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En 1974, justo a la mitad del sexenio de Luis Echeverría, Daniel Cosío Villegas publicó El estilo personal de gobernar donde apareció una hipótesis que hoy, a más de 40 años, parece vigente: “… puesto que el presidente de México tiene un poder inmenso, es inevitable que lo ejerza personal y no institucionalmente o sea que resulta fatal que la Persona del Presidente le dé a su gobierno un sello particular, hasta inconfundible” (sic). El autor señaló al entonces presidente Luis Echeverría de padecer una propensión a hablar: “una necesidad fisiológica cuya satisfacción periódica resulta inaplazable”, que propiciaba el monólogo presidencial. El presidente sólo se escuchaba a sí mismo.

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Sin embargo aunque pasadas las décadas y el entonces poder presidencial ha sufrido erosión, el Poder Ejecutivo aún tiene prerrogativas que le permiten hacer un uso discrecional del poder. ¿Cómo podríamos caracterizar al Ejecutivo mexicano en este 2016? ¿Cuál sería el estilo personal de gobernar en este sexenio?

La opacidad ha sido un lastre ancestral que la política mexicana arrastra tanto en sus mecanismos políticos y en el manejo de sus recursos económicos. La famosa casa blanca y la salida de la radio de Carmen Aristegui tienen un vínculo que evidencia los métodos que el presidencialismo mexicano ha utilizado para neutralizar plumas y voces que no desean conformarse con las dádivas que los boletines hechos a modo proporcionan. Esa opacidad que en las sombras permite componendas y elimina piezas indeseables la utilizó Luis Echeverría contra el Excélsior de Julio Scherer en 1976.

Para los periodistas que no tienen una cobertura mediática el peligro al que se exponen es alarmante, de acuerdo con el informe MIEDO (Medios, impunidad, Estado, democracia, opacidad) realizado por Artículo 19. Ello porque en 2015 se registraron 397 agresiones y el asesinato de siete periodistas. Casos documentables, es decir, que fueron denunciados ante la autoridad o bien fueron divulgados por otros medios, por lo que podrían ser aún más. El mismo informe menciona que las agresiones provienen de servidores públicos. La Ciudad de México y Veracruz son las entidades con mayor incidencia. Y en lo que va del sexenio del ávido lector Enrique Peña Nieto, está tendencia lamentablemente aumentará.

Por otro lado la corona que institucionaliza los mecanismos de represión es la infame y ambigua Ley Atenco, que faculta a los cuerpos policiacos a disolver, mediante la fuerza pública, protestas o asambleas que consideren ilegales o que pongan en riesgo la integridad de terceros y permite el uso de armas letales contra aquellos que pongan en riesgo, según decida la autoridad en cuestión, la vida de alguna persona. Atribuciones que, si dicha legislación entra en vigencia plena, se ejercerán opaca y discrecionalmente. Y si bien dicha legislación no fue enviada por el Ejecutivo, ésta es fruto de su partido y nació en el Estado de México producto de una dinámica con las características que se han mencionado.

¿Será que la siguiente afirmación que hizo Cosío Villegas es aún vigente?: “Como en México no funciona la opinión pública, ni los partidos políticos, ni el parlamento, ni los sindicatos, ni la prensa, ni la radio ni la televisión, un presidente de la República puede obrar, y obra, tranquilamente de un modo muy personal y caprichoso”.

Guardando tiempos y distancias, así va el actual sexenio, cuyo presidente será recordado como un “ávido lector” y también por su estilo personal de reprimir el periodismo y la protesta social.

Ángel Escamilla*

*Historiador por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 484 / del 18 al 23 de Abril, 2016

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