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Buenos Aires, Argentina. Una de las cualidades más perversas del “linchamiento mediático” radica en su impunidad pública masificada. No hay retorno. Las calumnias, las mentiras, los rumores, los chismes… las pruebas falsas y, en general, todas las agresiones previstas por los códigos civiles y penales cobran virulencias especiales cuando se producen en público, sin fronteras ni mesura posible.

Fernando Buen Abad Domínguez*/Prensa Latina

fernando-abad-488-aNadie puede reparar un daño que hace metástasis fácil en un caldo de cultivo prefabricado, abonado con morbo, impudicia e impunidad sistémicas. Tal como es el capitalismo todo y sus especialistas del linchamiento. Nadie está a salvo.

Algunos creen que la figura jurídica del “linchamiento mediático” es una exageración que no cuenta con sustento legal suficiente. Algunos creen que es imposible sancionar a los linchadores sin rozar, o lesionar, la “libertad de expresión” en alguna de sus variedades liberalistas. No faltan los que rechazan radicalmente el “linchamiento mediático”, con pretextos incluso filológicos, para rechazar íntegramente los cuerpos legales que lo tipifican.

Hay casos a granel, no sólo para demostrar la génesis y las consecuencias de un episodio de “linchamiento mediático”, sino para exigir que se lo estudie y profundice, con deslindes de responsabilidades y sanciones, atándolas siempre a la reparación exhaustiva y pública del daño. Especialmente cuando se lincha a los líderes de movimientos políticos o partidos democráticos. Justicia social, pues.

Hoy es imposible cuantificar y cualificar el daño producido por el “linchamiento mediático” a Fidel Castro, Hugo Chávez, Cristina Fernández, Evo Morales, Rafael Correa… e incluso contra países enteros como Cuba Revolucionaria.

Si CNN, El País de España o The Guardian tuviesen que reparar el daño hecho al prestigio, la obra y las tareas de esos líderes, reparación íntegra en su profundidad y extensión, debido a las falsedades mediáticas, defraudaciones periodísticas, tergiversaciones televisivas hechas con premeditación, alevosía y ventaja (entre  muchas decenas de conductas delincuenciales) no alcanzarían los espacios ni los tiempos para “reparar el daño”.

Junto a las agravantes de la premeditación, la alevosía y la ventaja, el “linchamiento mediático” contiene el agravante, además, de ser delito cometido en público, con difusión masiva y con profundidad y extensión mayormente incalculables. Daña a la víctima en círculos sociales próximos y lejanos. Sin retorno. Un delito cometido en público, y masificado con herramientas cuya capacidad de propagación puede dañar en calidad y en cantidad los valores, los principios y las conductas de las víctimas; funda una pedagogía criminal que tiende a empeorar por la impunidad efectiva que se deriva de la imposibilidad de reparar el daño.

La asociación de los términos “linchamiento” y “medios” sirve para afianzar una categoría delincuencial nueva que no está exenta de antecedentes. La distinción dura producida por la asociación de los términos no descansa en su fuerza “metafórica” ni “literaria” (como pretenden algunos reduccionismos de alquiler), esos conceptos dejan de ser lo que son de manera separada para, unidos, revelar el territorio nefasto de una forma delincuencial propia de la expansión tecnológica, su multipresencia y los intereses subyacentes en usarla para fines aviesos, descalificatorios y criminales.

Las víctimas no tienen defensa efectiva ni suficiente. No sabe con exactitud quiénes ni cuántos conspiraron. No sabe con precisión cuántos medios participan ni hasta dónde se expande el daño. No hay políticas de corto, mediano y largo plazos para resarcir ni sancionar. Tampoco se sabe a cuántos debe sancionarse si se hicieron cómplices de una calumnia, por ejemplo. La víctima queda marcada de por vida. Un ejemplo de “linchamiento mediático” es el propio concepto de “linchamiento mediático”.

Una de las cualidades más perversas del linchamiento mediático es la impunidad pública masificada. Nadie puede reparar el daño de esas agresiones”

No menos terrible es el peso de la premeditación especializada que se fabrica en los laboratorios de guerra psicológica profesionales de la siembra de zozobra, miedo, depresión y descrédito a mansalva contra personas, países, decisiones democráticas o proyectos revolucionarios. Basta con ver la portada del diario español El País con la imagen que atribuyeron al presidente venezolano en un quirófano. Operaciones golpistas. “…planificado, conociendo las posibles consecuencias del acto y abusando de una posición de ventaja”.

Cuando alguien incita, con algún medio de comunicación, a una masa (incuantificable) a juzgar y dar por verdadero un dicho o hecho del que no hubo debido proceso jurídico, e instala, con ese juicio, expresiones o conductas que dañan la reputación, el estado de ánimo o las relaciones sociales de alguien, el delito que comete el linchador originario se replica en todos aquellos que participan y se convierten en cómplices (y en víctimas de engaño también) con grados diversos.

Pero la escala más dañina del “linchamiento mediático”, por su perversión y volumen, no está en sus tufos golpistas y magnicidas, está en su capacidad de infiltrarse como cultura de la descalificación, como hábito de la marginación impune o como tradición inamovible, reservada para los poderosos cuando se les viene en gana satanizar a una persona, a un movimiento político o una revolución social para anular su pensamiento y encadenarlo a un cepo de mentiras, ridiculizaciones y falacias degradantes. Con ayuda de conglomerados mediáticos burgueses. A “voz en cuello” y a los “cuatro vientos”.

Está claro que en una situación de guerra, también mediática, entre clases sociales, el papel y el valor de un cuerpo jurídico es relativo al nivel de las tensiones de clase y que sólo presta utilidad mientas exista alguna tarea democrática que la burguesía deba agotar antes de su desaparición. Eso no impide que se estudie la categoría “linchamiento mediático” y se la use como camino hacia la demostración palmaria de todas las canalladas que el capitalismo es capaz de idear para atacar a la clase trabajadora, no sólo en el campo objetivo de la plusvalía, sino también en el de la “plusvalía ideológica” y la subjetividad. Objetivamente.

No está de más recordar, cuando uno explora territorios de Justicia Social, que la única fuerza capaz de resarcir a los pueblos (contra toda la parafernalia de los miles de “linchamientos mediáticos” perpetrados cotidianamente), es la Revolución Socialista y Científica que han de impulsar los pueblos para los pueblos, sin concesiones reconciliatorias, sin camaleonismo reformista y sin burocratismo bacteriológico. Mientras tanto podrá ser usada en su contra toda herramienta de lucha que permita derrotar (toda o en partes) la ideología (y las prácticas) de la clase dominante. El “linchamiento mediático” debe ser sancionado legal y políticamente de inmediato.

Observen este caso de “linchamiento” del “gobierno” mexicano servil a los intereses oligárquicos y a Televisa. Denunciamos la campaña de linchamiento del gobierno federal contra los maestros disidentes… Los medios, salvo honrosas excepciones, están justificando la represión de manera irresponsable. Es lamentable que conductores de radio, televisión y otros periodistas estén alentado la represión. Yo les diría que se serenen, que se tranquilicen. Los docentes tienen derecho a defenderse, es su legítimo derecho.

Fernando Buen Abad Domínguez*/Prensa Latina

*Académico mexicano residente en Argentina, rector de la Universidad de la Filosofía y especialista en medios

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN ARTÍCULO]

Contralínea 488 / del 16 al 21 de Mayo 2016

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