Autor:

José Carlos García Fajardo/Centro de Colaboraciones Solidarias

Para un número creciente de jóvenes indígenas estadunidenses y canadienses, el suicidio es la única salida que encuentran ante una vida que para ellos ha perdido significado. Los suicidas representan el 1 por ciento de todas las muertes en Norteamérica, pero la realidad es que cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo, y cada 3 segundos otra lo intenta, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El suicidio es la segunda causa de fallecimiento de los jóvenes, tras los accidentes de tráfico. Le siguen las personas muy ancianas que ya no se soportan ante una enfermedad discapacitante o de dolor insoportable creyéndose una carga para los demás, cuando no es sino el rechazo de una soledad insoportable.

Muchos suicidas han sucumbido a la desesperanza, más que a la desesperación. Como sucede con muchas personas que mueren en accidentes de tráfico o víctimas de toxicomanías, o en enajenaciones que a tantos llevan a engrosar las filas de ejércitos, de guerrillas o de mafias urbanas. Pálidas alternativas para unas vidas a las que no han encontrado un sentido, el suyo, no el impuesto por una sociedad, una religión, otra ideología, o por una presión ambiental insoportable para quienes ya no pueden dialogar ni con ellos mismos.

Esta denuncia de la OMS quiere cambiar las actitudes sociales que consideran el tema como un tabú del que no conviene hablar. Como si fuera algo vergonzante, no sólo para el protagonista sino para su familia y para su entorno, como lo fueron las enfermedades de transmisión sexual, la esquizofrenia, el alcoholismo, la homosexualidad, las relaciones prematrimoniales o con familiares próximos, o como la depresión. El descubrimiento de los fármacos antidepresivos hizo descender las cifras de suicidio en muchos países.

El elevado número de suicidios entre los indígenas se da no sólo en Estados Unidos y en Canadá, sino en muchos otros países del Continente Americano. Pero en el Norte han acometido el estudio de esta plaga silenciosa que hay que tratar como una epidemia. Cuentan mucho el desarraigo y la estructura desintegrada de muchas culturas autóctonas tradicionales. Mientras estas hecatombes se producían en los países empobrecidos del Sur, parecían no afectarnos en las antiguas metrópolis. Ahora producen alarma social en las capitales de países africanos y asiáticos, y no afecta sólo a las personas hacinadas en barrios marginales sino que es una de las mayores afecciones entre la población universitaria. Jóvenes, que han alcanzado ese estadio sostenidos por sus familias y comunidades como esperanza salvadora para todos, no soportan la presión y sucumben recurriendo a la droga, a la depresión y al suicidio.

Los instintos ya no le indican al hombre lo que tiene que hacer, y las tradiciones no le muestran lo que debe de hacer, hasta el punto de que muchas personas ya no saben lo que quieren hacer. De ahí, el hacer sólo lo que los demás quieren o empeñarse en querer lo que hacen los demás, son ambas formas enajenantes en la sumisión o en el conformismo. Pero el fenómeno que se atribuía al desarraigo en las inhumanas ciudades de los países descolonizados, lo llevan consigo muchos emigrantes que sucumben ante el desgarramiento entre lo que soñaron en sus lugares de origen y la realidad que encuentran en los paraísos donde no eran esperados ni se sienten queridos. La epidemia del suicidio se gesta en una sociedad excluyente, en unas formas de vida aceleradas, deshumanizadas, en las que todo parece poder comprarse, en donde la búsqueda del placer como único fin da el salto a una búsqueda de poder como única forma de supervivencia. En nuestros días, muchos no necesitan ni el cielo como recompensa ni el infierno como castigo, sino saberse queridos y respetados aquí y ahora, en primer lugar por nosotros mismos.

Vivir con voluntad de sentido, porque no se trata de dar sentido a la vida o de aceptar el que nos impongan, sino de descubrirlo en nosotros mismos. Para eso necesitamos ayuda y apoyarnos solidariamente, no sólo en los demás sino en las instituciones sociales que tienen su razón de ser en la felicidad y el bienestar de los ciudadanos. En la que la educación debe ser el motor fundamental que nos ayude a descubrir en cada situación el desafío para asumir la responsabilidad que nos corresponde.

Ser uno mismo significa aceptarse y quererse para actuar con responsabilidad, aunque el suicidio suponga para muchos, en palabras de Erasmo de Roterdam, “una forma de manejar el cansancio de la vida”.

José Carlos García Fajardo/Centro de Colaboraciones Solidarias

*Profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid; director del Centro de Colaboraciones Solidarias

 

 

 Contralínea 423 / del 08 al 14 de Febrero 2015

 

 

 

 

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