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I. Me ha llevado tiempo, si vale la metáfora, zambullirme en las aguas agitadas de la prosa de Joseph Roth (1894-1939), con la que escribió cientos de cartas donde se presenta tal cual fue, y por lo que me parece que en ellas está su autobiografía. Se han publicado dos volúmenes. Uno con la correspondencia que mantuvo con Stefan Zweig, desde 1927 hasta 1 año antes de morir en 1938; traducida del alemán por Joan Fontcuberta y Eduardo Gil Bera, edición de Madeleine Rietra y Rainer Joachim, con epílogo de Heinz Lunzer. El otro con cartas a editores, amigos y a otros destinatarios de 1911 a 1939, también traducido por Eduardo Gil Bera, con notas de Hermann Kesten. Escribe Hermann Kesten, en su prefacio: “Del mismo que no hacía distinción alguna entre sus escritos literarios y sus reportajes, entre el periodista… y el escritor… tampoco apartaba la literatura en sus cartas… Era uno de los más aplicados escritores de cartas que he conocido”. En ellas, Roth es conmovedor, sarcástico, hiriente. Se burla de sí mismo. Muestra sus errores, su alcoholismo sin el cual no podía escribir. Sin estos libros se trunca la lectura de sus novelas: Crónicas berlinesas, Job, Confesión de un asesino, Fuga sin fin, La Marcha Radetzky, El espejo ciego; su primera novela: La tela de araña, El anticristo, La filial del infierno en la tierra, etcétera.

exlibris-300II. Le sacó la vuelta al nazismo, a Hitler, al maldito de Goebbels. Esas cartas son la crónica de quien fue corresponsal y reportero de periódicos europeos y estadunidenses… “El periódico moderno necesita más al reportero que al articulista de fondo”. Viajando a Viena, Berlín, París o Moscú, vivía de hotel en hotel, desde donde enviaba sus manuscritos de reportero, o novelas que se publicaban por entregas. Su obra estremece; inspira compasión por la naturaleza humana de los perseguidos, las víctimas y los que sufren. Escribía día y noche, sobrio o ebrio. Con la cruz a cuestas de su esposa enferma hasta que la internó en un sanatorio de enfermedades mentales. Siempre le faltó el dinero, pero nunca dejó de escribir. “Me embarcaré e iré a México… un día, no muy lejano”. Sus cartas giran en torno al principio de que: “sólo con franqueza es posible para mí la amistad”. Leerlas es una revolución de sentimientos, una sacudida al pensamiento y un levantamiento a la voluntad. “¡La vida es muchísimo más bella que la literatura!”.

III. Nada estremecía más a Roth que el amor… el amor a la mujer, al enamoramiento. Y sostenía que el periodismo, para ser veraz, postulaba: “Como suelo informar sobre hechos”, se guardaba de “expresar mi opinión”. Sus cartas pueden ser una novela, una crónica, un reportaje o una entrevista. Y sufrió cuando supo que el nazismo ordenó quemar sus libros. “¡Al diablo con la cruz gamada!”. Con una asombrosa capacidad creadora escribía en la mesa de un café o en un cuarto de hotel. “Roth era una de las personas más elocuentes que he conocido: hablador como Sócrates, rebosante de anécdotas y chistes como un viejo judío, y lleno de curiosidad por los demás”. Le escribe a un amigo: “Pero usted es un hijo de la razón, como yo”. Roth era un solista no “un cantor de coro”. Austriaco, francés, ruso, alemán, inglés… Joseph Roth fue un pensador-escritor universal. Leerlo como novelista y periodista es emocionante, asombroso. Su obra La leyenda del santo bebedor, es el último capítulo de sus cartas que son su vida y su obra La leyenda del santo bebedor es el último capítulo de sus cartas que son su vida y su obra.

Ficha bibliográfica:

Autor: Joseph Roth

Título: Cartas a Stefan Zweig y Cartas

Editorial:         Acantilado, 2009 y 2014

Álvaro Cepeda Neri

[BLOQUE: MISCELÁNEO][SECCIÓN: EX LIBRIS]

Contralínea 474 / del 08 al 13 de Febrero 2016

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