Gasto corriente, al alza

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Los efectos del recorte presupuestal empezaron a resentirse desde marzo. Los sectores más afectados son inversión productiva, bienestar social, protección ambiental, vivienda, salud, cultura, agricultura, seguridad nacional y pública e impartición de justicia. Los únicos renglones beneficiados hasta el momento son el gasto corriente, en especial los servicios personales, y el pago de los compromisos financieros del Estado. Pese a los ajustes, el déficit fiscal de México se ha disparado, por lo que no se descartan nuevos recortes en el gasto no financiero en el segundo semestre de 2015

Marcos Chávez M*, @marcos_contra

¿Están de cachondeo? Los tipos que manifiestamente han fracasado a la hora de ver el daño que podría hacer la austeridad, esos mismos tipos ¿pretenden impartir ahora lecciones de crecimiento?

Paul Krugman

En un mundo peligroso, la estabilidad fiscal ha adquirido el aura de un “desayuno de los campeones” económico

Matthew d’Ancona, The Guardian

Los supuestos efectos positivos de la política de austeridad –que los recortes facilitan el crecimiento– constituyen en términos generales un peligroso disparate

Mark Blyth, Austeridad. Historia de una idea peligrosa

 “La austeridad es la única línea roja”, dice Yanis Varoufakis, ministro de finanzas del gobierno griego, de Syriza.

Es una línea roja indeleble. Mudada en una aduana casi insalvable desde que los fundamentalistas, que se encuentran al mando de los gobiernos nacionales y de los organismos multilaterales, convirtieron a la austeridad, y la consolidación fiscal (concepto que tanto le gusta a Agustín Carstens, pues lo repite a cada rato), el equilibrio en las cuentas públicas, en una verdad tallada en piedra, como las tablas de Moisés.

Es la raya del ascetismo que, de respetarse religiosamente, otorga como beneficio la “confianza” de los “mercados”, ya que éstos tendrán la certeza de que los gobiernos respetarán las reglas del juego y velarán por la salud del becerro de oro: no impondrán obstáculos ni impuestos ni otras medidas adversas que desalienten la esquizofrenia especulativa financiera; asegurarán la maximización de la tasa de ganancia del capital nacional y trasnacional; garantizarán el pago de los intereses y el reembolso de las deudas acumuladas.

Enrique Peña, Luis Videgaray, Agustín Carstens o Fernando Galindo la denominan como “la credibilidad en el gobierno”, “la credibilidad en materia de finanzas públicas” (Galindo dixit). Sin ella se convertirán en los apestados del banquete neoliberal, como son los casos de la Argentina kircherista o la Grecia de Alexis Tsipras.

El trazo divisorio es nítido, según el trabajo Ajuste fiscal para la estabilidad y el crecimiento, del Fondo Monetario Internacional (FMI, 2006). De un lado, los irresponsables de la “política fiscal expansiva, [que] puede acarrear inflación, desplazamiento del sector privado, incertidumbre, y volatilidad, todo lo cual constituye un obstáculo para el crecimiento”. Del otro, los disciplinados del “ajuste fiscal para conseguir el crecimiento económico fuerte y sostenible, reducir la pobreza, atajar vulnerabilidades fiscales como la acumulación de la deuda pública, sostener [el pago] de la deuda”.

La ideología dogmática de la austeridad para el equilibrio en los libros de contabilidad no admite el término medio. Pese a que Paul Krugman califique a la austeridad como un fracaso: “Una austeridad aún más dura es un callejón sin salida, después de 5 años Grecia está peor que nunca”. A raíz del ajuste acumula 5 años de recesión nada austera.

Joseph Stiglitz señala: “Es obvio que la austeridad ha fracasado”. Con relación a Grecia, agrega que las medidas restrictivas que se le han impuesto y pretenden imponerle otra vez son “absolutamente indignantes” (recorte del gasto público y las pensiones, más “flexibilidad” laboral, alza de impuestos al consumo, privatizaciones, superávit fiscal). Los guardianes de la ortodoxia “son los culpables de causar una gran recesión en la economía griega”. Por ello, festeja el rechazo de ese país a esa política y alaba el camino seguido por Argentina, que desecha el ajuste ortodoxo, obliga a los acreedores a renegociar la deuda, rompe relaciones con el FMI y obtiene resultados decorosos del lado del crecimiento y el bienestar social.

Aceptar una sobredosis de austeridad “significaría una depresión casi sin fin”, según Stiglitz. Rechazarla “abriría al menos la posibilidad de que Grecia, con su fuerte tradición democrática, pueda tomar su destino en sus propias manos”.

Mark Blyth, de la Universidad de Brow, se pregunta “¿cómo es que se continúa aplicando esa política de austeridad cuando todo lo que genera es desempleo y destrucción del producto interno bruto?”

Blyth dice en su trabajo Austeridad. Historia de una idea peligrosa: la “presunta cura” de “la austeridad, de la reducción de los presupuestos” que supuestamente “reduce la deuda y el déficit” fiscal, “conduce al crecimiento y [representa] la respuesta adecuada para bregar con los coletazos de una crisis financiera ‘no huele nada bien’”. “Las políticas de austeridad no han conseguido más que agravar los problemas. La idea de recortar el gasto de bienestar en nombre de un mayor crecimiento económico y de un aumento a las oportunidades es un insultante embuste”. “Las razones y la lógica empleadas para justificarla, así como sus supuestos beneficios, constituyen un peligroso disparate”.

Según Blyth, “la austeridad es una forma de deflación voluntaria”. Es “un proceso de ajuste [económico] basado en la reducción de salarios, precios y gasto público; que exige una rápida disminución “de los presupuestos del Estado, de la deuda y el déficit”.

Es decir, significa una recesión inducida, con mayor desempleo y caída de los ingresos y los precios, sin que se resuelvan los problemas anotados por el FMI. Por el contrario, los resultados arrojados por la Unión Europea, en especial por los países despectivamente llamados cerdos (PIIGS: Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) y del exbloque soviético, muestran el agravamiento de los desequilibrios que deberían de corregirse (déficit fiscal, nivel de endeudamiento) para aspirar al subsecuente crecimiento económico.

Para unos la línea roja es flexible. Con tal de evitar su derrota electoral ante Podemos, en diciembre, el español Mariano Rajoy “estudia” tomarse una licencia fiscal contra el dogma que profesa: aumentar las pensiones y salarios, reducir algunos impuesto al consumo y devolver parte de los pagos extra a los funcionarios. A cambio de al menos 2.5 millones votos, el improvisado “populista de derecha” retrasará la meta del déficit fiscal de 4.2 por ciento del PIB este año y, quizá, la de 2.8 por ciento en 2016. Si gana, nadie duda que retomará la derechista austeridad sin populismo, con singular brutalidad.

Curiosamente, el templo neoliberal guarda hasta el momento un sospechoso silencio ante la osadía del neofranquista. Es la complicidad ante el temblor de carnes ante el temor del “efecto de contagio” heleno.

Otros convierten la línea roja en una tosca cuerda para ahorcar a la democracia y el bienestar popular, a los detractores del ajuste fiscal.

Los golpistas técnicos de estado de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el FMI impusieron en el BCE a Mario Draghi, “un poeta de la privatización” (Jérôme Duval dixit). A Lukás Papademos lo lanzaron en paracaídas a la cabeza del Estado griego (2011-2012). A Mario Monti lo montaron a horcajadas en el trono italiano (2011-2013). Ellos y otros gerentes se han encargado de administrar el ajuste fiscal y las reformas estructurales neoliberales.

De paso, evidenciaron que la llamada democracia electoral es una farsa y que el gobierno no controla el poder porque éste se ejerce en otro lado y lo usa para sus fines cuando es necesario.

Al momento de escribir esta nota, el trío empleaba el terrorismo económico y mediático para fomentar la revuelta local, un coup d’etat en contra de la manzana podrida griega, a través de la asfixia financiera, al empujar al país a la moratoria de pagos y al abismo de la incertidumbre económica y sociopolítica, a su marginación de los mercados de capitales.

 “¿Por qué instituciones de la Unión Europea y el FMI nos han forzado a cerrar los bancos?”, se pregunta Varoufakis, y se responde: “Para insuflar el miedo en la gente. Y cuando se trata de extender el terror, a ese fenómeno se le llama terrorismo.”

Ahora “usan bancos en vez de tanques”, dice el académico griego Costas Douzinas.

Nada importa que, como dijera Jürgen Habermas, “el propio sentido del voto [que eligió a Alexis Tsipras como primer ministro] no se presta a especulaciones: la población rechaza la prosecución de una política cuyo fracaso ha experimentado de forma drástica en sus propias carnes”.

El asalto orquestado en contra de los renegados del “consenso” austero, Tsipras y Varoufakis, se debe a su osada conversión de la línea roja en la trinchera de defensa de la “soberanía, la dignidad y la democracia” griega, en contra del “autoritarismo y la austeridad inflexible, severa, disciplinaria, denigrante, sin fin, sin ninguna expectativa de recuperación social y económica” (Tsipras dixit). A su rechazo a una mayor desregularización del mercado laboral, más recortes a las pensiones y los salarios del sector público, nuevas privatizaciones y alzas a los impuestos al consumo, por considerar esas y otras medidas que implican un sobreajuste fiscal para 2015-2017, después de 5 años de ajuste, resultan “una nueva carga insostenible sobre el pueblo, que socava la recuperación de la sociedad y la economía, perpetúa la incertidumbre y acentúa aún más las desigualdades sociales”.

 “Hay algo que se llama dignidad, que no tiene precio”, subrayó Varoufakis. Otros asumen voluntariamente, sin presiones ni amenazas golpistas o de expulsión del paraíso neoliberal, el trazo rojo de la austeridad como algo religiosamente intocable. Prefieren infligirse a sí mismos. Eligen amputarse voluntariamente el gasto público no financiero, en la cantidad necesaria, para reducir el déficit fiscal, equilibrar las cuentas y abatir las necesidades de financiamiento, como una muestra de simbólica disciplina.

En su artículo “Francos, pánicos y disparates”, Krugman señala: “las virtudes económicas se han convertido en vicios: la disposición a ahorrar se convirtió en un lastre para la inversión; la probidad fiscal, en un camino hacia el estancamiento”.

Un masoquista fiscal requiere el premio de la confianza de sus sádicos guardianes y acreedores. Los sádicos del FMI encontraron en Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray sus masoquistas voluntarios que se regodean placenteramente en su sumisión.

Es más fácil restar, aunque sean las mayorías las que padezcan los recortes presupuestales, que intentar gravar más a quienes más tienen. Recién, el ecuatoriano Rafael Correa quiso gravar las herencias y la plusvalía y volvió a percibir los rumores conspirativos.

A raíz del colapso de 2008-2009, Keynes y Friedman dejaron de oponerse e “interactuaron”. El Estado abrió el gasto (para el mundo financiero) y la política monetaria se relajó. Pero fue todo efímero.

En 1971 Richard Nixon dijo: “Ahora somos todos keynesianos”. El economista Fabian Amico recuerda que el propio Milton Friedman, uno de los padres putativos del monetarismo, afirmó: “Ahora somos todos keynesianos”, aunque después matizó: “En un sentido, ahora somos todos keynesianos; en otro, ya nadie es keynesiano”. Es decir: se es keynesiano de palabra, pero no de esencia.

Con el colapso sistémico del neoliberalismo global –que inició con la crisis mundial de 2008– se desempolva al Keynes fiscal bastardo del gasto público para salvar no a la economía, sino a los especuladores financieros, el cual “interactúa” con un Friedman espurio e “independiente” de la política monetaria expansiva.

Pero a partir de 2011 retorna el Friedman fiscal del recorte del gasto público y el equilibrio en las hojas del Estado. En lugar de “ahora somos todos keynesianos”, la divisa es “ahora todos somos conservadores fiscales”.

La caída de los precios del   petróleo y el déficit público

La zalea keynesiana de 2014 se le cayó al Videgaray friedmaniano con el desplome de los precios mexicanos del crudo de exportación –de 98.44 dólares por barril (db), en promedio, en 2013, a 86 db en 2014, a 48.12 a mayo de 2015–, del volumen de exportación –1.189 millones de barriles diarios (mbd) a 1.142 mbd, a 1.189 mbd, en cada caso– y de divisas petroleras –de 49 mil millones de dólares (mmd) en 2013 a 42 mmd en 2014; de 19 mmd en enero-mayo de 2014 a 10 mmd en el mismo lapso de 2015–.

La pérdida de ingresos fiscales petroleros, más que el aumento del gasto programable (excluye costos financiero de la deuda pública, el Instituto para la Protección del Ahorro Bancario, IPAB, y otros conceptos), explica el aumento del déficit fiscal y el endeudamiento público.

En 2014, el gasto programable del sector público superó en 241 mil millones de pesos nominales (mmpn), en 3.7 por ciento, en términos reales, al ejercido en 2013. El del gobierno federal en 200 mmpn, en 4.6 por ciento.

En cambio, los ingresos petroleros del sector público cayeron en 123 mmpn, en 12.7 por ciento, en términos reales. Los de gobierno federal en 42 mmpn, en 12.3 por ciento. El costo de los adeudos del Estado aumentó adicionalmente en 31 mmpn.

El déficit público se elevó de 2.3 por ciento del PIB en 2013 a 3.2 por ciento en 2014. El del gobierno federal, de 2.3 por ciento a 2.9 por ciento. El primario (el programable menos los intereses de la deuda pública) de 0.4 a 1.1 por ciento. El endeudamiento público aumentó en 170 mmpn. Pasó de 2.3 por ciento del PIB a 3.2 por ciento.

La permanencia de la caída en los ingresos fiscales petroleros en 2015, el aumento del costo financiero, el desinterés por elevar los impuestos directos (impuestos a la renta a los que más ganan), pero no por los del consumo –a partir de julio Hacienda se aplica en el cobro del 16 por ciento en el impuesto al valor agregado (IVA) a 28 productos de comida rápida o alimentos preparados que eran evadidos por algunos minisúper y tiendas de autoservicio (emparedados, tortas, lonches, gorditas y pizzas, entre otros), y la pésima planeación económica de Hacienda, entierran el remedo keynesiano de Videgaray. Le obligan a recurrir a la receta tradicional: la estricta ortodoxia presupuestaria, el recorte del gasto público no financiero, para reducir el déficit fiscal, que pretende equilibrarse en lo que resta del sexenio peñista, y el endeudamiento del Estado.

De manera acumulada, el gasto programable creció en enero-mayo de 2015: el del sector público presupuestario aumentó en 7.4 por ciento, en términos reales, con relación al mismo lapso de 2014 (146 mmpn más), y el del gobierno federal en 9.6 por ciento (165 mmpn).

En ese mismo lapso, el costo financiero de la deuda del sector público se elevó 35 por ciento (en 24 mmpn más), y el del gobierno federal en 6 por ciento (en 4 mmpn), y los ingresos petroleros de aquel bajaron en 194 mmpn, 41 por ciento, en términos reales, y los de éste, en 28 mmpn, 10 por ciento.

Como es natural, los caminos encontrados entre el ingreso y el gasto elevan adicionalmente el déficit fiscal público y del gobierno federal en 101 mmpn y 28 mmpn, en 121 por ciento y 31 por ciento reales.

La revisión mensual del gasto en lo que va del año permite observar su tendencia real declinante a partir de febrero, luego que a finales de enero Hacienda anunciara un ajuste por 124 mmp, el 0.7 por ciento del PIB, los cuales 62 mmp corresponden a Petróleos Mexicanos, 10 mmp a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), y el resto a las diferentes entidades gubernamentales.

Como se observa en los cuadros adjuntos, el gasto programable real del sector público, que representa el 79 por ciento del total, muestra una declinación sensible desde marzo y el renglón más afectado en la inversión productiva, y que en mayo registró una caída de 17 por ciento con relación al mismo mes de 2014. El gasto corriente, en cambio, muestra una elevación de 8.9 por ciento, en especial de servicios personales (7.6 por ciento) directos e indirectos y otros conceptos. Lo mismo ocurre con el gasto no programable, sobre todo en el renglón del costo financiero de la deuda, el cual se dispara en 66 por ciento.

 

 

En el gasto programable del gobierno federal, el correspondiente a los entes autónomos (aumentó 35 por ciento real en mayo) destaca el alza presupuestal a institutos como el electoral o el de telecomunicaciones. Por el lado de la administración pública descentralizada (4 por ciento) se presenta una reducción en las áreas como las del sector agropecuario, salud, medio ambiente o trabajo.

La clasificación funcional del gasto público muestra las áreas más afectadas y, por añadidura, de los sectores económicos. De enero a mayo acumula un aumento real de 7 por ciento, con relación al mismo lapso del año anterior. Pero en mayo muestra una variación positiva anualizada de apenas 0.9 por ciento, por lo que no sería extraño que en los meses restantes de 2015 muestre mensualmente signos negativos.

Durante mayo pasado, el gasto interanual de gobierno presentó una caída significativa real, aunque en el acumulado de enero-mayo, aún es positivo. Los conceptos beneficiados son la coordinación de la política económica de gobierno y relaciones exteriores. En cambio, la erogación para seguridad nacional e interna y justicia ya resiente los recortes de Hacienda. ¿Ello explica, en parte, que los militares presenten una piel muy sensible a cualquier crítica?

Globalmente, el gasto social real no evidencia una afectación hasta el momento: en mayo aumentó 13 por ciento con relación al mismo mes de 2014. No obstante, su cuantía está distorsionada por el alza inusitada en la educación, asociada a la contrarreforma peñista en la materia. Si se excluye a ese concepto, entonces el gasto social ya presenta decrementos reales en abril y mayo.

El gasto más castigado corresponde a protección ambiental, vivienda y salud. El relacionado con cultura y protección social ya empiezan a mostrar los signos de la austeridad.

Con el presupuesto en desarrollo económico ocurre lo mismo. Los más perjudicados son el ramo agropecuario y asuntos económicos y comerciales.

Por desgracia, hasta el momento, el programa de austeridad ha sido insuficiente para mejorar el perfil del balance público, garantizar el pago de los adeudos financieros del Estado y reducir las necesidades de financiamiento interno y externo.

El balance primario (gasto programable menos costo financiero) ha crecido significativamente: en 310 por ciento en términos reales en enero-mayo, al pasar de 23 mmp a 96 mmp.

El ajuste exige que dicho balance sea superavitario en el monto necesario para asegurar la cobertura de los adeudos públicos.

 

Marcos Chávez M*, @marcos_contra

*Economista

[CAPITALES]

 

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Contralínea 447 / del 27 de Julio al 02 de Agosto 2015