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Con esta experiencia de represión, aprendí que uno tiene enemigos que ni siquiera conoce.

Y que existen personas que lo odian sin jamás haberles hecho nada

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Igual que Murillo Karam de la Procuraduría General de la República, el C Anaya Gallardo Federico salió por la puerta trasera (o por las alcantarillas) de la Oficina del Abogado General de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Ambos fueron defenestrados después de que inventaron versiones falsas y las quisieron convertir en “verdades históricas”.

A la de a fuerza, Jesús Murillo pretendió que creyéramos que los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron asesinados y cremados en un basurero público, por órdenes del presidente municipal de Iguala; también a fortiori, Anaya intentó que la comunidad uacemita aceptara que él me despidió justificadamente, porque acosé sexualmente a Clemencia Correa y a Carmen Rodríguez. Ninguno de ellos consiguió su objetivo, pues su “verdad” era más falsa que un ornitorrinco volador.

Cuando le llegó la denuncia, el encargado general de la Oficina del Abogado (¿por qué nunca fue definitivo?) declaró de inmediato que protegería a las víctimas. O sea, que dio por hecho que había víctimas, por lo que según él yo era culpable antes de ser enjuiciado. Presuroso, llamó a su jefe Enrique Dussel, quien dio muestras de falta de conciencia ética al agregarse a la condena de su subordinado formal (en los hechos, era él quien se subordinaba a Federico). Una secretaria académica de inmediato me suspendió en el ejercicio de mis tareas académicas y me llamó “perpetrador”. Cuando le recibí el oficio a María del Rayo Ramírez Fierro, anoté: “perpetradora lo será usted”.

Luego montó don Fede un tribunalito, donde él fue ministerio público, defensor de las acusadoras y juez de dos instancias (todo un estuche de monerías). Desde el primer día, se hizo asesorar para la abogada Andrea Medina Rosas, quien le sugirió la formación de un “grupo de expertas” y le dio al menos un nombre: el de María Alejandra Sánchez G. Realmente resultaron expertas, pero en proceso inquisitorial, pues no querían saber la verdad, sino ayudar a quien las contrató y les produjo una importante remuneración (siempre contó el C Anaya Gallardo con recursos sobrados para este caso). Esto dio lugar a la elaboración de una tesis de maestría en Derechos Humanos, de Edgar Sánchez González.

Yo propuse que si se iba a formar una especie de arbitraje, incluyeran entre los jueces al obispo Raúl Vera y a las integrantes de Católicas por el Derecho a Decidir, Consuelo Mejía y Maricarmen Montes. Obviamente no aceptó el C Anaya. Y desechó todas mis pruebas, aunque no era yo quien debía probar la inocencia. Y se deshizo de Serapaz, quien dijo él que acompañaría el proceso.

Después de un largo juicio (más de 11 meses), don Fede dictó su sentencia: culpable porque aun cuando Clemencia y Carmen no aportaron pruebas, el entorno que se había creado en el Posgrado en Derechos Humanos de la UACM impedía el libre ejercicio de los derechos de las mujeres. Y voy para fuera, sin que nunca se precisaran las circunstancias de tiempo, lugar y modo de las imputaciones.

Complicidades diversas

Es impresionante la facilidad con la que se unen algunas personas a la calumnia y la difamación. El moobing es una forma de asedio colectivo, que se asemeja a lo que hacen los pájaros que pican el cerebro de uno de sus semejantes –al que consideran débil y desprotegido– hasta que lo privan de la vida. Gente que había trabajado con el Posgrado en Derechos Humanos, como Francesca Gargallo y Norma Mogrovejo, me acusaron públicamente como acosador sexual y laboral. Sin una brizna de prueba.

Don Fede se fue convirtiendo en el rector de facto de la UACM, usando un confuso discurso seudojurídico que impresionó a los consejeros que lo designaron en la encargaduría general de la Oficina del Abogado, lo hicieron independiente del rector formal y le aprobaron un acuerdo (el 82) que prácticamente lo declaró inamovible (sólo podía ser sustituido si se aprobaban cierta modificaciones al Estatuto General).

No conozco otra institución pública en la que el abogado esté por encima del director (en este caso, el rector).

El grupo carrancista que se apoderó del gobierno de la UACM dio cobertura al C Anaya, que les resultó útil a sus propósitos de control del presupuesto. Es impresionante que en esa casa de estudios haya seis funcionarios de la administración central que le son impuestos al rector por el Consejo. Éste no sólo legisla, sino que coadministra la Universidad.

Con el poder y los recursos económicos, don Fede y los otros carrancistas sumaron complicidades en mi contra. Aparecí en medios externos (Proceso, Milenio y otros electrónicos) como un acosador, junto con personajes como Cuauhtémoc Gutiérrez, desprestigiado dirigente del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la Ciudad de México, y con Ricardo Lavolpe, a quien imputaron haber acosado a una masajista de jugadores de futbol. Fue una de las cientos de publicaciones que atentan contra mi honor y mi prestigio como abogado defensor de causas sociales.

Pero… no hay crimen perfecto

Los carrancistas están perdiendo poder en la UACM. Don Fede se ganó enemigos por todos lados y su estrella comenzó a declinar. Para colmo, no es el genio de la jurisprudencia que los carrancista creyeron. Y pierde todos los asuntos que litiga a nombre de la Universidad. Perdió casi 8 millones de pesos por haber despedido a tres abogados y también pagó cuantiosas indemnizaciones a integrantes de la anterior administración. ¿Si podía perder, para qué alargó absurdamente los litigios?

También hizo crisis su “verdad histórica” en mi caso, por lo que quiere ahora fabricar las pruebas que no tuvo al despedirme. Llamó a dos mujeres para que se agregaran a las imputadores iniciales. Una de ellas, Claudia Zulema Robles, se enojó conmigo porque no atendí su petición de que se quedara con la plaza de Clemencia o la de Carmen. Y la otra, Luz Ortiz, simplemente no quiere trabajar pero sí seguir cobrando con la más alta categoría académica sin tener siquiera licenciatura.

Yo estoy contento porque mi defensora estrella es mi esposa. Adriana Terán se doctoró en Salamanca, España, en derechos humanos, con mención sobresaliente Cum Laude. La envidian todos los mediocres de la UACM.

Sé que no está resuelto el asunto, porque mi experiencia me dice que se gana hasta que se gana. Pero me siento tranquilo porque el tiempo ha demostrado que las imputadoras mienten y que el feminismo rabioso no tiene futuro.

*Doctor en ciencias políticas por la Universidad Nacional Autónoma de México

José Enrique González Ruiz*

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 487 / del o9 al 14 de Mayo 2016

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