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Las elecciones por los 12 gobiernos estatales (y sus respectivas presidencias municipales) son la introducción a la competencia-disputa por la desprestigiada Presidencia de la (vulnerada) República, por los embates antilaicos y el vendaval del neoliberalismo económico que todo lo quiere privatizar, incluso la misma presidencia; y hasta estadunizar con el “independiente” Jorge Castañeda. Para nuestra desacreditada democracia representativa, tenemos la decisión electoral que los partidos, con las bolsas repletas de billetes (pues se llevan buena tajada del botín de los ingresos), querrán no resolver en las urnas con electores cooptados en la corrupción por la compra de sus votos.

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La elección de 2018 puede ser un parteaguas si los ciudadanos agobiados por los problemas sociales, sobre todo del desempleo y el empobrecimiento, mayoritariamente resuelven escoger entre un político o un populista (afortunadamente no tenemos un desquiciado mental, loco como los estadunidenses con Trump). Se postularán los favoritos del peñismo (¿Videgaray, Osorio, Nuño, Meade?). Y con ellos uno que otro desgobernador, encabezados por el fascista Moreno Valle, la vedette Velasco, el represor Eruviel Ávila o tal vez el Trump veracruzano: Duarte, cargando sus cientos de homicidios. Sobran partidos pero faltan verdaderos candidatos. Con la lámpara de Diógenes podemos encontrar un político; que el populista lo tenemos ante nuestra nariz y tiene alarmados a los peñistas, porque estos y sus equivocaciones, el desastre económico y los explosivos problemas sociales, lo han convertido en protagonista de una posible “a la tercera va la vencida”.

El caso es que nuestro vetusto presidencialismo llevado casi a su fin con el santo y seña del priísmo por Peña y Compañía, SA de CV, necesita, sin más plazo que 2018, un sacudimiento político o populista. No hay otra alternativa. La única carta del Partido Revolucionario Institucional (PRI) es su actual presidente. Y la última si tras el 2018 quiere tener un funeral, o renovarse para morir ejerciendo su ultimo sexenio y cerrar el ciclo: 1946-2024, para que el presidencialismo que nació con Calles y Cárdenas clausure el tríptico: PNR (Partido Nacional Revolucionario), PRM (Partido de la Revolución Mexicana), PRI. Y es que de Ávila Camacho a Peña Nieto, el presidencialismo a la mexicana se atoró en el autoritarismo que lleva visos de caer en la tentación golpista, si el peñismo sigue empeñado en usar las armas policiacas y militares en la represión social, antes que hacer de la crisis general una oportunidad (del griego crisis: examinar, decidir) para resolverla con más empleo, mejores salarios, más gasto e inversiones, etcétera.

Lo cierto es que el presidencialismo priísta-panista (nueve expresidentes priístas y dos panistas) está en una encrucijada: decidir entre un político o un populista para sacudirse el burocratismo en el que ha caído favorable al capitalismo más devastador del neoliberalismo económico, cuando lo necesario es un capitalismo neokeynesiano centrado en crear empleo y demanda de consumo para las necesidades básicas, que corten de tajo únicamente sobrevivir para morir de hambre y pobreza. Se necesita entonces, un político que aspire a ser estadista, para superar al presidencialismo atascado sólo en “saber quién manda”. En las filas del peñismo y sus cartas no hay un político. Y la nación ya no puede ni debe ni quiere seguir transitando en la nave del Estado con marinos de buen tiempo y piratas a bordo, mientras más de 100 millones, de los 120 millones que somos, siguen reamado con 55 millones de pobres y 40 millones en la informalidad.

El actual presidencialismo ya llegó a su fin. Necesita renovarse… o morir. Un político o un populista. Y es que la crisis general está compuesta de una crisis política, una crisis económica y una crisis social (¿incluimos las crisis cultural,  educativa, democrática, republicana?). Un sacudimiento para resolver problemas y quitarle al presidencialismo la decadencia que lo imposibilita, y sólo descansa en el poder de las armas para paliar la inseguridad; pero sin las armas de la política para implantar decisiones en el contexto de los derechos humanos, y solucionando problemas colectivos e individuales de la sociedad civil mexicana. Un populista también busca respuestas a esa problemática.

Como nunca antes y acumulándose, crisis tras crisis, es que la nación, como Estado, sociedad y gobierno se encuentra en la antesala de una explosión social, si el presidencialismo cae en manos tecnocráticas (o del poder por el poder que buscan los “independientes”), en lugar de un político capaz de enderezar la nave estatal que zozobra. De lo contrario un populista ofrecerá la salida que, de todas formas sacudiría al presidencialismo, sin la menor duda necesitado de un sacudimiento. Esto para que ese cargo central en el sistema ponga en crisis al régimen. Una crisis que exige decisiones y examinar los graves problemas que aquejan al pueblo, y que requiere en primera instancia, un político, o las condiciones electorales facilitarán el ascenso del populista. O la respuesta a Peña que con sus facultades cancela derechos y garantías, será la que le dieron a Luis XVI: “no es una revuelta, sino una revolución”, la alternativa entre cambio pacífico por un político o cambio con convulsiones sociales con un populista.

Álvaro Cepeda Neri

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: CONTRAPODER]

Contralínea 485 / del 25 al 30 de Abril, 2016

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