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En sendas entrevistas concedidas a corresponsales de medios de comunicación internacionales, la expresidenta argentina Cristina Fernández y la presidenta democráticamente electa de Brasil, Dilma Rousseff, dieron cuenta una vez más de su dimensión de estadistas y retrataron, más allá de las delicadas coyunturas que enfrentan, un panorama esclarecedor sobre los desafíos y peligros que enfrenta la democracia en nuestra América. Con un valor adicional: la suya es la voz de dos protagonistas del ascenso y la crisis del ciclo progresista y nacional popular.

Andrés Mora Ramírez/Prensa Latina

andres-mora-501-aLa expresidenta Fernández reconoció que América Latina se adentra ahora en un nuevo tiempo, caracterizado por el avance de la restauración neoliberal y el retroceso de los gobiernos nacional-populares, con repercusiones en todos los órdenes, pero especialmente en términos de la vida democrática, ya que considera que con estos gobiernos “hubo una profunda vida en democracia –en cuanto a libertad de expresión, que se garantizó aún cuando surgieron expresiones que atentaban contra los gobiernos y que muchas veces intentaron ser experiencias destituyentes–, como la que me tocó vivir a mí en 2008 en Argentina o como la que le toca vivir ahora a Dilma Rousseff en Brasil” (Página 12, 24 de julio de 2016).

Para Fernández, esta constricción de la democracia obedece, en buena medida, a la acción concertada de poderes fácticos dentro y fuera de las instituciones y el sistema político formal de nuestros países. “En toda la región se ve muy claramente la aparición de un partido mediático que juzga públicamente, un partido judicial que es como el espejo de ese partido mediático y un sector que interviene con estas dos patas fundamentales. En el caso de Brasil se vio muy claramente la intervención de ese partido judicial.

 “En el país (Agentina) también se está viendo y no sólo ahora: así fue durante toda nuestra gestión, fuertemente intervenida por el partido judicial. La ley de medios, que fue un modelo contra la monopolización mediática, fue suspendida por el partido judicial que también volteó, para defenderse corporativamente, del intento que hicimos de democratizarlo”, explicó.

Por su parte, la presidenta Rousseff, que enfrenta la fase final del proceso de impeachment urdido en su contra –“sin que haya ningún delito que se me pueda imputar”, sostiene–, cuyo desenlace se conocerá en los próximos días, condenó el golpismo de nueva generación que se viene ensayando en América Latina contra los gobiernos que han impulsado cambios sociales, políticos y económicos.

Un golpismo “de consecuencias imprevisibles”,  que amenaza “causar una desestabilización profunda”, y en el que se articula un amplio arco de alianzas entre élites, grupos de poder económico y actores extranjeros que se benefician directa o indirectamente de la desestabilización.

 “En las décadas de 1960 y 1970 era el paradigma del golpe militar, con las oligarquías utilizando a las fuerzas armadas para separar del poder a los gobiernos legítimos. Lo que resulta muy extraño es que este nuevo paradigma golpista procura mantener una apariencia institucional. Estoy hablando de esa modalidad iniciada en Honduras cuando derrocaron al presidente Manuel Zelaya (2009); después Paraguay con la caída de Fernando Lugo (2012) y ahora llegó a Brasil. Sin olvidar los intentos de desestabilización contra Evo Morales y Rafael Correa”, aseguró Roussef (La Jornada, 24 de julio de 2016).

Sólo unos pocos días después de publicadas las entrevistas de estas dos líderes latinoamericanas, otra mujer, Hillary Clinton, fue ungida como candidata a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata, en una convención marcada por una puesta en escena al estilo hollywoodense y el desencanto de quienes ven en la ahora aspirante presidencial el triunfo del continuismo del establishment y la derrota de la revolución política con la que el senador Bernie Sanders devolvió la esperanza de cambio a muchos sectores de la población estadunidense.

Clinton carga sobre sí los cuestionamientos a sus vínculos con el capital financiero y los lobbies de Wall Street, así como las sombras de su desempeño como secretaria de Estado entre 2009 y 2013, y las consecuencias del apoyo que bajo su gestión se dio a diversas organizaciones armadas de mercenarios, que aprovecharon la llamada primavera árabe para apuntalar los intereses de Washington en el Norte de África y en Medio Oriente, y que hoy siembran el caos y el terror por doquier.

Éste no es un tema menor: Julian Assange, fundador de la organización WikiLeaks, anunció recientemente la creación de un archivo con 30 mil correos electrónicos privados de la exfuncionaria que dan “una imagen sólida sobre la forma en que Hillary Clinton desempeña su trabajo cuando está en un cargo oficial, pero, en términos más amplios, sobre cómo opera el Departamento de Estado de Estados Unidos” (democracynow.org, 25 de julio de 2016).

La candidata demócrata tampoco tiene un historial para presumir en sus relaciones con América Latina: su paso por el Departamento de Estado estuvo marcado por la retórica agresiva y una diplomacia que reiteró, una y otra vez, los lugares comunes de la política imperial, sino que además coincidió con el periodo en el que, como lo señala la presidenta Dilma Roussef, se comenzaron a ensayar los golpes de Estado de nuevo patrón contra los gobiernos progresistas y nacional populares.

Qué papel jugó Clinton en la instigación y financiamiento de los procesos destituyentes contra gobiernos legítimos, soberanos y surgidos del voto popular, es algo que todavía está por esclarecerse en todos sus alcances, aunque su connivencia con los golpistas en el caso de Honduras queda fuera de toda duda.

¿Qué puede esperar América Latina de un eventual triunfo de Hillary Clinton? ¿Un reforzamiento de las estrategias golpistas? ¿El apuntalamiento de los partidos judicial y mediático como nueva forma de dominación y de alineamiento con los intereses geopolíticos de Washington?

Acaso la respuesta más certera a estas y otras inquietudes similares es la que dio Atilio Borón al reflexionar sobre cuál contendiente electoral de los Estados Unidos (Hillary Clinton o Donald Trump) era más conveniente para la región:

 “No tenemos nada bueno que esperar de los ocupantes de la Casa Blanca cualquiera sea el color de su piel o su procedencia partidaria”. Sólo luchar, resistir y construir nuestros propios caminos, como lo intentaron Cristina y Dilma, ejemplares mujeres de nuestra América.

Andrés Mora Ramírez/Prensa Latina

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 501 / del 15 al 20 de Agosto 2016

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