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Un año más que se suma a la celebración de la Revolución Mexicana, indudablemente nos hace recordar una fecha, los libros de texto lo repiten, 20 de noviembre de 1910. Sin razonamiento alguno, en los días pasados justificaron cómo fue que un ilustrado y noble –me refiero a Francisco I Madero– convenció y glorificó en la lucha a esos hombres de a caballo, polainas, carrilleras y carabina terciada, que no sabían otra cosa que matar.

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Además, cómo pensaban cambiar una nación esos hombres rústicos, iletrados, bárbaros, si lo único que sabían era echar bala. Francisco Villa y Emiliano Zapata, sus máximos representantes, el primero un sanguinario, salteador de caminos, pelavacas, etcétera; y el último un borracho y caballerango. Cómo creían esos tener un proyecto de gobierno, si nunca habían gobernado. Todo estaba pensado para magnificar y reafirmar elocuentemente que los únicos que sabían el camino para ejercer un buen gobierno eran los científicos, esos hombres adictos a los palacios y paseos por Europa, que lucían trajes elegantes, poseedores de ese tono amable que los hacía atractivos y transmitían confianza y además sabían representarnos ante las autoridades extranjeras con ese tono complaciente que tanto les agrada.

Pensar que las comunidades marginadas y de las periferias del país eran capaces de modificar las relaciones sociales de producción, no era lógico. Menos cuando las vías de comunicación y las órdenes de ejercicio de poder de los gobernantes en las instituciones públicas en turno conducían al centro. Cualquier situación de definición de ejercicio de justicia antes que con las comunidades era con don Porfirio el compromiso.

En esa situación social, económica y cultural, resistieron y se unificaron núcleos sociales que conjugaron una fuerza que mezclaba la fe, la organización tradicional regional indígena y las ideas políticas disidentes impulsadas por los liberales magonistas. Coincidentemente en un momento de desgaste de la dictadura, aboyada por la prensa internacional alertada por el genocidio yaqui y la falta de alternancia en el gobierno.

¿Dónde estaba el gobierno en ese momento de descontento social? Estaba en el centro, pero también contra ellos, de lo contrario no se explica cómo era eso de que seguían sufriendo los abusos cometidos por los esbirros de don Porfirio. En esa actitud, todo aquel disidente no podía permanecer dentro del orden social establecido, por lo que debía averiguárselas para vivir fuera del orden; ahí aparecen Francisco Villa, Tomás Urbina, incluso los hermanos Flores Magón y, por qué no citarlo, Heraclio Bernal mucho antes, y muchos más.

Así estaba México en aquel momento, después de los esfuerzos de Benito Juárez y, posteriormente, de Porfirio Díaz, de unificar y apaciguar a México y convertirla en una República que, desde luego, con el primero y por la época podía significar una idea revolucionaria, pero en el ejercicio del poder del último se definieron los alcances de cada uno de los gobiernos y las consecuencias del viraje de convertir a México en una nación orientada a la producción capitalista, que implicaba el despojo de las tierras a las comunidades de la misma manera que lo habían hecho los colonizadores europeos. Sin el menor recato de que el país se hubiera desangrado en una batalla a nivel nacional por defender sus derechos por una nación independiente y con ciudadanos libres, apenas pasada una centuria se seguía despojando a las comunidades de sus tierras y de su fuerza de trabajo por los hacendados nacionales o extranjeros, como bien se sabe que pasó en los valles del Yaqui y del Mayo.

El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, define la palabra revolución como un “cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación”. Creo que los cambios ya se estaban generando en esas comunidades marginadas de nuestro México; si no, cómo se explica la capacidad de organización y aceptación de la División del Norte, donde sus generales eran bien vistos porque no eran unos aparecidos de la noche a la mañana: eran hombres formados en sus comunidades y con un liderazgo consolidado por los años en lucha; sin olvidar que lo mismo sucedía en Morelos y Guerrero con el Ejercito Libertador del Sur.

La admiración por los héroes nos conduce a aceptar una realidad que, a veces, es superficial. El aceptar que Francisco I Madero fue el que inició la Revolución Mexicana y que fue el único que abogó por los pobres, nos hace pasar por alto que ya existía un descontento social, que en las comunidades existía una organización para defenderse de los abusos de la elite económica y política y que estaban fortaleciéndose los liderazgos regionales.

También, creo que el buscar defenderse ante los abusos del poder es muy natural y un instinto de defensa, pero no así cuando se busca asentarlo y defenderlo para el ejercicio de todos los ciudadanos.

Luis Espinoza Sauceda*

*Licenciado en Administración de Empresas por la Universidad de Occidente, Unidad El Fuerte; escritor e investigador de la historia mexicana regional (Sinaloa); cursante del diplomado de escritura creativa en la Escuela Mexicana de Escritores

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

Contralínea 466 / del 07 al 13 de Diciembre 2015

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