Autor:

Roberto Savio*/IPS

San Salvador, Salvador, Bahamas. Cada día recibimos datos sorprendentes que deberían crear alboroto y desencadenar acciones. En cambio, la vida transcurre como si esos datos nada tuviesen que ver con nuestras vida. Un buen ejemplo es el cambio climático. Bien sabemos que se nos está acabando el tiempo. Es nada menos que nuestro planeta lo que está en juego. Pero algunas grandes compañías energéticas son capaces de escabullirse en medio del silencio ensordecedor de la humanidad.

Recientemente hemos recibido otros dos datos sorprendentes. Desde el comienzo de la crisis financiera, en 2008, los grandes bancos han pagado la asombrosa cantidad de 178 mil millones de dólares en multas: los bancos estadunidenses pagaron 115 mil millones y los europeos 63 mil millones. Pero, como escribe el analista Sital Patel, de Market Watch, estas penalizaciones son consideradas parte del costo de hacer negocios. En parte porque ningún banquero ha sido incriminado a título personal.

Otros datos escalofriantes provienen de Oxfam (organización no gubernamental con sede en Gran Bretaña, integrada por 17 organizaciones que trabajan en unos 90 países en la búsqueda de soluciones a la pobreza y a la injusticia): si nada se hace, en 2 años el 1 por ciento más rico de la población mundial poseerá una riqueza mayor que la del restante 99 por ciento. A una velocidad sin precedentes, los más ricos se están convirtiendo en todavía más ricos y los pobres en más pobres. En el último año, lo que posee este 1 por ciento aumentó de 44 a 48 por ciento de la riqueza mundial. Por lo tanto, en 2016, tendrán más que la suma de lo que posee el 99 por ciento restante.

Los 80 multimillonarios que encabezan la lista incrementaron su riqueza en 600 mil millones de dólares en los últimos 4 años, una cantidad que equivale a la suma de los presupuestos de 11 países del mundo con una población colectiva de 2 mil 300 millones de personas.

Esta enorme y rápida concentración tiene un impacto mundial. El desempleo de 40 por ciento de los jóvenes en varios países es el llamado de alarma de esta succión al vacío.

Las nuevas generaciones enfrentan un destino mucho peor que el de sus padres. Actualmente, 79 por ciento de la población mundial posee sólo 5.5 por ciento de la riqueza mundial. Su participación se ha reducido en 750 mil millones de dólares en 4 años.

Puede ser que pase algún tiempo antes de que esas cifras entren en la conciencia colectiva. Sin embargo, lo seguro es apostar que no van a provocar ninguna reacción, como en el caso del cambio climático. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es el único líder mundial que ha anunciado un aumento de impuestos a los ricos, que probablemente será rechazado por la mayoría legislativa del opositor y derechista Partido Republicano.

Bien podemos considerar al expresidente estadunidense Ronald Reagan (1981-1989) como un precursor de estos tiempos, con su famosa declaración: los ricos producen riqueza, los pobres generan pobreza, por lo que hay que permitir que los ricos paguen menos impuestos.

En efecto, el Instituto Americano de Tributación y Política Económica señala que, en 2015, los impuestos que pagará la quinta parte más pobre de los estadunidenses equivaldrán a 10.9 por ciento de sus ingresos, los que pagará el quinto del centro equivaldrán a 9.4 por ciento, y el famoso 1 por ciento pagará tan solo 5.4 por ciento.

Ahora bien, 20 por ciento de los multimillonarios más ricos están vinculados al sector financiero, que crece más que la economía real y tiene sólo regulaciones nacionales. A nivel mundial, las finanzas son la única actividad que está libre de un organismo internacional de regulación, a diferencia del trabajo, el comercio, las comunicaciones.

En un nivel nacional existen tibios intentos para regular las finanzas. Sin embargo, veamos lo que ocurre en Estados Unidos: la nueva regulación, llamada Dodd-Frank, es tan débil que no ha llegado a restaurar la división entre los bancos de depósito, donde el dinero de las cuentas de los ciudadanos no puede ser utilizado en especulaciones y en los bancos de inversiones, especializados en especulaciones financieras. Esta separación fue abolida durante la administración de Bill Clinton (1993-2001), y la decisión ha sido considerada el fin del sistema bancario al servicio de la economía real. De todos modos, los grupos de presión de Wall Street están tratando de diluir, poco a poco, la ley Dodd-Frank.

Hay una cierta esquizofrenia cuando observamos las relaciones entre el capital y la política. La Corte Suprema de Justicia estadunidense eliminó todo límite a las contribuciones de las empresas a las elecciones políticas, declarando que las empresas tienen los mismos derechos que los individuos. Según The New York Times del 16 de enero pasado, en 2013 las contribuciones privadas al sistema político fueron de 1 mil 200 millones de dólares. La última elección costó 2 mil millones de dólares.

La democracia garantiza que todos los ciudadanos pueden ser candidatos a los cargos públicos. Sin embargo, en la actualidad no se puede postular al cargo de senador sin contar con al menos 40 millones de dólares.

Los bancos no sólo son responsables por la corrupción del sistema político y por actividades ilegales. También son responsables por privilegiar a los grandes inversores y restringir el crédito a las pequeñas y medianas empresas. Los esfuerzos del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, para que los bancos den crédito a las pequeñas empresas y a particulares, no condujeron prácticamente a nada.

Pero una nueva e imaginativa iniciativa proviene de los muy severos banqueros holandeses: desde 2016 se requerirá a todos los banqueros de Holanda que presten un juramento: “Juro que voy a tratar de mantener y promover la confianza en el sector financiero. ¡Qué Dios me ayude!”. Esta iniciativa llena un vacío: coloca a Dios como el regulador del sistema bancario holandés.

Durante la crisis financiera, Lloyd Blankfein, presidente ejecutivo del banco de inversión Goldman Sachs, dijo que los banqueros estaban haciendo la obra de Dios…

Wall Street y la City londinense están dispuestos a aceptar la idea de introducir el juramento.

Probablemente, sólo esa clase de poder superior podría cambiar el rumbo en este mundo de creciente desigualdad y carencia de ética.

Roberto Savio*/IPS

*Fundador de la agencia IPS y editor de Other News

 

 

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