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La maquinaria puesta en marcha para alimentar de combatientes al Estado Islámico y derrocar al gobierno sirio cuenta con amplios recursos económicos y el apoyo político de Estados Unidos, Turquía y otras potencias occidentales. Lo anterior se desprende de los testimonios de cuatro mercenarios. Hoy presos, relatan sus motivaciones y sus medios para enrolarse en el grupo armado. Como ellos, decenas de miles son manipulados mediante dinero y un discurso religioso de corte fundamentalista

Miguel Fernández Martínez/Prensa Latina

Damasco, Siria. Cuatro mercenarios extranjeros, miembros del grupo terrorista Estado Islámico capturados en Siria, revelaron parte de la siniestra maquinaria orquestada por Estados Unidos, Turquía y algunas potencias occidentales en su intento por derrocar al gobierno de este país árabe.

Prensa Latina estuvo en un cuartel de seguridad del Ejército, ubicado en las afueras de Damasco, visitó sus celdas, y constató de primera mano la manipulación de que son objeto estos jóvenes musulmanes en diferentes lugares del mundo, a quienes incitan a incorporarse a una supuesta yihad (guerra santa) contra el pueblo sirio.

Según cifras conservadoras, más de 100 mil mercenarios extranjeros se han infiltrado por las fronteras sirias, principalmente por Turquía, Líbano y Jordania, para engrosar las filas del Estado Islámico, el Frente al-Nusra (brazo armado de Al Qaeda en este país levantino), y otras bandas armadas a las que Estados Unidos califica irónicamente como “oposición moderada”.

Yihadistas a sueldo desde Turkmenistán

Rosh Kayakov, de 35 años, y Bater Yalobavaliv, de 30, vinieron desde Turkmenistán a incorporarse a las bandas armadas. Ambos formaban parte de un grupo especializado en explosivos, que se ocupaban de fabricar camiones-bomba, para ser utilizados en atentados suicidas.

Los tres vehículos dinamitados por Kayakov y Yalobavaliv fueron detonados –dos de ellos en la prisión central de Alepo, y el otro en una fábrica de chocolates– con un saldo estimado de más de 300 muertos como consecuencia de esas acciones terroristas.

Prensa Latina quiso saber qué había motivado a estos extranjeros a ser parte de la agresión contra el pueblo sirio y todos coincidieron en afirmar que fueron influidos por las prédicas incendiarias de los jeques, olemas y otros clérigos islamistas a través del canal de televisión catarí Al Jazeera, y otros medios de comunicación que forman parte de la campaña mediática desatada contra el gobierno de Bashar al-Assad.

Kayakov era el líder de un grupo de 25 turcomanos, pertenecientes a la Brigada Muhayirin (Brigada de los Inmigrantes), formada por personas de muchas nacionalidades y adscritas al grupo Estado Islámico en la zona de Alepo.

Este turcomano era un experto en explosivos que se hacía llamar Abu Abdullah y que viajó en marzo de 2013 desde Turkmenistán, junto a su esposa y sus cinco hijos, para incorporarse a la guerra santa.

“Un pariente que milita en una organización salafista-yihadista me convenció para formar parte de su grupo. El emir me explicó que en Siria existía un califato, y que era el lugar donde se aplicaba el Islam verdadero”, explica Kayakov.

 “Los clérigos musulmanes –agrega– nos decían que el pueblo sirio estaba de un lado, oprimidos por ser los verdaderos musulmanes creyentes, y en el otro bando estaba el gobierno y el Ejército, como una dictadura cruel y atea.”

De Turkmenistán viajó a Estambul, donde pasó una noche, y de ahí marchó a la provincia turca de Hatay, hasta que lo trasladaron ilegalmente a territorio sirio, en la zona de Anadán, al Norte de Alepo.

 “En mi país me dieron números de teléfonos de personas con quien contactaría en Turquía. Cuando llegué a Estambul, me comuniqué con el delegado de los yihadistas armados en Siria”, cuenta.

Explica además que, en Turquía, los enlaces de los rebeldes antigubernamentales contratan taxis y autobuses para movilizar a los que se infiltrarán en territorio sirio, y una vez en la frontera, los delegados de las bandas armadas coordinan con los jefes de los puntos fronterizos turcos para permitir el paso de los mercenarios.

“La frontera está completamente abierta –insiste Kayakov–, los oficiales turcos ven a la gente pasar y no dicen nada. Esa parte del cruce fronterizo está llena de cercas de alambres de púa, y hay muchos tanques y tropas. Vi a muchos extranjeros cruzando al lado sirio, y cuando pasaban los oficiales turcos les hacían señas de que lo hicieran rápido.”

Ya en Alepo, Kayakov se dedicó a sembrar la muerte fabricando camiones-bomba, por los que le daban una paga mensual y otros beneficios por cada artefacto dinamitero que construía.

 “Los jefes –del Estado Islámico– se ocupaban de todo, de los gastos de la casa, la comida, me proporcionaban los camiones y cerca de 200 dólares por cada vehículo que dinamitaba”, cuenta.

Rosh Kayakov trajo a su mujer y a sus cinco hijos en esta aventura mercenaria. A uno de ellos, con sólo 5 años de edad, le enseñaba cómo manejar armas y explosivos y decía orgulloso que lo preparaba como un futuro mártir yihadista.

Junto a Kayakov estaba Yalobavaliv, de 30 años, conocido en las filas del grupo Estado Islámico como Abu Aicha.

Yalobavaliv llegó a Siria en diciembre de 2012. Formaba parte del comando terrorista que dirigía Kayakov como soldador de los camiones-bomba. También se infiltró por la frontera turca.

 “Miraba los canales de televisión religiosos en mi país, entre ellos las noticias de Al Jazeera y Al Arabiya y veía a los imanes, los olemas y otros clérigos islamistas y cómo hablaban de hacer la yihad en Siria, porque había un régimen ateo muy opresor, y decidí venir”, comenta.

“Ellos me dijeron que aquí tendría facilidades para que me dieran una casa y buen sueldo –agrega–, y eso me entusiasmó a venir a Siria.”

Kayakov y Yalobavaliv fueron arrestados mientras trataban de localizar un sitio donde establecer conexión en internet, pero equivocaron el camino y fueron a dar a un puesto de control del Ejército sirio, donde se les aseguró una computadora con materiales y videos de sus acciones terroristas.

Estudiantes de teología convertidos en yihadistas

Mohamed Hakinkhanov y Azamzhan Makhmud-khanov son dos jóvenes de 21 y 20 años de edad, respectivamente, originarios de Kirguistán, y ambos estudiaban teología islámica en una reconocida mezquita en Egipto.

Hakinkhanov, conocido en las filas del Estado Islámico como Abu Bakir, voló, en octubre de 2013, de El Cairo a Estambul, animado por seguidores del expresidente egipcio Mohamed Morsi, quien había llamado a incorporarse a la yihad islámica en Siria.

Ya en la capital de Turquía hizo contactos con Abu Mohamed, alias el Turco, quien le garantizó el traslado hasta la ciudad de Adana, y de ahí cruzó a territorio sirio hasta llegar a la localidad de Anadán, en Alepo, donde hizo contacto con un checheno que se apoda Espada de Dios, comandante de la brigada de los inmigrantes extranjeros que se incorporan al grupo extremista armado.

En este lugar, Hakinkhanov declaró su “lealtad” al Estado Islámico y a su cabecilla Abu Bakr al-Baghdadi.

 “La mayoría de los extranjeros que venimos a combatir en Siria –explica–, cuando hacemos nuestro juramento de lealtad al Estado Islámico, sabemos que nuestra meta final no es Siria e Irak, porque después vendrá el Líbano, Rusia, Turquía, Europa, hasta que se expanda el Islam por todo el mundo.

“No es sólo por dinero, también defendemos una ideología yihadista”, enfatiza el kirguiso, que se desempeñó como traductor durante su estancia en las bandas terroristas.

Por su parte, Makhmudkhanov, quien respondía el apodo de Asa Alah (León de Dios), también viajó de El Cairo a Estambul, donde pasó una noche, hasta que el contacto le ordenó que se dirigiera a la mezquita Asmad, donde le entregaron un ticket de autobús para viajar hasta la ciudad fronteriza de Hatay.

Makhmudkhanov cruzó la frontera de noche y lo alojaron en unas casas de huéspedes que tienen los yihadistas en territorio sirio, donde pasó 20 días, hasta que fue enviado a un campamento a recibir entrenamiento, donde estuvo alrededor de 1 mes aprendiendo el uso de armas.

Participó en varios combates contra al Ejército Sirio Libre –otra facción antigubernamental–, hasta que fue enviado a la ciudad de Raqqa, con el Estado Islámico, donde fungía como enfermero.

 “Nos engañaron los jeques, se rieron de nosotros porque nos dijeron que vendríamos a ayudar a los sirios”, dice, cabizbajo.

 “Quería regresarme a Turquía –añade–. Pensaba que no debía haber discordia entre musulmanes, me costaba trabajo combatir contra otro musulmán y quería volverme a Turquía, pero el emir me dijo que esperara un poco, que todo se solucionaría. Pero caí preso.”

Hakinkhanov y Makhmudkhanov fueron arrestados durante un operativo de inteligencia del Ejército sirio.

“Un hombre en Raqqa me preguntó si quería casarme con una chica bonita –cuenta Hakinkhanov–, y me invitó a su casa para que conociera a la muchacha, pero cuando fui la primera vez, el señor me dijo que tenía que traer conmigo a más compañeros para que se viera más representativo el compromiso.

“Regresé al otro día con dos amigos y nos invitaron a cenar, y en la comida nos pusieron pastillas que nos hicieron dormir. Después supe que cuando nos quedamos dormidos, nos montaron en un camión y nos llevaron hasta el aeropuerto de Tabaqa, que en ese momento estaba en manos del Ejército sirio, y nos trasladaron a una cárcel en Damasco”, comenta.

Víctimas del fundamentalismo religioso y la codicia, estos cuatro mercenarios esperan en sus celdas que sobre ellos caiga el peso de la justicia en Siria.

Miguel Fernández Martínez/Prensa Latina

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Contralínea 447 / del 27 de Julio al 02 de Agosto 2015