Autor:

Para Claudio Urencio

I. Stefan Zweig enriqueció la literatura universal; y extraordinarios traductores (no todos son traduttore, traditore, es decir, traductor, traidor), a quienes debe ir también nuestra gratitud, vertieron del alemán a un gran número de idiomas sus sublimes historias entre la realidad y la fantasía; desde Jeremías (1917), su primera obra teatral, hasta Momentos estelares de la humanidad. O sus memorias intituladas El mundo de ayer, que fueron su “despedida” antes de suicidarse en 1942, debido al terrorismo del nazi-fascismo que lo hizo huir a Brasil. Y si él dedicó toda su vida a la creación literaria, sus lectores necesitan invertir gran parte de sus vidas en una obra que nos muestra la naturaleza humana de quienes en el escenario, y según lo advirtió William Shakespeare, son individualidades actuando en el “gran teatro de la humanidad”, con sus miserias y grandezas en todas y cada una de las actividades que, desde la niñez a la vejez, desde el nacimiento a la tumba-incineración, se ha ido sucediendo sobre este maltratado planeta por la incivilizada-civilización (parodiando a Kant sobre la insociable-sociabilidad de la humanidad). La obra de Zweig se sigue traduciendo y publicando (sobre todo por la editorial Acantilado).

II. Uno de los traductores de Stefan Zweig fue el exiliado español y maestro de la traducción Wenceslao Roces, quien vertió a nuestro idioma la obra Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski. Sin esos traductores no podríamos asomarnos a las vibrantes novelas, cuentos, ensayos, ¡biografías! de quien estudió a su contemporáneo y amigo: Sigmund Freud, para desentrañar sicológicamente sentimientos y pensamientos; y darnos en cada personaje elementos como el carácter, la perversión, adicciones, amoríos, inteligencia para la política y todo aquello capaz de lo peor a lo mejor, pasando por el aurea mediocritas de Horacio, donde vivimos casi todos los que somos incapaces de hacer algo sobresaliente, como dejar una herencia musical, literaria, poética o científica en beneficio de la humanidad.

Stefan Zweig fue y es uno de esos benefactores por su obra, remando en todas las direcciones del humano que permanece y continuará, como escribió Pablo Natorp: “Mientras en el mundo palpite un corazón y trabaje un cerebro” (en su acerado ensayo: Kant y la Escuela de Marburgo).

III. Sus novelas en recopilación son: Miedo. Carta de una desconocida; Veinticuatro horas en la vida de una mujer; Los ojos del hermano eterno; El candelabro enterrado; Confusión de los sentimientos. Impaciencia del corazón; Novela del ajedrez; Clarissa; La embriaguez de la metamorfosis. Están las contenidas en el libro: La mujer y el paisaje. En La lucha contra el demonio –las biografías de Hölderlin, Kleist y Nietzsche–, Zweig usó la metafísica para explicarse la arrebatadora e impulsiva fuerza estrictamente humana de la creación literaria de esos escritores, que supone están desgarrados por “esa porción demoniaca que todos llevamos dentro”, pues “en sus ojos brilló la mirada del demonio, y éste habló por sus labios”. Su novela sobre los celos ¿Fue él?; y Ardiente secreto, que contiene 15 de ellas. O el libro Monttaigne, éste el creador del ensayo. No debe faltar la lectura de La curación por el espíritu o de Momentos estelares de la humanidad, donde nos pone al tanto de eventos históricos. Pero le faltó ofrecernos las biografías de Mozart, Kant, Goethe y Schiller, a quienes cita una y otra vez como punto de referencia; y que hubieran sido trabajos de mayor grandeza de la que nos ofrece en su extensa obra.

Ficha bibliográfica:

Autor: Stefan Zweig

Titulo: novelas

Editorial: (mayormente en) Acantilado

Para Claudio Urencio

*Periodista

[EX LIBRIS]

 

 

Contralínea 443 / del 29 de Junio al 05 de Julio 2015

 

 

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