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Ahora que  las políticas educativas se han centralizado en la figura del maestro, no son pocas las investigaciones que se han preguntado lo que define a un buen docente. No obstante, las percepciones institucionales o las concepciones formales distan mucho del imaginario colectivo, de la carga simbólica que la sociedad tiene acerca de ellos y que pesa sobre la identidad de los propios mentores.

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El Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE) publicó recientemente un estudio titulado “La evaluación de docentes de Educación Básica. Una revisión de la experiencia internacional”, donde justamente se pregunta ¿qué es ser un buen maestro? Y cuya respuesta explica el abismo que existe entre los profesores que se someten a los mecanismos de la evaluación punitiva  e incluso obtienen buenos resultados y los que por otro lado han hecho de las escuelas verdaderos escenarios para desplegar su vocación.

Para el INEE los buenos maestros están ligados al logro de aprendizajes aceptables y altos en sus alumnos, obviamente medibles mediante instrumentos de evaluación como los que ellos promueven, pero también dominan los contenidos que enseñan, tienen conocimiento de fundamentos pedagógicos y metodologías de planeación, elaboran buenos materiales didácticos, tienen un buen manejo del aula y del grupo, son responsables, colaborativos, puntuales y cumplen con el programa, entre algunas cosas que podemos rescatar.

Sin negar que varios de estos elementos son, efectivamente, relevantes para un buen maestro, también es cierto que define características de docentes funcionales, obedientes, que cumplen su labor en los marcos preestablecidos de la educación y la organización escolar, sin cuestionar ¿para qué? y ¿para quién educan?, que tienen habilidades técnicas mínimas como el uso de tales o cuales métodos didácticos, el uso de instrumentos de evaluación, así como ciertas destrezas para manejar y elaborar sus herramientas de trabajo, se trata de docentes cuyo universo de intervención educativa es el reducido espacio del aula.

Estos docentes funcionales que cumplen, que saben seguir instrucciones y son diestros en el manejo técnico de las herramientas educativas, que no se preguntan lo que enseñan pero dominan los contenidos de aprendizaje,  son el perfil “idóneo” del buen maestro que el Estado busca captar a través de los exámenes nacionales para el ingreso al servicio profesional docente y retener en las evaluaciones para el desempeño.

En este sentido, el buen maestro debe ser un “profesional” de la educación que domina las labores propias de su trabajo. Sus cargas ideológicas, posiciones políticas, identidades culturales y de clase, historias de vida, compromisos sociales, anhelos colectivos, su integridad ética y moral; es decir, todo lo que lo hace humano no encaja en los elementos que definen a un buen profesor o una buena profesora.

 A los empresarios, incluso, les causa molestia que los docentes se piensen como trabajadores de la educación, porque eso los identifica como oprimidos y cercanos al pueblo; ser un “profesional” que oferta sus servicios de forma inocua, desposeído de su mística cultural e histórica, les parece la mejor forma en la que deben comprenderse a sí mismos, la manera correcta en la que la sociedad tiene que concebirlos.

Aunque parezca extraño, deberán dejar de ser maestros, de entenderse como sujetos colectivos, de pensarse como gremio, de asumirse como trabajadores,  para empezar a sentirse individuos que poseen de manera personal capacidades, destrezas y conocimientos que así como al abogado o al contador a él también le permitirán desempeñar una función social dentro del marco de la norma jurídica, pero de forma particular y sin anclajes de organizaciones sociales como el sindicato u otras del carácter popular.

Los docentes que rompen con ese esquema y se niegan a desempeñarse como “profesionales” separados de su identidad social, cultural e histórica, que no son obedientes sino que cuestionan y desafían la injusticia de las normas jurídicas que los rigen y organizan la educación, que debaten sobre los fines del currículo, aquellos que advierten que el proceso educativo implica mirar a la sociedad y al contexto donde habitan, no encajan en los parámetros de idoneidad institucionales y empresariales del “buen maestro”, por el contrario son expulsados por considerárseles malos profesores.

Esta es la condición que caracteriza a las y los maestros cesados por no ir a la  evaluación para la permanencia; sin embargo, la reacción que brotó desde el seno de las comunidades escolares, cuestionó la  validez  de los mecanismos y parámetros de idoneidad con los que de manera oficial se determinan a los “buenos maestros”.

Fueron los padres de familia y los alumnos; es decir, los que directamente tienen el pulso sobre la pertinencia y la relevancia de los procesos educativos, quienes respaldaron que sus profesores injustamente despedidos, son buenos maestros; no porque obtuvieron altos porcentajes contestando exámenes, sino porque demostraron un alto compromiso con la educación y sus escuelas, al margen de cualquier burocracia pedagógica, pero más cercanos a sus expectativas y necesidades humanas.

Estos “malos” maestros que fueron excluidos del sistema educativo público,  lograron establecer una conexión cognitiva, emocional y social tan estrecha   con sus alumnos y los padres familia, que no sólo es envidiable, sino que es además deseable para cualquier profesor en el mundo que pretenda crear ambientes de aprendizaje trascendentes y significativos para una comunidad escolar.

Los “malos maestros”, además de conocimientos contenidos en libros, planes y programas de estudio, enseñaron otras cosas que no se memorizan ni se informan. El humanismo y la solidaridad se aprenden con el ejemplo, no se escriben en ningún formato de planeación curricular, se llevan a cabo en el mundo de las relaciones sociales y conforman una educación de calidez humana para la cual no hay parámetros de medición en las evaluaciones del INEE.

Los “malos maestros” sembraron entre sus alumnos la subversiva idea de que la escuela no es la infraestructura física, los aprendizajes se generan también fuera del salón y del edificio escolar, desde las banquetas aprendieron que la dignidad se alcanza en la medida en que  la ética se vuelve costumbre en cada uno de nuestros actos, toda vez que se defiende lo bueno y lo mejor del mundo, que se combaten las injusticias y se exige el derecho humano a la educación, respetando el derecho  humano al trabajo.

Felizmente los padres de familia y los alumnos de los “malos maestros” enviaron un mensaje que debemos tomar muy en serio: los verdaderos educadores no se encierran en cuatro paredes, ni se ensimisman haciendo cursos frente a una computadora, tampoco son los que demuestran resultados en papeles y hojas digitales sin la coherencia que exige la relación entre  lo que son como personas y lo que enseñan.

Por esta razón, este 15 de mayo debiéramos honrar a los “malos maestros”, que aferrándose a ser educadores han sido levantados por la policía en Sonora; imparten clases en las banquetas del Cancún olvidado por el turismo o en medio de la violencia soslayada de la Ciudad de México; que estando despedidos y sin salario acampan en la “Plaza  Liberación” de Guadalajara para exigir su reinstalación, irónicamente,  frente a la “Feria del empleo”; a los que hoy duermen en las cárceles por el delito de luchar por la educación pública y a los que no duermen, pero sí sueñan con otro mundo posible.

Lev Moujahid Velázquez Barriga*

*Doctor en Pedagogía Crítica y Educación Popular, miembro de la CNTE en Michoacán, e-mail levmx@yahoo.com.mx

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