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En cada semáforo instalado en las avenidas de las principales ciudades del país, se ubica un escaparate donde asoma el rostro del creciente desempleo y la marginación que agobia a millones de mexicanos; día a día se multiplica el número de mujeres, hombres y niños que engañan al hambre echando fuego, limpiando parabrisas, vendiendo chicles, baratijas o haciendo malabares, a cambio de obtener una moneda en los cruceros.

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Ante tan lacerante realidad, parecen haberse extinguido los motivos para festejar en México el Día del Trabajo, pues precisamente lo que nos faltan son fuentes de empleo, estables y bien remuneradas que deberían generarse con la aprobación de la Reforma Laboral.

La creciente informalidad en la que apenas subsisten 30.2 millones de mexicanos de los 52 millones que conforman la población económicamente activa (PEA), la pérdida del poder adquisitivo y de los derechos laborales son poderosos motivos para hacer un punto de comparación entre los orígenes que motivaron el inicio de las luchas de la clase trabajadora hace 130 años y el replanteamiento de los movimientos sociales que hoy deben renacer para tratar de cambiar un modelo económico neoliberal que ahora no sólo busca dejar sin seguridad social a las nuevas generaciones sino que está poniendo en peligro los fondos del retiro de millones de jubilados con la imposición del sistema de cuentas individuales manejado a capricho de los banqueros, a través de las Afores.

El retroceso de las condiciones que prevalecen en el mercado laboral parecen conducir a la clase trabajadora de hoy a los finales del siglo XIX cuando las jornadas eran de 18 horas, los salarios raquíticos y las prestaciones sociales inexistentes; esas etapas que parecieran ya superadas pero que ahora retornan bajo el esquema de la globalización liberal donde se criminaliza la protesta social y se encarcela a quienes pelean por sus derechos conquistados, como es el caso de los profesores del magisterio democrático.

La reciente explosión registrada en la planta de Clorados III de Pajaritos, puso al descubierto los claroscuros de la Reforma Laboral que legalizó la tercerización a través de las outsourcings. Luego de los trágicos saldos donde murieron más de 30 trabajadores y veinte más resultaron gravemente heridos, la empresa Mexichem asociada con Pemex y responsable de operar las instalaciones, ha buscado deslindarse de su responsabilidad como “patrón solidario” para asumir el pago de las indemnizaciones, bajo el argumento de que el personal que laboraba al momento del siniestro formaba parte de las empresas contratistas Welding, ICA Fluor y Gamza. Este sistema de tercerización ha permitido desplazar a los sindicalizados y ahorrar costos a Mexichem pues como ha trascendido, además de estar sujetos a contratos temporales, con bajos salarios y sin prestaciones, los trabajadores eran enviados a laborar sin dotarlos de la capacitación ni el equipo necesario para realizar una función que requiere de personal especializado.

Valga citar por ello, en el contexto del Primero de Mayo, el sacrificio que pagaron con sus vidas los pioneros de las luchas sindicales como Adolf Fischer, George Engel, Albert Pearson, August Vicente Spies y Louis Lingg, los “Mártires de Chicago”. Hace 130 años, estos hombres convocaron el primero de mayo de 1886 a una huelga a la que se sumaron organizaciones sindicales de los Estados Unidos, exigiendo entre sus demandas básicas la jornada de ocho horas, pues entonces las leyes laborales sólo sancionaban las jornadas mayores “a las 18 horas de trabajo”.

Estos históricos personajes fueron sentenciados a la horca en la ciudad de Chicago por el sólo delito de haber exigido un trato más humano y justo a los obreros, participando el 4 de mayo de ése año en un mitin en la plaza de Haymarket y que congregó a 20 mil trabajadores y sus familias. En su memoria es que se festeja mundialmente el Día de Trabajo.

Años más tarde, México, también pagaría su cuota de sangre para mejorar las condiciones laborales de miles de obreros que durante el porfiriato sufrían una brutal explotación a manos de empresarios nacionales y extranjeros. Manuel M Diéguez, Esteban Baca Calderón y Juan José Ríos, fueron algunos de los valientes líderes del movimiento de Cananea, Sonora, que encabezaron, el primero de junio de 1906, a 2 mil mineros mexicanos que exigían al empresario estadunidense, William C Greene, propietario de la Cananea Consolidated Copper Company (CCCC), acabar con las condiciones infrahumanas de trabajo y salarios de hambre.

Como lo registraron los anales de la historia, el gobierno de Porfirio Díaz, lejos de tutelar los derechos de los trabajadores mexicanos, consintió que mientras se manifestaban portando la bandera nacional, rangers estadunidenses junto con sus guardias rurales abrieran fuego a mansalva reprimiendo brutalmente el movimiento. El saldo: 23 muertos, 22 heridos y más de 50 detenidos. Los tres principales líderes fueron enviados a San Juan de Ulúa, la cárcel destinada por Díaz para los luchadores sociales. Ni Greene ni los responsables de la masacre sufrieron castigo. Ahora el responsable de la muerte de 65 mineros en Pasta de Conchos, Germán Larrea, también goza de impunidad.

Pero la ignominia porfirista no paró en Cananea pues meses después, el 7 de enero de 1907, 2 mil trabajadores de la rama textil de Río Blanco, Veracruz, que se negaban a levantar su huelga iniciada un mes antes, fueron recibidos con la metralla de los soldados del 13 Batallón, que tenía instrucciones, desde la ciudad de México, del gobierno de Díaz, de tirar a matar no importando que en los contingentes hubiera mujeres y niños.

Y si en Cananea su suelo se tiño de rojo, en Río Blanco la represión hizo correr ríos de sangre. Tal vez la más ruin y cobarde del gobierno de Díaz: se calcula que entre 400 y 800 obreros fueron arteramente asesinados, y más de 240 obreros fueron enviados a prisión. Actos de tal bajeza encendieron el encono social y dieron origen al movimiento armado de 1910, en cuya etapa se registraron trascendentes sucesos como la huelga de los trabajadores electricistas del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), encabezada en 1916 por su entonces secretario general Ernesto Velasco, injustamente encarcelado por el gobierno de Venustiano Carranza. Todas estas luchas se verían plasmadas en el Artículo 123 de la Constitución de 1917, al establecerse conquistas como el derecho a huelga, la jornada de 8 horas, a la seguridad social y a una pensión justa, ahora violentadas por la Reforma Laboral.

Hoy, ante la pérdida de derechos y conquistas laborales y el creciente número de atropellos contra mineros, maestros, jornaleros agrícolas y trabajadores electricistas del SME, es que la clase trabajadora debe plantearse como tarea inmediata el reivindicar las luchas que en el pasado plasmaron en las leyes su derecho a un mejor nivel de vida.

En la conmemoración de este Día Internacional del Trabajo, es importante citar el movimiento social que ya encabezan en aras de cambiar el modelo neoliberal que ha llevado a la ruina al país, organizaciones como la Nueva Central de Trabajadores (NCT), la Confederación de Jubilados y Pensionados, la Organización Política del Pueblo y de los Trabajadores (OPT), el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), y la Asamblea Nacional de Usuarios de la Energía Eléctrica (ANUEE), entre otras. Las luchas de ayer deben ser ejemplo e inspiración para detener la cadena de atropellos que se están perpetrando en contra de la clase trabajadora.

Martín Esparza*

*Secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 487 / del o9 al 14 de Mayo 2016

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