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La posibilidad de una confrontación militar directa entre Estados Unidos y la OTAN por un lado, y Rusia, China, Irán y otros países, por el otro, es mayor que en los tiempos de la Guerra Fría del periodo soviético. Regresa la carrera armamentista y se desarrollan más armas nucleares en ambos bandos. Todo porque Estados Unidos no entiende que ya no es posible un mundo unipolar

Alberto Rabilotta y Michel Agnaïeff/Prensa Latinaguerra-fria-600

Montreal, Canadá. En la actualidad, y sin embargo un cuarto de siglo después de la disolución de la Unión Soviética, la Guerra Fría resurge para convertirse en una amenaza creciente para la paz mundial.

La tentativa en curso de utilizar la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para completar el cerco militar de Rusia, y el giro de Estados Unidos hacia la región Asia-Pacífico para preservar su estatus de potencia dominante, particularmente en el mar de China, son percibidas como las fuentes de este resurgimiento de una Guerra Fría que, se pensaba, había desaparecido para siempre.

En realidad nada oculta la voluntad de Washington de provocar un aumento de  las tensiones. Los anuncios casi cotidianos confirman la intención de afirmar la presencia activa de la OTAN en Europa, y particularmente en los países limítrofes de Rusia.

Esto se traduce mediante la creación de nuevas bases militares, en la instalación de sistemas avanzados de radares y de misiles de mediano alcance con capacidad de transportar ojivas nucleares, y en el anunciado estacionamiento de bombarderos estratégicos B52 en las bases europeas de la OTAN.

El telón de fondo de todo este despliegue son las incesantes maniobras militares, entre ellas el ejercicio militar Anaconda-16, que dio lugar al más importante despliegue de fuerzas extrajeras en Polonia desde la Segunda Guerra mundial.

Un ritmo similar se observa en los vuelos de reconocimiento con claras intenciones intrusivas y la ostentadora presencia de navíos y flotas de guerra de Estados Unidos y de sus aliados a lo largo de las aguas territoriales rusas y en el Mediterráneo Oriental.

Estas demostraciones de fuerza inspiradas en la estrategia de empujar al adversario hacia el borde del abismo son presentadas por la cartelizada prensa occidental como la “respuesta legítima” a una amenaza rusa (supuesta y jamás demostrada) contra los países del Báltico y Polonia.

Rusia sería el agresor, y la OTAN la víctima que busca asegurarse cómo defenderse. Lo mismo para el giro de los acontecimientos en Ucrania desde el derrocamiento del gobierno de Yanukóvich, donde absolutamente todo “se debe a una intolerable injerencia de Rusia”.

En el caso de China, la prensa occidental juzga la situación como si la cuestión de la libertad de navegación se limitara al “derecho” de los navíos de guerra estadunidenses de patrullar en las aguas de la zona económica exclusiva de 200 millas marinas del país asiático, o más aún, de “controlar” las aguas del estrecho de Malaca, arteria vital para la economía china.

De esta manera la prensa occidental define hechos y eventos de situaciones que pueden rápidamente convertirse en explosivas en un marco que no deja lugar a análisis más equilibrados. Y de paso relega en el “purgatorio de las teorías del complot” los intentos de tomar una prudente distancia frente a una narración dominante fabricada principalmente por los think tanks  estadunidenses, debidamente amplificada por la concentración de la propiedad de medios de difusión y la cercanía –muchas veces promiscuidad– de las redacciones de esos medios con sus gobiernos respectivos en materia de cobertura internacional.

Sin olvidar la forzada dependencia hacia fuentes de información “reconocidas” y la homogeneidad mental existente de los periodistas empleados por esos medios, convenientemente moldeados por las estrategias de persuasión de las cuales pasarán a ser sus voceros.

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Existen muchas variantes en los puntos de vista sobre las causas de este resurgimiento de la Guerra Fría, y el difundido por los medios masivos suele ser simplificador y moralizante, con el mensaje subyacente de que la fuente de tensiones sería una persistente y sorda lucha entre el mal (el autoritarismo y la corrupción) y el bien (economía de mercado y libertad democrática).

Por otra parte los puntos de vista marginales, con matices o en franca oposición a esta narración dominante, tienden a invocar el “peso dominante” de la historia, de la geografía o de las decisiones políticas tomadas bajo la presión de intereses estrechos y de orden económico o financiero.

Tales factores, es evidente, están en juego en la situación actual. La explicación del retorno de la Guerra Fría no puede empero ser reducida a la constatación, no importa cuán justa sea, de que el aumento de las tensiones sirve muy bien a los intereses del complejo militar-industrial de Estados Unidos, particularmente con la restauración de una “amenaza rusa” mucho más convincente que una “amenaza terrorista”, real pero limitada, para así justificar los enormes presupuestos para  armamentos.

Ni tampoco limitarse a exclusivas consideraciones geoestratégicas inspiradas en mayor o menor medida por las teorizaciones de geopolíticos como Mahan, Mackinder o Spykman.

Una parte de la explicación se encuentra en el “problema” que constituye, frente a la voluntad de supremacía de Estados Unidos, la singularidad de la posición geográfica de Rusia, situada en un centro geográfico de la historia mundial, por la potencia creciente de Alemania en Europa y por la posibilidad de una colaboración germano-rusa orientada hacia Eurasia. El proyecto chino de la Ruta de la Seda no pasa desapercibido en Washington, donde se lo ve como un primer paso concreto hacia la formación de un bloque chino-euroasiático.

Es precisamente este “problema” el que en la década de 1990 llevó a que Zbigniew Brzezinski proclamara que en nombre de la defensa de la preponderancia mundial de Estados Unidos, era necesario por una parte “contener” toda tentativa de Rusia para recuperar su posición de gran potencia, y por la otra avasallar a Europa mediante sus “socios” en el Continente.

De esta manera Estados Unidos buscaba conservar el papel de árbitro supremo en las relaciones de poder en el seno del espacio euroasiático, que estuvo a su disposición por el desmembramiento de la Unión Soviética.

La recuperación de Rusia bajo los gobiernos de Vladimir Putin, la afirmación de la potencia china y el fracaso de las políticas neoconservadoras adoptadas después de los atentados del 11 de septiembre del 2001 hicieron irrealizable la “doctrina” Brzezinski.

Es así que en lugar de intentar controlar el centro del continente euroasiático, Washington prefirió asentar la supremacía de su posición de fuerza en el sistema financiero internacional y en el control de las nuevas tecnologías, apostando principalmente a la conclusión de tratados comerciales y de inversiones a nivel bilateral, en los cuales hace jugar a su favor la asimetría de potencia entre Estados Unidos y sus “socios” para imponer los elementos claves de condicionalidad política.

¿Qué logra Estados Unidos mediante esta estrategia?:

1) Enfrentar dondequiera las tentativas de integración económica regional iniciadas sin su consentimiento.

2) Abrir la vía a “tratados interregionales” juzgados más apropiados para proseguir sus intereses en cuestiones de política económica y de relaciones internacionales. El papel de árbitro supremo en materia de relaciones de poder a través del mundo que se atribuye Washington deviene así indisociable de su voluntad de someter a los países signatarios de esos tratados a los intereses de un sistema económico que bajo la dirección de Estados Unidos está siendo construido a toda marcha en el mundo, y del cual serán los beneficiarios casi exclusivos.

El ejercicio de la hegemonía transitará principalmente por la instauración del neoliberalismo a través del mundo. El imperialismo aplicará a fondo la presión para concluir esos tratados comerciales, de protección de las inversiones y de los derechos de propiedad intelectual, que según el discurso oficial están destinados a asegurar un “buen ámbito” para los negocios en el marco de un proceso de internacionalización de la economía.

Esos tratados servirán sobre todo para consolidar los mecanismos esenciales del orden imperial estadunidense, o sea la primacía del sistema financiero de Estados Unidos, el papel central del dólar en el sistema monetario mundial, la aplicación extraterritorial de las leyes estadunidenses, la reproducción de los estándares de ese país en las reglamentaciones sobre la propiedad intelectual. Asimismo la multiplicación de mecanismos privados para el arreglo de los diferendos comerciales y de inversiones que marginalizan el papel de los gobiernos nacionales en las orientaciones de las economías de los países.

Esta presión imperialista es aplicada a fondo y puede llegar a la desestabilización de los “países recalcitrantes” más débiles, utilizando para ello las conocidas vías del apoyo a la contestación democrática por vía electoral, el lanzamiento de acusaciones de crímenes o corrupción, mediante el apoyo orgánico y financiero de la subversión interna, así como de presiones o sanciones económicas de todo tipo.

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Y además de estos instrumentos, en países juzgados como “difícilmente quebrantables”, como Rusia y China, la estrategia aplicable incluye la contención y  amenazas en sus regiones fronterizas: para el primero la sostenida agitación en el Cáucaso y el derrocamiento del gobierno en Ucrania en 2014, y para el segundo el separatismo en la región autónoma Uigur de Sinkiang y el conflicto territorial en el mar del Sur de China.

En América Latina, tierra de ensayo de las políticas del imperialismo neoliberal, Washington y sus aliados locales han logrado a través su influencia en los “independientes” poderes judiciales y los cartelizados medios de comunicación, derrocar gobiernos (golpes de Estado en Honduras en 2009, en Paraguay en 2012 y juicio político para inhabilitar a la presidenta brasileña Dilma Rouseff en 2016).

Y paralizar a gobiernos que buscaban ampliar la democracia y la justicia social, como Argentina bajo los gobiernos de Cristina Fernández.

Para el politólogo argentino Edgardo Mocca, existe “una profunda interrogante sobre el rol del Poder Judicial en la democracia argentina”, porque se acumulan elementos que inducen a pensar que la corporación judicial se ha convertido en uno de los pilares de la restauración neoliberal, en un plano de igualdad con las cadenas monopólicas de comunicación en un interesante reparto de roles: los medios construyen el mapa de los “buenos” y los “malos” en la política argentina y algunos jueces traducen esa cartografía en fallos judiciales. Esta crítica es compartida por Raúl Zaffaroni, exjuez de la Corte Suprema de Justicia de la Argentina.

De hecho, el hegemonismo estadunidense y el neoliberalismo se refuerzan mutuamente al posibilitar que, una vez eliminada la amenaza de un sistema socioeconómico alternativo, sea restablecido el poder y los ingresos de los monopolios y las grandes empresas, y por lo tanto de las oligarquías de las finanzas y las industrias de los países “desarrollados” –la “triada” constituida por Estados Unidos, Japón y la Unión Europea–, cuya influencia determinante en el seno de los sistemas políticos nacionales crecerá aún más, permitiéndoles así un mayor drenaje de inmensos recursos financieros que les llegarán bajo la forma de “renta”.

El proceso de internacionalización de las economías y de la transnacionalización de las empresas occidentales es crucial para esas oligarquías que se integran sin reservas al neoliberalismo globalizado, y cuyo objetivo principal es por lo tanto preservar a cualquier costo los intereses de sus empresas e intereses personales en la gestión del mercado mundial.

El imperialismo actual ha ido evolucionando hacia una forma más colectiva, en la cual Estados Unidos actúa como defensor de los “intereses comunes” que comparte son sus aliados subalternos, o sea los demás miembros del Grupo de los Siete (G7), que en la práctica ha sido convertido en el “directorio del mundo”.

En esta configuración los aliados subalternos aceptan que deben contentarse con un desigual reparto de las ventajas que podrán ser obtenidas, y sus oligarquías nacionales estiman que “las ventajas procuradas por la gestión del sistema mundializado por Estados Unidos para cuenta del imperialismo colectivo superan sus inconvenientes”.

El sueño (y la pesadilla) del retorno a un mundo unipolar

Adoptando el papel de gendarme mundial de esta mundialización neoliberal, Washington se arroga el derecho de intervenir en el país que considera necesario y en cualquier región del planeta, recurriendo para ello a sus redes de influencia y a sus aliados locales, con la fuerza brutal cuando lo estima necesario.

El balance de las últimas décadas es definitivamente claro, con las diversas tentativas de cambios de régimen, las invasiones de Afganistán, de Irak y de Libia. Es un hecho que en el breve período de unipolaridad que seguirá a la desaparición del “enemigo” soviético y de la “amenaza” comunista, Estados Unidos consideró su hegemonía mundial como un hecho irreversible.

Este punto de vista continúa dominando el pensamiento político estadunidense a pesar de los cambios en la correlación de fuerzas en el terreno económico mundial, así como del evidente fracaso del neoliberalismo en la resolución a largo plazo del problema de los ciclos de realización del capital en las economías reales, una contradicción fundamental que mina desde la década de 1970 a las economías de los países más desarrollados del capitalismo.

A esto se añade la creciente pérdida de credibilidad en las elites dirigentes por parte de las poblaciones, como lo vemos en las sociedades de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países de la “triada”.

Empero, la inflexibilidad sigue figurando en el “orden del día” cuando se trata de proseguir las políticas imperialistas, y esto se explica por dos razones principales. La primera es la rigidez del “nuevo orden legal internacional” que ha sido implantado a lo largo de los diferentes tratados bilaterales y multilaterales sobre el comercio, la protección de las inversiones y el derecho de propiedad intelectual.   Lo anterior, y el haber creado un “santuario” para los intereses financieros a fin de resguardarlos de las decisiones políticas, han subordinado los Estados a este “nuevo derecho” que en la vida social real ha vaciado la democracia liberal y representativa de su contenido, conservando solamente su aspecto formal.

A diferencia del capitalismo de la era industrial, que para sobrevivir y conservar el poder terminaba aceptando negociar con las fuerzas sindicales y políticas algunas reformas laborales y sociales, el actual sistema descarta definitivamente toda transformación o mutación del modelo económico, revelando así su naturaleza profundamente antisocial, tema que comienza a preocupar a destacados economistas y a medios destinados a la cúpula empresarial.

Eso explica que la “retroalimentación” democrática, desde el terreno laboral hasta el social y político, haya sido limitada y va camino de la extinción, y que la preocupación por mantener los dogmas subyacentes del modelo nieguen sistemáticamente la necesidad de respetar la pertinencia social.

Como con las monarquías absolutistas basadas en el “derecho divino”, en este sistema casi no hay espacio a la negociación y a reformas que favorezcan tanto a las economías reales como a las sociedades, y esta política también se refleja tanto en la vida política y social de los países del bloque occidental como en sus relaciones con los países percibidos como “recalcitrantes”.

La segunda fuente de esta rigidez es la homogeneidad mental que reina en el estrato de los cuadros y empleados en las esferas políticas, económicas, mediáticas y académicas. Homogenización que es fruto de la implantación en esas esferas de las ideas neoliberales en el curso de las últimas décadas.

Durante largo tiempo la formación recibida y los criterios de selección jugaron a favor de este tipo de perfil en los candidatos. Esta homogenización mental es actualmente una barrera a cualquier crítica que ponga en tela de juicio los supuestos fundamentales del neoliberalismo y que abra espacio a la exploración de soluciones de recambio que se alejen o contradigan los fundamentos de esa doctrina, y por lo tanto a la flexibilidad en la negociación, tanto en el terreno de las relaciones y de los aspectos sociales, como también en las relaciones internacionales.

Tal inflexibilidad en el contexto de una creciente inestabilidad hegemónica tiene por consecuencia los comportamientos internacionales que vemos en Estados Unidos y sus aliados subalternos, que de más en más contradicen aspectos esenciales de la realidad existente. Esta inflexibilidad se manifiesta en la falta de armonía o de coherencia entre algunas de las partes del sistema mundial de alianzas del imperialismo.

El laxismo de Estados Unidos en la tarea de mantener la disciplina en el campo de sus aliados puede explicarse por una cierta embriaguez nacida de los “vapores” de la unipolaridad, que se disipa rápidamente desde comienzos del 2013.

Pero considerando con realismo la situación, ese laxismo puede también ser explicado por las transformaciones exigidas a partir de la dualidad “totalitarismo neoliberal-hegemonismo estadunidense”, que en sí misma puede ser fuente de contradicciones.

La defensa de la unipolaridad a cualquier precio, las fallas de disciplina en el campo de sus aliados y los temerarios comportamientos que se produjeron en el Cercano Oriente, en África del Norte, en la periferia de Rusia y de China, permitieron crear “un caos bien planificado y muy útil al imperialismo” en las relaciones internacionales y la gestión –de corto plazo y alcance– de las contradicciones políticas, económicas y sociales generadas por el totalitarismo neoliberal.

Esto último puede también ser visto como la creación y la explotación sin fin de tensiones en el mundo para que funcionen como válvulas externas de seguridad, destinadas a bajar las presiones sociales internas.

En cuanto a la lógica propia a la dinámica del imperialismo, el caos en el cual fue sumergido el Oriente Medio es un elocuente testimonio. Las invasiones de Irak y Libia, la desestabilización de Siria, la apertura política hacia los “hermanos musulmanes” en Egipto, y por otra parte el apoyo otorgado a regímenes confesionalistas y retrógrados, como mínimo complicaron y retardaron considerablemente la emergencia de un mundo árabe más estable y desarrollado; o, dicho de otra manera, la construcción de un polo árabe en un mundo que evoluciona hacia la multipolaridad.

Lo que es bien cierto, y más allá de las “ventajas tácticas” y las “victorias pírricas” ganadas  en ese caos, son los enormes riesgos incurridos para la paz regional y mundial. Podemos pensar en el comportamiento del presidente turco Erdogan, mandatario de un país miembro de la OTAN, con su proyecto de reconstituir el Imperio Otomano, su apoyo a los grupos rebeldes y terroristas en Siria mientras reprime de manera brutal y sangrienta a la población kurda dentro del territorio nacional.

O el peligroso polvorín creado por el “cambio de régimen” en Ucrania y la formación de un gobierno dominado por una alianza entre oligarcas que originaron los problemas en ese país con ultranacionalistas y neonazis de origen reciente o antiguo.

¿Y qué decir de la política seguida por la familia real de Arabia Saudita, que se sirve de un movimiento político-religioso, el wahabismo, para desestabilizar sociedades que se consideren mínimamente laicas, que provoca abiertamente conflictos bélicos, como en Siria y Yemen, y se ensaña en aumentar las tensiones con Irán, sin importar que podría así precipitar toda la región en una guerra?

Lo mismo con Israel, país que está profundamente comprometido en la confrontación con Irán y que participa en la desestabilización de la región medio-oriental, y que se paga el lujo de ignorar décadas de condenaciones y críticas por parte de la mayoría de países del mundo por sus odiosas políticas de expansión territorial y de brutal represión del pueblo palestino.

Es por eso que no hay nada de sorprendente en la llamada de atención lanzada recientemente por Ted Galen Carpenter, importante miembro del conservador Instituto Cato y colaborador de la publicación National Interest, quien escribe que ya “es tiempo de podar la sobre-extendida red de alianzas” de  Estados Unidos a través de la OTAN, recordando que esa tarea nunca fue llevada a cabo por la OTAN al final de la Guerra Fría, y que ahora es necesario emprenderla.

Carpenter escribe que hay dos tipos de aliados que califican para ser “podados”: los países del Báltico, que son pequeños, carecen de importancia estratégica en lo económico para estados Unidos y tienen malas relaciones con Rusia, y los “aliados odiosos” por sus políticas domésticas y regionales, desde Arabia Saudita hasta Turquía, pasando por Egipto e Israel.

Pero la “poda” no ha sido hecha y tampoco lo será  en un futuro cercano, sino más bien al contrario, ya que Estados Unidos sigue incorporando o buscando incorporar a más países vecinos o cercanos a Rusia, sin tomar en cuenta las intenciones políticas ocultas o no de esos nuevos aliados.

Y sin considerar que en caso de un grave incidente fronterizo provocado contra Rusia, sin el apoyo explícito de Washington, todo acto de guerra corre el riesgo de transformarse en pocos segundos en una conflagración nuclear, y todo enfrentamiento regional convertirse rápidamente en conflicto mundial.

Para muchos observadores Washington está claramente dando la impresión de que no puede o no quiere imponer a sus aliados la disciplina imperial en el delicado terreno de gestos y acciones que pueden conducir a la guerra.

La disciplina imperial reposa desde hace milenios en el principio de que los aliados y vasallos no tienen intereses más allá de servir al supremo interés del imperio. No importa cuán seductoras sean las distinciones entre las diferentes formas de hegemonía y de imperialismo, ninguna es suficiente para explicar la ruptura de ese principio.

Y a la vista de la reacción muy negativa de Israel y Arabia Saudita en 2011, cuando la Administración Obama abandonó al (entonces) presidente egipcio Hosni Mubarak, es difícil descartar la hipótesis de que efectivamente un mundo unipolar convenía a un buen número de aliados de Estados Unidos, porque les ofrecía el marco para facilitar la realización de sus propias ambiciones regionales.

Esos aliados no tienen pues ningún interés, ni tampoco intención alguna, de abandonar las ventajas que para sus proyectos les proporcionaba la unipolaridad. Por eso continúan actuando temerariamente y en el marco de un escenario perimido, provocando o alimentando peligrosas confrontaciones políticas o militares, porque a algunos de ellos un retorno a la Guerra Fría puede parecerles ventajoso.

En un reciente artículo titulado “Estados Unidos, crecientemente inestable”, el sociólogo Immanuel Wallerstein analiza la inestabilidad, que ya no es un problema exclusivo de los llamados “países del Sur”, y que está propagándose a las esferas de la sociedad y la política en Estados Unidos.

Apunta que paralelamente “en todo este tiempo Estados Unidos ha ido perdiendo su autoridad en el resto del mundo. De hecho ya no es hegemónico. Quienes protestan y sus candidatos han estado notando esto, pero lo consideran reversible, pero no lo es. Estados Unidos es ahora un socio global considerado débil e inseguro. Ésta no es meramente la visión de los Estados que en el pasado se han opuesto con fuerza a las políticas estadounidenses, como Rusia, China, Irán. Esto es también cierto para los aliados presumiblemente cercanos, como Israel, Arabia Saudita, Gran Bretaña y Canadá.

 “A escala mundial, el sentimiento de confiabilidad de Estados Unidos en el ámbito geopolítico se movió de casi ciento por ciento durante la época dorada a algo mucho, mucho menor. Y empeora a diario.”

El severo juicio planteado por Wallerstein parece confirmarse en los hechos, con los virajes y cambios de la política exterior de Turquía después de la extraña tentativa de golpe de Estado el pasado 19 de julio.

Esta degradación no ha pasado desapercibida para un diplomático que conoce la historia, como el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, quien refiriéndose a los “importantes cambios que estamos viendo en la escena internacional”, dijo el pasado 1 de junio que nuevos centros de desarrollo económico e influencia están emergiendo y ganando fuerzas, sobre todo en la región Asia-Pacífico, pero que “también observamos un fenómeno tan extraordinario como la transformación de Europa en una región que irradia no el tradicional bienestar, sino la inestabilidad”.

Esta “irradiación” de inestabilidad a partir de Europa proviene sin duda de los efectos perversos del modelo económico, social y político de la Unión Europea y de la demostrada incapacidad de los actores principales de la Unión  (Alemania y Francia en particular) de oponerse a la política temeraria que emana de Washington.

A lo que se agrega el rechazo a aceptar que la hegemonía neoliberal y la unipolaridad son cosas del pasado, y que nos encontramos en una transición geopolítica que puede llegar a ser el embrión de una multipolaridad, o de un policentrismo, como suelen decir los rusos.

¿Guerra Fría y sicológica para librar la batalla geoeconómica?

La “suspendida” presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, dijo recientemente que la emergencia del grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) fue un evento sin precedentes en los asuntos internacionales, el alcance de una cima desde el punto de vista de los procesos multilaterales y de la construcción de un mundo multipolar, y sin duda en referencia a Estados Unidos y sus aliados, señaló que “sabemos que eso metió miedo en algunos países”.

Si como señala Wallerstein, el imperialismo estadunidense ya no es hegemónico, entonces el combate “a vida o muerte” contra cualquier alternativa socioeconómica al proyecto neoliberal, como lo ve la presidenta Dilma, nos permite entender las “urgencias” por parte de Washington y sus aliados de la OTAN para crear el fantasma de un “enemigo estratégico común”, de una “guerra fría” que permita construir a “marcha forzada” una cohesión política e ideológica del “mundo occidental”.

También las “justificaciones” para la arremetida ideológica, la represión policial, la intervención directa o la injerencia y la subversión política destinada a erradicar cualquier alternativa socioeconómica, sea nacional, regional o internacional, capitalista o no, que responda a legítimas necesidades sociales y económicas de los pueblos.

El cubano Fabián Escalante Font da una buena indicación para entender esta compleja realidad cuando señala que “el concepto de ‘guerra sicológica’ se comenzó a formar en Estados Unidos a finales de la década de 1940, con el inicio de lo que se denominó la Guerra Fría”.

Es precisamente en 1951 que va a figurar por primera vez en el diccionario del Ejército estadunidense bajo la siguiente definición: “La guerra sicológica es el conjunto de acciones emprendidas por parte de una o varias naciones en la propaganda y otros medios de información contra grupos enemigos, neutrales o amigos de la población, para influir en sus concepciones, sentimientos, opiniones y conductas, de manera que apoyen la política y los objetivos de la nación o grupo de naciones a la cual sirve esta guerra sicológica”.

Todo esto es aún más comprensible si lo incorporamos a la concepción que está poniéndose de moda, pero que en realidad es un refrito de lo que ha sido una antigua práctica en Washington, de “hacer la guerra por otros medios”, que es asimismo el título (War by Other Means) de un reciente libro escrito por RD Blackwill y JM Harris, dos importantes exfuncionarios de ideología neoconservadora, y que recibió elogios en una reseña del Council on Foreign Relations (CFR), crisol de políticas imperialistas si hay uno.

Lo primero que el CFR destaca es que los autores “combinan su experiencia en política internacional en Administraciones Republicanas y Demócratas” para pedir que el gobierno de Estados Unidos preste “al comportamiento geoeconómico” el mismo interés que presta a la cooperación sobre seguridad en las relaciones con los aliados y socios.

Y que de la misma manera –por ejemplo– utilice la posición que Estados Unidos tiene como “superpotencia en energéticos” para ayudar a aliados como Polonia y Ucrania, y asegurar que el Tratado Transpacífico y el Tratado Transatlántico “sirvan para balancear las políticas geoeconómicas de China y Rusia”.

Julian Snelder hace una reseña de este libro desde un punto de vista crítico, y destaca algunas citas que valen la pena aunque no digan algo nuevo, como que “la carrera por el liderato se pelea fundamentalmente en términos económicos”, o que “para resolver los problemas exteriores Washington lleva muy rápido la mano a su pistola, en lugar de llevarla a su cartera”.

Blackwill y Harris enfatizan que para ellos no se trata de que Estados Unidos abandone su rol mundial, sino lo opuesto, o sea que “active una estrategia que maximice los intereses estadunidenses a través del comercio, las finanzas y las inversiones”.

Snelder apunta que en ese libro se cita al halcón Edward Luttwak, quien parafrasea a Clausewitz cuando afirma que “la geoeconomía es la continuación de las antiguas rivalidades entre las naciones por medios industriales”, y que los enemigos de Estados Unidos en esta “confrontación geoeconómica son China, Rusia y otros Estados capitalistas en los cuales los gobiernos nacionales son los principales actores en el terreno de los negocios”.

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Añaden que Blackwill y Harris consideran que los bancos de desarrollo de China (Bdch) y de Brasil (BNDES) “pueden llevar adelante una diplomacia con capital en una escala no equivalente en Occidente”.

Ante quienes piden el uso del comercio, las finanzas y las inversiones como armas, afirmando que en ese capítulo Estados Unidos se la pasó “durmiendo una siesta”, Snelder replica que “Cuba e Irán quizás estén en desacuerdo. Las sanciones están entre las herramientas geoeconómicas más poderosas que han sido usadas por Estados Unidos, con efectos devastadores”.

Añade que incluso los autores de War by Other Means señalan que Estados Unidos ha sido el principal país en imponer sanciones, en más de 120 ocasiones a lo largo del siglo pasado”. Y recordando un poco de historia se puede agregar que desde el Tratado de Versailles (1919) la agresión a la Unión Soviética y luego a los países socialistas en general fue fundamentalmente en el terreno económico, comercial y tecnológico, para impedirles a esos países un desarrollo económico armonioso mediante su integración en el comercio internacional.

Esta política continúa, lo que puede llevar a decir que se prosigue la política de las cañoneras del Imperio Británico, pero bajo una forma más sofisticada.

Como antes, el imperialismo capitalista es la cuestión central.

La movilización por la paz se impone como nunca antes. Un número creciente de militantes políticos y sociales de Europa, Estados Unidos y de otros países están concentrando sus esfuerzos en ese sentido. Esos militantes provienen de diferentes  horizontes pero tienen en común el haber tomado consciencia de los desastres pasados y presentes del liberalismo económico desenfrenado.

Saben que ese liberalismo económico, en sus fases del siglo XIX, siempre condujo a conquistas imperialistas y a la rapiña colonial en los países del Sur, y a que en contrapartida en los países del Norte se implantara un sistema rentista y parasitario destructor de las sociedades.

Igualmente saben que ese liberalismo económico fue el origen de conflictos bélicos en Europa y de dos guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1045). Y observando la realidad actual tienen consciencia que este liberalismo económico sólo puede profundizar aún más la ya enorme fractura social, y esto en todos los países del mundo, y llevar ineluctablemente a una forma de feudalismo, de servidumbre, como la descrita en los trabajos del economista Michael Hudson.

Las provocadoras políticas de estados Unidos y la OTAN, y las insensatas políticas de  los dirigentes de ciertos países aliados en Europa y el Oriente Medio pueden fácilmente empujar el mundo al borde de una nueva guerra, esta vez con armas nucleares.

Un testigo de peso de la Guerra Fría, el general (retirado) George Lee Butler, que de 1991 a 1994 fue Comandante de la Fuerza Aérea Estratégica y de su reemplazo, el Comando Estratégico, o sea el primer Comandante del fin de la Unión Soviética y de la Guerra Fría, al menos en teoría, condena en sus memorias las estrategias de confrontación militar en la era nuclear.

Según él “no tienen justificación militar o política”, porque “la  guerra nuclear al por mayor” –del tipo que él y sus colegas preveían, planificaban y simulaban en ejercicios– “habría hecho insustentable la vida, tal como la conocemos”, porque “miles de millones de personas, animales, todo lo viviente, perecerían bajo las peores condiciones agonizantes que pudieran ser imaginadas”.

Hoy día, y por todo esto, el antiimperialismo vuelve a ser la cuestión central en la lucha contra el capitalismo realmente existente y las oligarquías nacionales mundializadas y mundialistas, y eso para luchar por la supervivencia de las sociedades y el equilibrio ecológico del planeta.

Alberto Rabilotta y Michel Agnaïeff/Prensa Latina

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: INTERNACIONAL]

Contralínea 502 / del 22 al 27 de Agosto 2016

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