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La crisis que atraviesa el aparato estatal estadunidense amenaza directamente la supervivencia del imperio. Se trata del tema que hace temblar a la clase dirigente en Washington, tanto que el presidente honorario del Council on Foreign Relations está exigiendo la renuncia de los principales consejeros del presidente Obama y la nominación de un nuevo equipo de gobierno. Este conflicto no tiene nada que ver con la normal oposición entre demócratas y republicanos, ni siquiera con la que existe entre palomas y halcones. Lo que está en peligro es el liderazgo en Estados Unidos y la OTAN

 Thierry Meyssan/Red Voltaire
 
 
Damasco, Siria. Hace meses que se señala que ya no hay política exterior en Washington sino dos facciones que se oponen en todo y que están aplicando, por separado, políticas contradictorias e incluso incompatibles.
 
Esta situación alcanzó su momento culminante en Siria, donde la Casa Blanca organizó primeramente la muda de piel del Emirato Islámico, lo envió a Irak para emprender la limpieza étnica y después comenzó a combatirlo, mientras que la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) sigue apoyándolo. Esta incoherencia ha contagiado poco a poco a los aliados de Washington. Francia, por ejemplo, se unió a la coalición conformada para luchar contra el Emirato Islámico mientras que miembros de su Legión Extranjera forman parte de la oficialidad de ese grupo yihadista.
 
Cuando el exsecretario de Defensa Chuck Hagel pidió una clarificación escrita, no sólo no recibió respuesta, sino que además fue expulsado de la administración.
 
El desorden se extendió rápidamente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), alianza creada para luchar contra la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y mantenida en contra de Rusia, cuando el presidente turco Recep Tayyip Erdogan firmó gigantescos acuerdos económicos con Vladimir Putin.
 
Saliendo de su silencio, el presidente honorario del Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations, CFR), Leslie H Gelb, ha dado el toque de alarma.
 
Según Gelb, “el equipo de [Barack] Obama carece de los instintos básicos y del juicio necesarios para dirigir la política de seguridad nacional durante los 2 próximos años”. Y luego dice, en nombre de todo el conjunto de la clase dirigente estadunidense:
 
“El presidente Obama tiene que reemplazar su equipo por personalidades fuertes y estrategas experimentados. También tiene que poner nuevas personas como consejeros principales de los secretarios de Defensa y de Estado. Y, finalmente, tiene que instaurar consultas periódicas con Bob Corker, el presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, y con John McCain, el presidente de la Comisión de los Servicios Armados.”
 
Nunca antes, desde su creación en 1921, el CFR había adoptado este tipo de actitud. Y es que la división reinante en el seno del aparato estatal federal conduce directamente a la pérdida de la influencia de Estados Unidos.
 
Al enumerar los principales consejeros que, en su opinión, tendrían que irse, Gelb menciona a cuatro personas intelectual y afectivamente muy cercanas al presidente: Susan Rice, consejera de Seguridad Nacional; Dennis McDonough, director del equipo de la Casa Blanca; Benjamin Rhodes, a cargo de las relaciones con los medios de prensa, y Valerie Jarrett, consejera de política exterior. La clase dirigente de Washington les reprocha su total ausencia de proposiciones originales al presidente y también que nunca lo contradicen, limitándose a confirmar los prejuicios del principal mandatario.
 
La única personalidad que el Council on Foreign Relations ve con buenos ojos es Anthony Blinken, un halcón liberal, quien funge como nuevo segundo al mando en el Departamento de Estado.
 
Como el CFR es un órgano bipartidista, Gelb propone que el presidente Obama se rodee de cuatro demócratas y cuatro republicanos correspondientes al perfil anteriormente descrito. Aparecen primero los demócratas Thomas Pickering, exembajador en la Organización de las Naciones Unidas; Winston Lord, exasistente de Henry Kissinger; Frank Wisner, uno de los patrones no oficiales de la CIA y, dicho sea de paso, padre adoptivo del expresidente francés Nicolas Sarkozy; y Michele Flournoy, presidenta del Center for a New American Security. Vienen después los republicanos Robert Zoellick, exjefe del Banco Mundial; Richard Armitage, exasistente de Colin Powell; Robert Kimmitt, probablemente el próximo patrón del Banco Mundial; y Richard Burt, exrrepresentante de Estados Unidos en las negociaciones sobre la reducción del armamento nuclear.
 
 
En la Secretaría de Defensa, Gelb propone al rabino Dov Zakheim para que maneje las reducciones del presupuesto; el almirante Mike Mullen, exjefe del Estado Mayor Conjunto; y el general Jack Keane, exjefe del Estado Mayor del Ejército.
 
Para terminar, Gelb propone que la estrategia de seguridad nacional se elabore en coordinación con cuatro sabios: Henry Kissinger, Brent Scowcroft, Zbigniew Brzezinski y James Baker.
 
Al analizar esta lista, puede verse que el CFR no quiso optar por uno de los dos grupos que actualmente se enfrentan en el seno de la administración, sino que quiere poner orden desde arriba.
 
Por cierto, no está de más observar que en un país hasta ahora dirigido por los WASP (White Anglo-Saxon Protestant, es decir, blancos anglosajones protestantes, dos de los consejeros cuyo despido se exige son mujeres negras, mientras que 14 de los 15 personajes cuya entrada se propone a la administración de Obama son hombres blancos protestantes o judíos askenazis. El reordenamiento político es también una recuperación del control en el plano étnico y religioso.
 
 
 
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