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¿Qué somos como mexicanos? Es una pregunta que en diferentes épocas y desde diversos enfoques ha ocupado la mente de varios pensadores, de los cuales algunos han discernido buena parte de sus reflexiones en textos icónicos de lo que es ser uno y los diferentes mexicanos que han habitado y habitan nuestro territorio. Desde don Carlos de Sigüenza y Góngora y su Alboroto y Motín de México de 1692. Texto entre crónica y cuento; en el que retrató a varios de los diversos estratos sociales de la época que se concentraban en la ciudad de México, incluido al que pertenecía él. Ejemplo temprano de la reflexión sobre la diversidad del mexicano, entonces súbdito de la Corona española, donde la característica predominante es la desigualdad y la pobreza en la mayoría de las voces de los grupos rescatados. A través de las cuales Sigüenza empieza a delinear una identidad mexicana.

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Dos siglos más tarde serían los textos de otro grande de la reflexión y las letras los que darían rasgos en una prosa artística a la definición de la cultura mexicana y de qué es ser mexicano. Alfonso Reyes, el erudito de principios del siglo pasado, dejaría para la posteridad La visión de Anáhuac (1915), ensayo sobre la mexicanidad y el mexicano (azteca) antes del contacto con los españoles. Y después nos regalaría otros trabajos como La X en la frente (1952) en el que ahonda en un reflexionar elevado sobre la condición del mexicano a través de los otros y, sobre todo, a través de la mexicanidad del autor viendo lo nuestro desde dentro y desde fuera, vivencial y geográficamente hablando.

El laberinto de la soledad (1950) es quizás el ensayo más conocido del intelectual Octavio Paz; texto en el que plasmó sus reflexiones más profundas sobre la mexicanidad y lo que es ser mexicano en varios y diversos aspectos sociales, generales de la colectividad y particulares en el individuo. Reflexión aguda que tuvo su continuación en Posdata (1970) tras la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968, en cuya nota de presentación dice: “…nos hemos apuñalado entre nosotros…”, como sentencia total del fracaso de la anunciada modernidad; como prolongación de las heridas de su laberinto y como preámbulo a las muchas heridas que nos infringiríamos nosotros mismos después. Y en su pensamiento crítico y abarcador quedaron diferentes esencias de los mexicanos. La mayoría atadas a un pasado violento, de choque, de transgresión de afuera hacia adentro y muchas veces de violaciones internas de un mexicano a otro.

Y muchos otros no tan notorios, no tan intelectuales, no tan cercanos al poder, han escrito sobre lo que es México y sus hijos en diferentes épocas. Pero siempre avasallados por los textos profundos y reflexivos de los intelectuales pretéritos y clásicos. La literatura de novelas, más creativa y menos intelectual que la ensayística mencionada, ha retratado en una infinidad de personajes en múltiples temáticas los diversos tipos del mexicano, y habría que leer todas las novelas para abordar la magnitud y diversidad de los Méxicos existentes y los mexicanos que caben en todos éstos. El Periquillo Sarniento (1816) de José Joaquín Fernández de Lizardi, La vida inútil de Pito Pérez (1938) de José Rubén Romero y Hasta no verte Jesús mío (1969) de Elena Poniatowska. Obras que retratan al mexicano de las clases bajas de otras épocas en forma novelesca. Pero la literatura de una u otra forma es reflejo social. Y en el siglo pasado los tipos juveniles del mexicano tomaron gran relevancia, sobre todo en la segunda mitad: en las voces de los personajes de Gustavo Sainz y José Agustín, y en más protagonistas de Guillermo Fadanelli y Xavier Velasco a principios de este siglo. Pero muchos otros autores han caracterizado a hombres y mujeres de diversos estratos sociales y culturales en sus creaciones. Y esta labor se continúa por supuesto hasta nuestros días. Los mencionados son sólo algunos de los autores que han reflexionado sobre lo que es ser mexicano en sus obras, los primeros que me vinieron a la mente.

El siglo pasado y el presente nos han dado grandes estudios que tratan de decodificar al mexicano para luego reconstruirlo en conclusiones académicas. Un ejemplo, el estudio más reciente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y más abarcador al respecto: Los mexicanos vistos por si mismos; 26 tomos coordinados por diversas autoridades académicas de nuestra máxima casa de estudios. Pero no hay una respuesta concreta, hay muchas como mexicanos hay en las diversas realidades nacionales. Y textos académicos sobran, pero han sido opacados por la falta de lectura y por la prevalescencia de los medios de comunicación; principalmente las televisoras, que a fuerza de repetición han instalado en la mente de muchos lo que somos como mexicanos (lo que ellos dicen que somos), y así a través del tiempo el mexicano ha sido en su propia concepción tergiversada: amable, cariñoso. aguantador, rendidor, chambeador, responsable, solidario en los desastres naturales, en las gestas futboleras… dependiendo del público al que el mensaje vaya dirigido es la concepción que se inyecta. Así, recientemente los spots publicitarios de organizaciones no gubernamentales y de partidos políticos nos hablan de mexicanos comprometidos, orgullosos, trabajadores, cumplidos, honestos y felices. Decorados con las bondades naturales y riquezas de un país, que a fuerza de lo dicho se plantea como pujante; cercano al primer mundo, cálido, cordial, receptivo, fraterno con los demás, con las otras nacionalidades. Justo como nos han dibujado desde hace décadas, y siempre como proyecto de nación nos quedamos en bosquejo. Como en aquella pincelada hipócrita del gobierno, tras el terremoto acaecido en Haití en 2010, que presto anunciaba nuestra solidaridad con la desgracia ajena. El gobierno acogió a más de 300 refugiados por cuestiones humanitarias. ¿México un país que salva víctimas?

México es un país que genera víctimas, las propias por cientos de miles. Desde siempre hemos generado víctimas. Otros textos reflexivos han dado cuenta de ello para otras épocas. Ahí está el tan fresco y actual México Bárbaro (1911) de John Kenneth Turner, quien retrató a principios del siglo XX la podredumbre de la sociedad mexicana; que dio a conocer al mundo al mexicano como victimario y la soledad, la tristeza y el desamparo de las víctimas, entonces sólo mexicanas. Decenas de miles, tal vez cientos. Un texto que caracteriza el racismo del mexicano y que siempre negamos. Un escrito que plasma la brutalidad, la perpetua violencia que nos caracteriza y que antecede a la época del contacto. Que ha sabido instalarse e imponerse generación tras generación y que en los últimos años se ha potenciado.

El mexicano de comercial televisivo es bonachón, hospitalario, trabajador, emprendedor, bailador, dicharachero y un sinfín de adjetivaciones más, mediocres y hasta folklóricas. La imagen que el gobierno repite para sí mismo y para generar una versión del mexicano hacia el extranjero es superflua, falaz, inconsistente con la realidad. El mexicano también es asesino. Ahí están las muertas de Juárez y del Estado de México, los 43 de Ayotzinapa, los masacrados en Tlatlaya y en Aguas Blancas y de muchas masacres más. Apuñalamientos recientes entre nosotros, anunciados desde Tlatelolco. El mexicano también es un traficante de mujeres. Ahí están las redes de prostitución en todo el país y en el centro del mismo. En el corazón del poder político bajo el cobijo del partido perene se mostraron las fauces de Cuauhtémoc Gutiérrez. El mexicano es un psicópata infantil, ahí está Chucky el niño sicario de Morelos. Y también es el mexicano un sicópata maduro como el Pozolero, cuyo trabajo era diluir cadáveres en ácido. Cadáveres producto de otros psicópatas y asesinos, también mexicanos. El mexicano es un político corrupto, maquiavélico, marrullero, manipulador, carnicero, ubicado en los niveles más altos y en toda la estructura del gobierno, el político es el criminal mayor que ha creado a todos los otros.

La sociedad mexicana siempre está de luto por nuestros cientos de miles de víctimas. Somos una nación de muertos, la mayoría pobres. Pero también los hay en otros estratos sociales, menos, pero víctimas al fin de los secuestros por dinero y por motivaciones políticas. También abundan las desapariciones forzadas de aquellos que osaron ir en contra del régimen. La sociedad mexicana obliga a otras sociedades a enlutarse. Ahí están las fosas de San Fernando Tamaulipas con cientos de migrantes, con sus restos sin nombres, personas con un sueño –el americano– interrumpido por la pesadilla mexicana. Ahí están los cadáveres de cientos de despreciados, denigrados y asesinados centroamericanos. Ahí está la bestia, tren de la muerte, que provee de materia prima a polleros, agentes de la migra mexicana, asaltantes, secuestradores, extorsionadores, tratantes, violadores y asesinos, todos mexicanos. Ahí está la materia prima humana centroamericana, cuyo sacrificio a lo largo de la vía férrea es la evidencia en movimiento de nuestra brutalidad, de nuestra barbarie perpetuada, del racismo que negamos y profesamos con el ejemplo. Son la bestia y todas las demás atrocidades las evidencias de que el mexicano –al menos un sector, por que ellos los criminales de toda calaña también son como nosotros mexicanos– no es como nos han dicho, como creímos que era, como creemos que somos, que es mucho más y se guarda en la oscuridad, se mueve tangencialmente, se oculta y es ocultado por el gobierno, es ocultado por nosotros mismos.

La violencia contemporánea del mexicano ha sido ya abordada en la llamada literatura del narco. Balas de plata (2008) de Élmer Mendoza y antes en Contrabando (1991) de Víctor Hugo Rascón Banda. Y gran parte de esa literatura –no la mencionada–, ha sido una reproducción de moda y ha generado a su vez estereotipos poco críticos sobre lo que implica ser un criminal y la afectación para la sociedad. Aunque cabe decir que la violencia que inunda México no es sólo generada por los narcotraficantes. Es mucho más diversa. Una muestra de esa variedad la hizo novela Jorge Volpi en La paz de los sepulcros (1995). Por lo tanto, debido a la exacerbación de la violencia en que vivimos, es fundamental reflexionar sobre el mexicano violento y sanguinario, generador de víctimas mediante ensayos y novelas, encuestas y estudios académicos de toda índole, pues ese mexicano está ahí, en medio de la pobreza, la desigualdad y la injusticia y en otros estratos sociales. Como Antonio Ortuño deja en claro en La fila india (2013), como producto de nuestra nación a la que hemos convertido por acción o indiferencia en un país de víctimas con fauces y garras de tigre.

Roberto Galindo*

*Maestro en ciencias en exploración y geofísica marina, licenciado en arqueología especializado en contextos sumergidos y buzo profesional, licenciado en letras hispánicas, licenciado en diseño gráfico. Actualmente cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 489 / del 23 al 28 de Mayo 2016

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