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La miseria empuja a miles de etíopes fuera de sus fronteras. Su objetivo es llegar a Europa para trabajar y asegurar su subsistencia. Muchos no lo consiguen: los peligros son incontables. A últimas fechas se ha sumado otro: caer en manos del Estado Islámico. A pesar de los riegos, la migración no se reduce, sólo se buscan nuevos caminos

Chalachew Tadesse/IPS*

Adís Abeba, Etiopía. Los 30 emigrantes cristianos de Etiopía asesinados por el grupo extremista Estado Islámico el 19 de abril en Libia, tenían pensado cruzar el Mar Mediterráneo para buscar trabajo en Europa. Ellos representan la trágica expresión de los desafíos a los que se enfrenta el creciente sector de la población que busca un mejor futuro fuera de su país.

Días después de la masacre, el portavoz del gobierno etíope, Redwan Husein, urgió en una entrevista por televisión a las personas que estuvieran pensando en emigrar a no arriesgar sus vidas utilizando rutas peligrosas: una insuficiente reacción que generó protestas juveniles en esta capital y molestó a los familiares de los fallecidos.

Los manifestantes criticaron como muy tibia la respuesta del gobierno por la masacre de cristianos ortodoxos, informó la prensa. Los enfrentamientos se reprodujeron más tarde entre las fuerzas de seguridad y manifestantes, con un saldo de varias personas heridas y cientos detenidas.

Casi dos tercios de la población etíope es cristiana, la mayoría coptos ortodoxos, que ubican su llegada a este país del Cuerno de África en el siglo I.

En Libia, combatientes del Estado Islámico decapitaron a 16 emigrantes etíopes en una playa y le dispararon a otros 12 en una zona desértica. Cinco de ellos vivían en Cherkos, un barrio pobre de Adís Abeba, entre los que estaban Eyasu Yikunoamilak y Balcha Belete.

El hermano mayor de Yikunoamilak, Seyoum, dijo a la cadena FBC que Eyasu y Balcha habían salido hace 2 meses de Etiopía hacia Sudán, con la idea de buscar trabajo en Gran Bretaña para ayudar a sus familias.

 “Hablé con ellos por teléfono mientras estuvieron en Sudán”, relató Seyoum, afligido. “No supe más nada desde que llegaron a Libia hace 1 mes”. Eyasu ya había estado trabajando en Catar y con sus ahorros le pagó los gastos a su amigo para llegar a Europa, añadió.

A pesar de la advertencia del gobierno, Meshesa Mitiku, un viejo amigo de Eyasu y Balcha y también de Cherkos, declaró a la agencia Associated Press: “Voy a probar suerte, pero no por Libia. Acá no hay posibilidad de mejorar”.

Los legisladores etíopes declararon 3 días de duelo y el gobierno anunció que repatriaría a todos los emigrantes en países peligrosos, informó la emisora en amárico de la Voz de América, con sede en Washington.

En las elecciones parlamentarias del 24 de mayo pasado en Etiopía –las primeras desde la muerte del líder Meles Zenawi– el actual primer ministro, Hailemariam Desalegn, no tuvo prácticamente oposición.

 “Debemos redoblar los esfuerzos para luchar contra el terrorismo”, señaló el portavoz de la cancillería Tewolde Mulugeta, en respuesta a los reclamos de los manifestantes. “Tratamos de crear oportunidades de trabajo para los jóvenes. Los invitamos a aprovechar esas oportunidades en su país”, añadió.

El desencanto marcado por la represión, la desigualdad y el desempleo ha propiciado varias protestas contra el régimen en los últimos años.

 “La idea de que la mayoría de los migrantes etíopes se van por razones económicas parece infundada”, arguyó Tom Rhodes, representante en África oriental del Comité para la Protección de los Periodistas, en respuesta a las consultas de Inter Press Service (IPS). También señaló que la violación de las libertades fundamentales está estrechamente vinculada con la pobreza y la desigualdad económica.

Yared Hailemariam, exinvestigador del Consejo de Derechos Humanos de Etiopía, coincidió: “La represión generalizada y la negación de las libertades fundamentales llevó a la frustración, a la alienación y a la desilusión de la mayoría de los jóvenes”.

 “La ciudadanía tiene derecho a protestar de forma pacífica”, sostuvo Felix Horne, investigador en África oriental de la organización Human Rights Watch (HRW).

 “No llama la atención, dado lo que hace el gobierno para limitar las protestas pacíficas, que jóvenes desfavorecidos aprovechen la escasa oportunidad de una manifestación pública para expresar sus frustraciones. Es un resultado inevitable cuando no hay otra forma de expresarse”, añadió.

Los principales partidos de la oposición acusan al gobierno de no crear puestos de trabajo y de convertir a la emigración en la única alternativa. El régimen favorece, según ellos, a los integrantes del gobernante Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope y crea desigualdades económicas.

Considerado el tigre africano, Etiopía es uno de los países más poblados del Continente con 94 millones de habitantes, sólo superado por Nigeria, con 173 millones. Pero el desempleo afectó a 20.26 por ciento de la población económicamente activa entre 1999 y 2014.

Alrededor de 37 millones de etíopes, un tercio de la población, son “pobres o corren el riesgo de ser pobres”, según un informe del Banco Mundial de 2005. La institución también señala que “los más pobres de Etiopía se volvieron aún más pobres” en la última década.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés) estimó que alrededor de 29 por ciento de la población es pobre. Eso explica que Etiopía esté en el lugar 174, entre 187, en el Índice de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El Instituto Oakland, con sede en Estados Unidos, que se dedica a estudiar el acaparamiento de tierras, estuvo en el medio de una controversia con el gobierno de este país por su último informe Decimos que la tierra no es de ustedes: rompiendo el silencio por el desplazamiento forzoso en Etiopía.

Según el gobierno, el instituto utilizó “información sin verificar y que es imposible de verificar”.

Y en una respuesta a la Embajada de Etiopía en Gran Bretaña, el instituto cuestionó la afirmación del gobierno etíope de que el desarrollo actual mejora el estándar de vida del país.

Según Yared Hailemariam, la propiedad estatal de la tierra contribuye a la pobreza y a la desigualdad.

La trágica noticia de la masacre en Libia coincidió con ataques xenófobos contra emigrantes etíopes en Sudáfrica hace unos días, que incluyó el saqueo y la quema de inmuebles. También hay un gran número de ciudadanos de este país atrapados en el conflicto en Yemen, según informa la prensa estatal.

 

Chalachew Tadesse/IPS*

*Traducción de Verónica Firme

[Sección: Línea Global]

 

 

 

Contralínea 438 / del 01 al 07 de Junio 2015

 

 

 

 

 

 

 

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