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El probable próximo acuerdo entre Washington y Teherán ha dejado pasmada la política exterior del gobierno francés de François Hollande. Caracterizada por su respaldo a las monarquías del Golfo y al apartheid israelí en Oriente Medio, esa política, que contradice los valores de la República francesa y sus intereses como nación, está única y exclusivamente al servicio de unos pocos individuos y del grupo social que éstos representan

Thierry Meyssan/Red Voltaire

Damasco, Siria. Electo en mayo de 2012 para ocupar la Presidencia de la República Francesa, François Hollande ha impuesto a su país una orientación completamente nueva en materia de política exterior. El hecho que el propio François Hollande se presentara como un hombre de izquierda ocultó a sus conciudadanos que ese alto funcionario daba la espalda a los intereses de la nación, a su historia y su cultura, y que ponía el Estado al servicio de un grupúsculo de miembros neoconservadores de la gran burguesía.

El cambio de la primavera de 2012

Después de haber ofrecido, durante su campaña electoral, una apariencia de hombre abierto a todos los puntos de vista, que se rodeaba de varios grupos de reflexión con opiniones diversas, François Hollande se quitó la máscara en cuanto asumió la Presidencia de la República francesa, el 15 de mayo de 2012. Lo hizo al evocar en su discurso de investidura la figura de Jules Ferry. Afirmó sutilmente que rendía homenaje al fundador de la escuela laica y obligatoria y no al teórico socialista de la colonización. Sin embargo, para Ferry el objetivo del laicismo no era garantizar la libertad de conciencia, sino alejar a los niños de la Iglesia Católica para educarlos como carne de cañón de sus expediciones coloniales.

El 6 de julio de ese mismo año, Hollande reunía en París una coalición de Estados autoproclamados Amigos de Siria, para sabotear el acuerdo de Ginebra y reanudar la guerra contra ese país. Simbólicamente, saludó a los “demócratas” (sic) del Consejo Nacional Sirio, organización títere creada por Catar con miembros de la Hermandad Musulmana. Y se pavoneó junto al criminal de guerra Abu Saleh, quien había dirigido en Siria el Emirato Islámico que los “demócratas” crearon en Baba Amro, donde Abu Saleh ordenó la decapitación de 150 de sus compatriotas. En esa ocasión, y ante tan distinguido personaje, Hollande pronunció un discurso, escrito en inglés por sus mentores y traducido al francés para que él lo leyera como nuevo presidente de Francia.

Después, el 22 de julio, Hollande afirmó solemnemente que Francia reconocía los crímenes cometidos contra los judíos por el gobierno ilegítimo de Philippe Pétain. En otras palabras, el alto funcionario Hollande planteaba la superioridad del Estado francés sobre la República.

En aquel momento escribí que François Hollande, adoptando la posición de sucesor de Philippe Pétain, ponía a Francia al servicio de los poderosos del momento y reasumía la política colonial. Pensando que mi situación de exiliado político me había hecho perder el sentido de la medida, muchos decidieron ignorar lo que en aquel momento les parecía una exageración. Así que me sentí aliviado cuando leí el último libro del demógrafo Emmanuel Todd, Qui est Charlie? [¿Quién es Charlie?], quien analiza cómo y por qué el electorado actual del Partido Socialista es el heredero de los “mariscalistas”. Siempre he sentido gran admiración por este intelectual, que ha logrado mostrar el impacto inconsciente de los sistemas familiares sobre la historia. Siendo estudiante de ciencias políticas, leí con verdadera fruición su tesis, donde mostraba que la división del mundo durante la Guerra Fría correspondía en realidad a las estructuras familiares de los pueblos. Ilustrando su explicación con el uso de mapas, Emmanuel Todd observa que el electorado del Partido Socialista, hoy ampliamente descristianizado, ha perdido sus puntos de referencia y se repliega sobre sí mismo. Este demógrafo ya había analizado anteriormente la adhesión de la clase dirigente al culto del euro, es decir, a la ley del más fuerte en el espacio europeo. Y concluye que el Partido Socialista ha vendido Francia al extranjero, con la aprobación de un electorado de privilegiados.

El equipo de François Hollande

El cambio de política exterior llevado a cabo por el presidente de la República se basa en un análisis simple: al tener menos necesidad del petróleo proveniente del Golfo, Estados Unidos ha anunciado su intención de trasladar su dispositivo militar hacia el Extremo Oriente. Respaldando a Washington –al estilo de un Tony Blair– en la escena internacional, François Hollande espera ocupar el lugar que los estadunidenses dejan vacante en el Golfo y obtener así dinero fácil.

Con toda lógica, Catar –es decir, ExxonMobil, la firma de los Rockefeller– financió generosamente la campaña electoral de François Hollande. Fue Laurent Fabius quien negoció ese financiamiento, ilegal según las leyes de Francia. En reconocimiento a ese papel de negociador, Hollande, ya electo presidente de la República, nombró a Fabius ministro de Relaciones Exteriores, a pesar de la vieja rivalidad que existe entre ellos.

La danza del vientre de François Hollande ante sus generosos mecenas del Golfo se acompaña de su acentuado apoyo al Estado de Israel. Es necesario recordar aquí que el entonces presidente Charles De Gaulle rompió con ese Estado colonial, en 1967, declarando que, aunque Francia se había aliado con Israel para controlar el Canal de Suez y luchar contra la independencia de Argelia, ya no podía mantener aquella alianza después de renunciar a su imperio. El presidente Hollande prefirió, al contrario, proclamar en hebreo, a su llegada al aeropuerto de Tel Aviv, en noviembre de 2013: “Tamid echa-er raver chel Israel, soy amigo de ustedes y lo seré por siempre”.

Para concretar su viraje, el presidente Hollande creó un equipo alrededor de dos personalidades de extrema derecha: el general Benoit Puga, jefe de su Estado Mayor privado, y su consejero diplomático, Jacques Audibert.

El general Benoit Puga es un veterano de la Colonial (la Infantería de Marina). Cristiano lefebvrista, el general Puga no oculta su admiración por el exarzobispo de Dakar y su odio hacia la Revolución Francesa. En el tiempo que le dejaban libre las misas en Saint Nicolas-du-Chardonnet, dirigió las Operaciones Especiales y la Inteligencia Militar. Fue Nicolás Sarkozy quien lo puso a la cabeza del Estado Mayor particular del presidente y Hollande lo mantuvo en ese cargo, hecho sin precedente tratándose de esa función.

Para retratar a Jacques Audibert basta con citar a sus excolaboradores, que a menudo lo describen como un “americano [sic] con pasaporte francés”, ya que su devoción por el imperialismo estadunidense y el colonialismo israelí es mucho más grande que su respeto por la República francesa. Audibert desempeñó un papel central en el bloqueo durante los años de las negociaciones del grupo 5+1 con Irán. Esperaba convertirse en representante permanente de Francia en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pero finalmente el presidente Hollande lo incluyó en su equipo de trabajo.

Como director de Asuntos Políticos en el ministerio de Relaciones Exteriores, Jacques Audibert eliminó sistemáticamente a los diplomáticos conocedores del mundo árabe, comenzando por los más competentes. Los más prestigiosos fueron enviados a Latinoamérica. El objetivo era complacer a la colonia israelí eliminando todo apoyo a los palestinos en el seno de la diplomacia francesa. Pero también se trataba de poner fin a siglos de “política árabe de Francia” abandonando a los aliados tradicionales y acercándose a los multimillonarios del Golfo, a pesar de sus regímenes dictatoriales y de su fanatismo religioso.

Por muy sorprendente que pueda parecer, esa evolución corresponde a lo que François Hollande ya había anunciado hace años. El 30 de noviembre de 2005, al ser recibido por el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (Crif, por su acrónimo en francés), Hollande había declarado, según consta en el acta de la sesión:

“Hay una tendencia que se remonta a tiempo atrás, lo que se conoce como política árabe de Francia, y es inadmisible que una administración tenga una ideología. Hay un problema de reclutamiento en el Ministerio de Relaciones Exteriores y en la Escuela Nacional de Administración y ese reclutamiento debería reorganizarse.”

El verdadero pensamiento de Hollande

François Hollande expresó su verdadero pensamiento al referirse a la Resistencia Francesa contra la Alemania nazi.

Definió ese concepto durante la reciente ceremonia de entrada al panteón de los restos de cuatro grandes figuras de la Resistencia Francesa, el 27 de mayo de 2015, en la cual excluyó de su homenaje a los comunistas.

La Resistencia Francesa contra la Alemania nazi ha sido fuente de inspiración de Estados y movimientos políticos y armados que actualmente dicen “no” a la ocupación de su tierra y rechazan un régimen de apartheid. En homenaje a sus predecesores franceses, esos Estados y movimientos han definido su alianza como “el Eje de la Resistencia”.

Pero François Hollande niega a los palestinos el derecho a la resistencia y, como en tiempos del armisticio de Pétain ante la Alemania nazi, los convida a “negociar” (sic). Presionó a la Unión Europea hasta lograr que ésta clasificara al Hezbolá como “terrorista” –exactamente como Philippe Pétain, quien hizo condenar a muerte a Charles De Gaulle por “terrorismo”–, emprendió la guerra contra los sirios e impuso un bloqueo económico a los iraníes.

François Hollande y los dictadores del Golfo

Durante los 3 últimos años Francia gozó del respaldo de los estadunidenses Hillary Clinton y del general David Petraeus, de ExxonMobile y de su Estado privado –Catar– así como del apoyo de la familia Saud y del Estado que lleva el nombre de dicha familia: Arabia Saudita.

Así pudo Francia emprender una segunda guerra contra Siria e Irak desplazando hacia allí decenas de miles de mercenarios provenientes del mundo entero, incluyendo varios miles de franceses. Francia tiene, por consiguiente, una responsabilidad primordial en los cientos de miles de muertes que han enlutado el Levante. Por supuesto, todo eso se ha hecho en nombre de la ayuda humanitaria a poblaciones martirizadas.

Oficialmente, esa política todavía no ha dado sus frutos. Siria sigue en guerra y explotar su gas es imposible, aunque los “Amigos de Siria” (sic) ya se lo repartieron en junio de 2012. En todo caso, Francia recibió de Arabia Saudita un pedido ascendente a 3 mil millones de dólares en armamento para el Ejército libanés. Riad agradece así a los libaneses por no haber grabado la confesión de Majed al-Majed, el agente de enlace entre Arabia Saudita y Al Qaeda, a la vez que retribuye a los franceses por la continuación de la guerra contra Siria.

Francia ha vendido a Catar 24 aviones de combate Rafale por 6 mil 300 millones de euros.

Pero Francia no se beneficiará con esos megacontratos: los israelíes ya opusieron su veto a la entrega al Líbano de armamento que pueda ser utilizado para enfrentar las agresiones de Tel Aviv. Así que Francia fue autorizada a entregar solamente uniformes, vehículos de servicio y armas cortas por valor de 700 millones de dólares. Los 2 mil 300 millones de dólares restantes no serán otra cosa que armamento obsoleto fabricado en la antigua Alemania del Este.

Catar compró a Francia los aviones de combate Rafale, pero exigió a cambio que el gobierno francés obligue a la compañía aérea Air France a ceder a Catar Airways varios de sus vuelos más ventajosos en términos de ganancias.

Pero, incluso si esos contratos hubiesen sido completamente honestos, nunca reemplazarían las ganancias de los contratos que la obstinación de Jacques Audibert ha hecho perder a todas las empresas francesas que trabajaban con Irán, como Peugeot y Total, ni las ganancias perdidas por el ensañamiento del general Benoit Puga, empeñado en destruir todas las fábricas francesas instaladas en Siria.

El acuerdo entre Washington y Teherán

A pesar de todos los esfuerzos del equipo del presidente Hollande, y en particular de Jacques Audibert, el acuerdo negociado entre Estados Unidos e Irán debería acabar firmándose el 30 de junio de 2015.

Ya en este momento es evidente que los dos grandes perdedores serán el pueblo palestino y Francia. El pueblo palestino porque nadie defenderá su derecho inalienable al regreso a su tierra. Francia porque ha asociado su nombre a 3 años de injusticia y de masacres en esta región.

El pasado 2 de junio, el secretario de Estado adjunto, Antony Blinken, viajó a París para copresidir –a nombre de John Kerry– una reunión de los 22 países miembros de la coalición internacional contra el Emirato Islámico. Contrariamente a lo que afirma la prensa francesa, el objetivo de la reunión no era organizar la respuesta militar a la caída de Ramadi, en Irak, y de Palmira, en Siria: el Pentágono no necesita reunir a sus aliados para decidir qué hacer. El verdadero objetivo era que el ministro francés de Relaciones Exteriores, Laurent Fabius, tuviera que tragarse su oposición al acuerdo entre Irán y Estados Unidos aceptándolo públicamente. Lo cual tuvo que hacer.

La firma del acuerdo estaba en peligro debido a la caída de Palmira, que corta la ruta de la seda, es decir, la vía de comunicación terrestre de Irán con Siria y con el Hezbolá. Si Palmira quedara en manos de los yihadistas (es decir, de los mercenarios que luchan contra el Eje de la Resistencia), Teherán no podría transportar su gas y exportarlo hacia Europa, lo cual anularía su interés por llegar a un acuerdo con Washington. Por lo tanto, el secretario de Estado adjunto, Antony Blinken, hizo saber a los presentes que había autorizado el Eje de la Resistencia a llevar tropas frescas a Siria para derrotar el Emirato Islámico. Se trata de 10 mil Guardianes de la Revolución, que reforzarán el Ejército Árabe Sirio antes del 30 de junio. Hasta ahora, los sirios se defendían solos, contando únicamente con ayuda del Hezbolá libanés y del Partido de los Trabajadores del Kurdistán turco, pero sin tropas rusas ni iraníes y sin milicias iraquíes.

Antony Blinken también informó a los presentes en París que Estados Unidos acordó con Rusia la realización de una conferencia de paz sobre Siria, bajo los auspicios de la ONU, en Kazajstán.

Obligó al ministro francés de Relaciones Exteriores, Laurent Fabius, a firmar una declaración final aceptando el principio de un gobierno sirio designado por “consentimiento mutuo” entre la coalición actualmente en el poder (Partido Socialista Nacionalista de Siria) y las diferentes formaciones de la oposición siria, tanto las de París como las que residen en Damasco.

Después de sufrir el tirón de orejas, Fabius se tragó su sempiterno “Bashar [al Assad] tiene que irse”, admitió que Al Assad va a cumplir el mandato presidencial que su pueblo le otorgó –ampliamente– a través de las urnas. Lo más que se atrevió a decir el ministro francés de Relaciones Exteriores es que “el señor Bashar no será el futuro de Siria”.

En los próximos días, el rey se quedará desnudo. Al firmar su acuerdo, Washington y Teherán reducirán a polvo los cálculos de François Hollande, del neoconservador Jacques Audibert y del neofascista Benoit Puga.

 

Thierry Meyssan/Red Voltaire

[LÍNEA GLOBAL]

 

 

 

 Contralínea 442 / del 22 al 28 de Junio 2015