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Es fundamental la distinción entre dirección política y trabajo oficinesco.

Max Weber, “La futura reforma constitucional”, Escritos políticos

Enrique Peña no ha leído textos políticos. Mucho menos los ha estudiado. Vamos, ni siquiera La Biblia en sus años escolares –de la primaria a la universidad del Opus Dei, la Panamericana–, para obtener lecciones de po-lí-ti-ca; o los evangelios, incluyendo el del asesor de Jesús, Judas Iscariote, revelado por la investigación de Rodolphe Kasser, Marvin Meyer y Gregor Wurst en una edición-libro de National Geographic de 2006. Ni siquiera ese texto que presumió haber “leído” fue comprendido. Y por eso es que el último hijo de Atlacomulco es totalmente incompetente en política como quehacer para dirigir al Estado federal a través de uno de sus poderes clave: la Presidencia de la República; y al que lleva a la centralización con medidas de regreso al Estado unitario, sitiado por la creciente y cuantitativa inseguridad sangrienta y secuestradora que ha estallado como incontenible malestar social y político por lo de Tlatlaya y Ayotzinapa.

Hay que dejar muy en claro que no es una revuelta lo que encabezan los padres de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que fueron atrapados por funcionarios municipales, con la complicidad del exdesgobernador Ángel Aguirre, policías, militares y la delincuencia organizada, que ya domina a más de la mitad de nuestro territorio. Territorio que quedó atrapado en manos de las delincuencias y sus complicidades, a diestra y siniestra de todos los aparatos burocráticos en las entidades víctimas de la fallida “estrategia” calderonista, copiada, además, al pie de la letra por el peñismo.

La nación sobrevive al margen del estado de derecho. Han perdido vigencia el orden constitucional y sus leyes reglamentarias. Los desgobernadores se han convertido en rateros con impunidad y dejan que los narcotraficantes gobiernen con sus abusos a la par de los abusos de los funcionarios. Y Peña ha resultado absolutamente incapaz, incompetente y ha sido rebasado, pues supuso que aún estaba presidiendo al Estado autoritario. Y que cualquier improvisado –como él– políticamente inmaduro e impreparado podría “mover” a la sociedad y ha conducido la nave estatal al naufragio. Quiso “mover a México” paralizándolo fiscal, financiera y económicamente.

En los 2 años que ha durado su ascenso al trono, van más de 40 mil homicidios. Y como si fuera el Día de los Inocentes, las cuentas alegres de Gobernación-Miguel Ángel Osorio Chong aseguran que todos los delitos han ido a la baja (Fabiola Martínez, La Jornada, 27 de diciembre de 2014). Son mentiras, pues la criminalidad y sus consecuencias informan, en las organizaciones no gubernamentales y otros reportes ciudadanos, que los mexicanos estamos siendo exterminados, secuestrados, desaparecidos y enterrados en fosas clandestinas por funcionarios matones, desgobernadores rateros, narcotraficantes, ladrones, soldados que obedecen órdenes de sus superiores, marinos violadores de mujeres… todos juntos en la cloaca de la impunidad, donde también naufragan las 11 reformas de las que se vanagloria Peña. Ninguna de ellas está operando, porque no quiso someterlas a consultas, en complicidad con la Suprema Corte de Justicia de la Nación conformada por serviles ministros, para seguir apuntalando una democracia sorda que no gobierna en beneficio del pueblo pero sí para los ricos, millonarios y su único multimillonario.

Peña se niega a rendirse a la necesaria, indispensable e impostergable reforma para separar a los siameses jefe de gobierno y jefe de Estado de la Presidencia sexenal y monárquica en manos de un solo individuo. Y éste actualmente es Peña, quien nada tiene de político ni sabe de política democratizadora para “resolver con más democracia los problemas de la democracia”. De persistir en su necedad, el autoritarismo de su Presidencia llevará a la nación a la necesidad imperativa de enfrentarlo por medio de una revolución que ya inician las minorías. Y para contrarrestarlas, implantará un golpismo militar-marino, pues los secretarios de la Defensa y Marina ya alzaron sus voces con amenazas por cumplirse; o amarrarán despotismo y oligarquía en un régimen autocrático que cancele derechos humanos y garantías.

Peña, Luis Videgaray y Osorio actúan como un trío de oficina para administrar las muchas crisis que ahogan al país. Confunden lo “oficinesco” con la dirección política que combina la democracia representativa con la democracia directa, pues éstas son vasos comunicantes entre el pueblo y los gobernantes, si es que el Estado, con sus medios jurídicos, es capaz de implantar la máxima seguridad, el máximo empleo, la mayor distribución de la riqueza para reducir la desigualdad; y asimismo implantar cero impunidad, rendición de cuentas y sanciones al tráfico de influencias. De lo contrario, cuando las manifestaciones contra el mal gobierno peñista son patentes, se vislumbran revueltas. Y contra éstas, las represiones anunciadas por Peña.

Álvaro Cepeda Neri*

*Periodista

 

 

 Contralínea 425 / del 22 de Febrero al 28 de Febrero 2015

 

 

 

 

 

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