinero destinado al mantenimiento se desviaba, y Merino era maestro en eso, y no se reparaban las cosas, no había refacciones; la corrupción, siempre la corrupción, era el motivo de todo ello. De ahí derivó la explosión” (4).

Por su lado, don Sinesio Capitanachi Luna, en su obra clásica Poza Rica, Furbero y Palma Sola, apuntaba lo siguiente:

“En este accidente perdió la vida el trabajador Fortino Yáñez Zaleta, quien en esos momentos, y en compañía de otros trabajadores, salían después de prestar sus servicios extraordinarios, por ser domingo, día de descanso semanal; pero cuando Fortino oyó el escape de gas, este le dijo a sus compañeros que se regresaría a cerrar un macho, y sus compañeros de trabajo le insinuaron que no lo hiciera por el peligro que corría, y trataron de detenerlo, tomándolo de la mochila o maleta. Cosa que no lograron y se les escapó diciendo que si no cerraba ese macho, volaba Poza Rica. En los precisos momentos que él llegaba  al lugar de donde se registró el escape de gas, se originó la explosión, y ya no se supo más de él, hasta el día siguiente, (cuando) encontraron el cadáver en una caseta de cemento, después de tanto buscarlo” (sic) (5).

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Efectivamente, la fuga de gas en las bombas de las compresoras “TK” provocó una fuertísima explosión, a la que continuó inmediatamente después un intenso y extendido incendio que abarcó y destruyó totalmente la casa de bombas, el cabezal de medición de los gasoductos, los enormes tanques de almacenamiento del aceite de absorción, las torres de enfriamiento, la subestación eléctrica, los laboratorios y el cuarto de control, incluyendo el equipo eléctrico y los sistemas de regulación (6).

El fuego afectó también a la planta de refrigeración con propano, dañó seriamente la planta de absorción  y, en menor medida, la planta estabilizadora de crudo, las plantas deshidratadoras de fraccionamiento ligero, la deisobutanizadora, la planta eléctrica y varias oficinas y talleres. Una gran parte de la refinería quedó destruida.

Uno de los trabajadores que vivió muy de cerca aquel suceso, Pablo Ramírez, nos cuenta: “estábamos en la sobremesa de la comida (…), escasamente a unos 10 metros de una calle que va a dar exactamente a donde fue la explosión. Y es que por la nueva entrada de la refinería de Nuevos Proyectos, se pasa luego por la “TZ”, y da uno vuelta rumbo a Compresoras. Y ahí cerca de las Compresoras recuerda que estaba un asta bandera, y después estaba la planta de Absorción. Pues te digo que estábamos güiri güiri, y fue cuando escuchamos un estallido, que hizo que se rajara el ducto. En aquel momento corrimos para ver qué había pasado; corrimos cuatro trabajadores y a los 10 metros nos paramos para ver y entonces vino una gran explosión. Sonó: ¡bum! Se cimbró toda la refinería y de inmediato sentimos un silencio. Sentimos cómo el polvo y el calor de la explosión se nos vinieron encima, sobre nosotros. Lo primero que vimos fue que el techo de los turbos se hizo pedacitos, aunque era de asbesto, y salió volando para todos lados. Comprendimos que los daños eran muy grandes” (7).

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La historiografía sobre Poza Rica señala que, en relación con aquel siniestro de 1966, fue sólo un trabajador petrolero el fallecido (8). Y se asienta que, como ya hemos apuntado, Fortino Yáñez Zaleta, murió intentando, heroicamente, frenar el estallido de aquel gasoducto. Pero, de acuerdo con el testimonio de un veterano petrolero muy respetado por su gremio, don Pablo Ramírez, no fue sólo uno el fallecido en la refinería aquel día de agosto de 1966, sino fueron dos obreros.

Nosotros lo cuestionamos sobre este tema: Don Pablo, oficialmente se habló de un fallecido por el estallido, Fortino Yañez Zaleta. ¿Fue esto real?

?Oficialmente fue uno. Pero realmente fueron dos los fallecidos, el segundo se llamó Marcelino García. A él yo lo conocí, porque jugábamos beisbol. Vivía aquí cerca. Y su viuda vive en la calle Heroica Veracruz, frente al campo Deportivo El Chote. Yo jugaba con él y con su hermano. Él estaba trabajando en esa área. A Fortino lo identificaron por una credencial que traía, pero de Marcelino no quedó nada. Seguramente quedó despedazado por la explosión. Es decir, Marcelino jamás fue encontrado” (9).

En las horas siguientes a la explosión, los bomberos de Poza Rica lucharon denodadamente, y arriesgando considerablemente sus vidas, para controlar el fuego, evitando de esta forma que el desastre fuese mucho mayor, pues –opinan los obreros– , de haber llegado la lumbre al área de las esferas de gas (almacenamiento), y que estaban bastante cerca de la zona crítica del estallido, el costo de vidas y de destrucción hubiera sido enorme (10).

El pavor de una ciudad

La estruendosa explosión y el impresionante incendio generó pánico y una gran tensión entre la población pozarricense. Muchos vidrios y cristales, de casas y comercios, se despedazaron completamente.

 “Se rompieron muchos vidrios”, evoca don Domingo Rangel González, sobre todo en el centro, en la tienda Kattas; en esa tienda desaparecieron todos los vidrios, por esa terrible explosión (11).

Se cuenta que muchos ciudadanos resultaron heridos y cortados. Además de que varios trabajadores presentaron secuelas posteriores de la explosión, como pérdida de la audición, desequilibrios físicos, y la aparición de enfermedades como diabetes y afecciones cardiacas.

Un trabajador petrolero que vivía en la colonia Flores Magón, y descansaba su voluminosa humanidad en su recámara, al momento del estallido salió volando por los aires, pasando por una ventana y cayendo en el patio de su domicilio (12).

Una vecina de este reportero, la señora Toribia Juárez Reyes, nos cuenta sobre el temor que vivieron los pozarricenses aquel día: “[al momento del estruendo] lo que hice fue salirme, y como toda la gente iba corriendo yo también me fui corriendo hasta el centro en busca de mi esposo; en el camino mucha gente gritaba que todo Poza Rica iba a explotar. Y la gran mayoría iba para Papantla. También hubo gente que dijo que la explosión había sido en este pozo de aquí (pozo Poza Rica, número 80). No hallábamos a quién creerle”, dice entre risas (13).

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Por toda la ciudad la gente corría despavorida, tratando de huir y alejarse de la refinería. Se recuerda que muchas personas utilizaban automóviles o bicicletas para alejarse velozmente, mientras que otras corrían presas del terror.

Un trabajador petrolero, ahora jubilado, Oscar Romero Almora, rememora aquel día: “Yo recuerdo perfectamente. Estaba en la acera cuando se vino la explosión. Oí la explosión tan fuerte, que voltee a ver los cables de luz y un árbol de mango que estaba enfrente de mi casa, y se hicieron como si hubiera venido un viento muy violento, los cables se zangolotearon, como si alguien los estuviera jugando, chicoteando. Fue una cosa tremenda. La verdad, me asusté. Corrí hacia la esquina de la Díaz Mirón y vi que la gente corría alejándose del boulevard (Ruiz Cortines). Las personas estaban muy asustadas, muchos lloraban. Corrí rumbo al centro y vi la humareda que salía del Distrito Industrial” (14).

Otro petrolero jubilado, Jesús Hernández Treviño, recuerda el suceso: “Estaba viendo un partido de futbol, recargado en una ventana, en la casa de unos vecinos. De repente se oyó el estruendo grueso: ¡bum! Yo pensé que eran los cilindros de mi casa. Fui a ver los cilindros y nada. Que me subo a la azotea y vi el humo que venía de la refinería. Me bajé de la casa y empecé  a ver que la gente corría por el boulevard Ruíz Cortines. Algunas vecinas tuvieron ataques de pánico. Varios gritaban: ¡Se va acabar Poza Rica! Recuerdo a una señora, Paulita, que salió corriendo con sus hijos (15).

 “Venía mucha gente herida –agrega Romero Almora–,  porque les habían caído vidrios. Una vecina gritaba que Poza Rica se acababa, que corriéramos. Varios me gritaron que no me acercara al centro, que mejor huyera, porque iba a venir una explosión mayor. Por fin, me regresé. Pasó el tiempo y ya más calmado, observé el humo y luego las llamaradas. Y se empezó a correr la voz que había explotado unos gasoductos que estaban cerca de la Toping Plant; y se decía que si el incendio llegaba a las esferas de gas, entonces sí, se iba a acabar Poza Rica. Toda la gente estaba desesperada, corría hacia el  cerro del Abuelo, hacia la Chapultepec. Algunas horas después las cosas se fueron calmando.” (16)

Benjamín López Rendón, cuenta que la cafetería El Petrolero, cuyo propietario entonces era su hermano Luis, sufrió daños, pues las cortinas de acero estaban dobladas y los vidrios se rompieron. Agrega López Rendón: “a mí me llamó mucho la atención que si bien cundió el temor en un primer momento, muy pronto la población se recuperó y todos mostraron su deseo de ayudar, de cooperar en las tareas de sofocar el incendio o de socorrer a los heridos y sus familias. Entonces había una mística de solidaridad con el gremio petrolero y con una empresa que sentíamos de todos los mexicanos; había aquí un nacionalismo y una identidad bien arraigada” (17).

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Las consecuencias

Como es lógico, debido a que Poza Rica era el principal centro productivo petrolero del país, la industria energética nacional resintió fuertemente los efectos de este terrible siniestro. Y aunque el bombeo sólo se detuvo por algunas horas, se habló entonces en la prensa nacional de que las refinerías de Ciudad Madero, Azcapotzalco y Salamanca sufrieron por la escasez de combustible. Y se mencionó también que la producción de crudo hubo de decrecer (18).

En las semanas siguientes a la explosión, se trabajó intensamente para intentar restablecer la normalidad y reanudar el bombeo a las grandes refinerías de entonces. Así, en apenas 48 horas se reanudó el bombeo, y algún tiempo después se fueron restableciendo otros servicios. Pero la verdad es que tuvieron que pasar varios años y gastarse una buena cantidad de millones de pesos, antes de que la refinería pudiera recuperar su plena potencialidad (19).

Petróleos Mexicanos (Pemex) se vio obligada a realizar una fuerte inversión en la zona pozarricense a raíz de estos acontecimientos. De esta manera se construyeron nuevas instalaciones, como 31 compresoras, un nuevo patio de tanques y la casa de bombas, varios gigantescos tanques de almacenamiento, y las novedosas plantas Criogénica y Girbotol (20).

Se ampliaron y modernizaron, pues, varias áreas de la refinería pozarricense y de su infraestructura productiva regional. Este esfuerzo constructivo demuestra plenamente que Poza Rica, para fines de la década de 1960, continuaba siendo una zona de estratégica importancia para la industria petrolera nacional, tanto por su nivel de producción primaria como por sus procesos de refinación y su red de ductos. El municipio seguía siendo un importante polo de desarrollo regional, con una situación privilegiada en cuanto a la generación de empleos (la mayoría de ellos muy bien pagados), y a su viabilidad económica en el sector energético.

La explosión como excusa represiva

Desde sus propios orígenes Poza Rica había sido un centro petrolero caracterizado por tener, durante más de 30 años, un grupo sindical democrático y combativo (21). Frente a ese grupo sindical disidente, el Estado había promovido el uso de la corrupción, la represión y la imposición de caciques para frenar esa opción sindical contestataria, que se veía como peligrosa para el sistema, pues se requería el sometimiento de los trabajadores en tan vital centro productivo.

Para 1956, ya se había instrumentado una violenta represión (que incluyó asesinatos, encarcelamientos, persecuciones y recisiones de contratos laborales), y que tuvo su momento culminante en la llamada “matanza de Los Goyos”, ocurrida el 6 de octubre de 1958 (22).

Pero la rebeldía de un pequeño grupo de izquierdistas pozarricenses no había concluido aún. Un  selecto grupo de ciudadanos, intentaban todavía mantener una disidencia combativa. Encabezados por el brillante doctor Fausto Dávila Solís, habían formado una célula trotskista en la petrolera ciudad. Y se reunían, clandestinamente, una par de veces al mes. Uno de ellos, el entonces juvenil abogado Genaro Jonguitud Lara se había convertido en un asesor jurídico de los sindicalistas petroleros democráticos.

El propio Jonguitud Lara nos cuenta lo que ocurrió en aquel tiempo:

 “Entonces cuando la refinería estalla, ven, como en charola de plata, la oportunidad de meternos en la cárcel. Y más porque yo, 8 días antes, había establecido el suceso: va a estallar la refinería, declaré al reportero Federico Contreras de El Diario, a quien le había denunciado que la refinería estaba a punto de estallar…  Pero por la falta de mantenimiento. Y es que para darle el mantenimiento necesario, la tenían que parar; y no quería eso Reyes Heroles [entonces director de Pemex]” (23).

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 “Querían que siguiera funcionando la refinería, continúa Jonguitud, porque era necesario el bombeo de gasolina a México. Entonces diferían el mantenimiento. Esto yo lo sabía porque vino a buscarme el jefe de línea de bombeo, el Canelo Basañez, el papá de Mario y de Ito, que me dijo: Genarito, tu siempre has sido muy machito, así me lo dijo –dice entre risas–, y yo quiero que hagas una denuncia; él me dio todos los datos técnicos.

 “Yo le dije, y porqué ustedes no lo denuncian. Ya lo hicimos al interior [de la industria], me contestó el Canelo, pero no nos hacen caso; y necesitamos que salga a la opinión pública. (…) Yo acepté, pero le dije: yo lo hago, pero me van a chingar” (24).

Pocos días después, el periódico pozarricense El Diario publicó a primera plana la denuncia mencionada, con un encabezado que destacaba: “Nuevos Proyectos, un polvorín”.  Y a los 8 días se produjo la terrible explosión.

Cuando la oposición se pagaba con la cárcel

El viejo sistema político mexicano, haciendo uso de dos palancas esenciales de su funcionamiento, el autoritarismo y la represión, aprovechó aquella oportunidad para cargarle el muertito de la explosión al pequeño grupo de trotskistas pozarricenses.

La policía política priísta encarceló de inmediato a cuatro pozarricenses: los doctores Fausto Dávila Solís y Tito Armando Domínguez, al periodista Víctor Messeguer Grajales y al propio Genaro Jonguitud Lara, acusándolos del consabido delito de “disolución social”, responsabilizándolos de poner una bomba en la refinería (25).

La acusación, después se comprobó, era absolutamente infundada. Formaba parte de la paranoia diazordazista de la era de la guerra sucia, y anunciadora de lo que vendría en 1968.

Al responsabilizar a los izquierdistas, el sistema mataba dos pájaros de un tiro: encarcelaba a un grupo que consideraba peligroso y subversivo; y por otra parte, eximía de responsabilidad a los directivos de Pemex por tan criminal descuido en el mantenimiento y seguridad industrial en la refinería local.

En aquella coyuntura histórica, la corrupción, el autoritarismo, la represión y el control corporativo, así como los actos heroicos y esforzados de los obreros petroleros, formaron parte de una compleja y contradictoria realidad, y son antecedentes innegables (y aún presentes, en buena medida), de los tiempos que ahora vivimos.

Post scriptum

Los pozarricenses de hoy, de estos tiempos terriblemente complicados que vivimos (con altísimas tasas de desempleo, violencia cruenta e incontenible, con corrupción asfixiante, con una descomposición social agobiante), nos preguntamos, a la luz de aquellos acontecimientos: ¿cómo fue que nuestra ciudad se levantó de la casi destrucción de su refinería? Y la respuesta, probablemente, está en dos factores: por un lado, la determinación y la capacidad de gestión y trabajo, de una clase obrera petrolera, que golpeada y todo por el sistema corporativo, empujó entonces muy fuertemente para reactivar de inmediato los espacios económicos perdidos (plantas petroleras, compresoras, ductos, talleres); y por otro lado, hay que reconocerlo, el Estado mexicano, aún con su perfil autoritario y corrupto, reconocía que era importante preservar y fortalecer la estratégica soberanía energética de la nación. Y por eso, Poza Rica no sólo se reactivaría vertiginosamente en los siguientes meses y años, sino que además vería crecer sus espacios de trabajo y desarrollo económico: se formaría un nuevo Complejo Petroquímico –el Escolín–, y se modernizaría las áreas ya establecidas desde la década de 1930.

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Y, por más de 20 años, como lo refiere la extraordinario novela La cabeza de la hidra, de Carlos Fuentes, Poza Rica sería símbolo, emblema y bastión de las luchas por defender esa soberanía energética que, con todos los peros que se quiera, le dio, en la segunda mitad del siglo XX, a México, autodeterminación económica y política, progreso social y dignidad nacional.

NOTAS

(1) Pemex, La industria petrolera nacional. Una Crónica, 1988, Tomo II.

(2) Mario A Román del Valle, Poza Rica. Monografía histórica y cultural, 2001.

(3) Entrevista de Mario A Román y Edgar Escamilla, al señor Pablo Ramírez Martínez; Poza Rica, Veracruz, 2 de agosto de 2016.

 (4) Entrevista al señor Teodoro Tapia Martínez; Poza Rica, Veracruz, 10 de febrero de 1991.

 (5) Sinesio Capitanachi Luna, Poza Rica, Furbero y Palma Sola.

(6) MA. Román, Op. cit.

 (7) Ibid, nota 3.

 (8) Vid, S. Capitanachi L, Op cit.; y Pemex, Poza Rica. Apuntes para su historia, 1977.

 (9) Ibid, nota 3.

 (10) Ibid, nota 3; y entrevista a los señores Jesús Hernández Treviño y Oscar Romero Almora.

 (11) Entrevista al señor Domingo Rangel González, Poza Rica, Veracruz, 1 de agosto de 2016.

 (12) Entrevista al señor Camilo Hernández, Poza Rica, Veracruz, 24 de junio de 1999.

 (13) Entrevista a la señora Toribia Juárez Reyes, Poza Rica, Veracruz, 1 de agosto de 2016.

(14) Entrevista al señor Oscar Romero Almora, Poza Rica, Veracruz, 3 de agosto 2016.

 (15) Entrevista al señor Jesús Hernández Treviño, Poza Rica, Veracruz, 3 de agosto de 2016.

 (16) Ibid, nota 12.

 (17) Entrevista al señor Benjamín López Rendón, Poza Rica, Veracruz, 3 de agosto de 2016.

 (18) Diarios Excélsior (16, 17 y 20 de agosto de 1966); y El Universal (16 y 17 de agosto de 1966).

 (19) MA Román, Op cit. Vid también Pemex, 1988.

 (20) Ibid.

(21) Ibid, nota 2; vid también Mario A Román del Valle, Sangre y lucha democrática en Poza Rica, 2008.

(22) Ibid.

 (23) Entrevista al licenciado Genaro Jonguitud Lara, Poza Rica, Veracruz, 5 de marzo de 2001.

 (24) Ibid.

(25) Ibid nota 2.

Mario A Román del Valle*

*Historiador; cronista de Poza Rica, Veracruz

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: ENERGÉTICO]

Contralínea 515 / del 21 al 26 de Noviembre 2016

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