Autor:

Roberto Savio*/IPS

San Salvador, Bahamas. Es triste ver cómo un continente que fue cuna de varias civilizaciones está marchando ciegamente hacia una trampa: la de una guerra santa contra el Islam. Para eso bastaron tres terroristas musulmanes y un ataque asesino al semanario parisino Charlie Hebdo.

Es necesario salir de la comprensible oleada del “todos somos Charlie Hebdo” para examinar los hechos y entender que estamos en manos de unos pocos extremistas, colocándonos en su mismo nivel.

La radicalización del conflicto entre Occidente y el Islam va a tener consecuencias terribles.

El Islam es la segunda religión del mundo: abarca 1 mil 600 millones de personas. Los musulmanes son mayoría en 49 países del mundo y constituyen 23 por ciento de la humanidad.

En este cuadro, los árabes son sólo 317 millones de los 1 mil 600 millones. Casi dos tercios de los musulmanes (62 por ciento) viven en la región Asia-Pacífico.

Estudios del Centro de Investigación Pew, sobre el mundo musulmán, indican que los musulmanes del Sur de Asia son más radicales en cuanto a la observancia y puntos de vista religiosos.

En el Sur de Asia, 81 por ciento está de acuerdo con el castigo corporal severo para los criminales, frente a 57 por ciento en Oriente Medio y Norte de África. A favor de la ejecución de los que renuncian al Islam está el 76 por ciento en Asia del Sur, frente a 56 por ciento en Oriente Medio.

Por lo tanto, es claro que la historia de Oriente Medio explica la especificidad de los árabes en el conflicto con Occidente.

He aquí las cuatro principales razones:

Primero, todos los países árabes son artificiales. En mayo de 1916, François Georges-Picot, por Francia, y Mark Sykes, por Gran Bretaña, acordaron cómo repartirse el Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), mediante un tratado secreto que contó con el apoyo del Imperio Ruso y el reino de Italia.

Así, los países árabes actuales nacieron como resultado de un reparto entre Francia y Gran Bretaña sin considerar las realidades étnicas, religiosas o históricas. Algunos de esos países, como Egipto, tenían una identidad histórica, mientras no la tenían los otros, como Arabia Saudita, Jordania, Irak, o incluso los Emiratos Árabes Unidos.

Vale la pena recordar que el problema de los 30 millones de kurdos divididos entre cuatro países también fue creado por las potencias europeas.

Segundo, las potencias coloniales instalaron reyes y jeques en los países que crearon. Para dirigir estos Estados artificiales se exigió mano dura. Por lo tanto, desde el principio hubo una falta total de participación ciudadana en un sistema político que estaba fuera de sintonía con el proceso democrático que estaba en curso en Europa.

Con la bendición europea, estos países quedaron congelados en la época feudal.

Tercero, las potencias europeas nunca hicieron inversiones en el desarrollo industrial o en un verdadero desarrollo. La explotación del petróleo estaba en manos de empresas extranjeras y sólo después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el consiguiente proceso de descolonización, el petróleo quedó en manos locales.

Cuando las potencias coloniales se retiraron, los países árabes no tenían un sistema político, infraestructuras y gestión local modernas. Cuando Italia abandonó Libia (sin saber que tenía petróleo), únicamente tres libios tenían grado universitario.

Cuarto, en los Estados que no proporcionaron educación y salud a sus ciudadanos, la piedad musulmana asumió la tarea de dar aquello que el Estado negaba. Fueron creadas grandes redes de escuelas religiosas y hospitales.

Cuando las elecciones fueron finalmente autorizadas, éstas se convirtieron en la base de la legitimidad y el voto para los partidos musulmanes.

Por tomar el ejemplo de dos países importantes, Argelia y Egipto, donde los partidos islamistas ganaron, los golpes militares con la connivencia de Occidente pasaron a ser el único recurso para detenerlos.

Esta síntesis de tantas décadas en pocas líneas es por supuesto superficial y omite muchas otras cuestiones. Pero este proceso histórico abreviado es útil para la comprensión de cómo la ira y la frustración cunde ahora por todo Oriente Medio y la forma que asume la atracción hacia el movimiento extremista Estado Islámico en los sectores pobres.

No debemos olvidar que este trasfondo histórico, aunque remoto para los jóvenes, se mantiene vivo debido a la dominación israelí del pueblo palestino. El apoyo ciego de Occidente a Israel, especialmente de Estados Unidos, es visto por los árabes como una humillación permanente, y la expansión de los asentamientos continúa eliminando la posibilidad de un Estado palestino viable.

El bombardeo de Gaza en julio y agosto de 2014, que produjo una débil protesta de Occidente y ninguna acción real, es la prueba clara para el mundo árabe de que la intención es mantenerlos sometidos, aliándose sólo con corruptos y legitimando gobernantes indeseables.

La intervención occidental continúa en Líbano, Irak y Siria, y naves teledirigidas que bombardean por doquier son percibidas por los 1 mil 600 millones de musulmanes como un Occidente históricamente comprometido en mantener doblegado al Islam, como observa en su conclusión el informe de Pew.

Hay que recordar que el Islam tiene varias prácticas internas, entre las cuales la división entre sunitas y chiítas es sólo la mayor. Mientras que entre los árabes al menos 40 por ciento de los sunitas no reconoce a un chiíta como otro musulmán, fuera de la zona árabe esto tiende a desaparecer.

En Indonesia sólo el 26 por ciento se identifica como sunita, mientras 56 por ciento se califica de “tan sólo musulmán”. En el mundo árabe sólo Irak y Líbano, donde las dos comunidades vivían lado a lado, la gran mayoría de los sunitas reconocían a los chiítas como otro musulmán.

El hecho de que los chiítas, que representan sólo 13 por ciento de los musulmanes, sean inmensa mayoría en Irán, mientras que Arabia Saudita lidere la corriente sunita, explica el conflicto interno en curso en la región, convulsionada por los dos liderazgos.

Al-Qaeda en Mesopotamia, entonces encabezada por el jordano Abu Musab al Zarqaui (1966–2006), impuso con éxito una política de polarización en Irak, atacando a los chiítas, que causó una limpieza étnica de 1 millón de sunitas de Bagdad.

Ahora el Estado Islámico, el califato radical que al igual que Occidente está desafiando a todo el mundo árabe, ha atraído a muchos sunitas de Irak que habían sufrido represalias por parte de los chiítas.

El hecho es que cientos de árabes mueren cotidianamente debido al conflicto interno.

Los terroristas que han atacado a Occidente en Ottawa, en Londres o en París, tienen el mismo perfil: un joven nacido en el país, que no proviene de países árabes, que no era religioso durante su adolescencia, que de alguna manera es un solitario a la deriva, y que no encuentra un trabajo.

En casi todos los casos ese joven tenía alguna cuenta con la justicia. Sólo en los últimos años se convirtió en un practicante que aceptó los llamamientos del Estado Islámico para matar infieles. En su opinión, con esto encontraría una justificación a su vida y se convertiría en un mártir en otro mundo.

La reacción a todo esto ha sido una nueva campaña en Occidente contra el Islam. En uno de sus más recientes números, la revista The New Yorker publicó un duro artículo que define al Islam no como una religión, sino como una ideología.

En Italia, la Liga Norte, el partido derechista antinmigrantes, condenó públicamente al papa Francisco por invitar al Islam a un diálogo, y el comentarista conservador Giuliano Ferrara dijo por televisión que “nos encontramos en una guerra santa”.

La reacción global europea y estadunidense ha sido denunciar los asesinatos de París como el resultado de una “ideología mortal”, como la definió el presidente francés, François Hollande.

Estudios realizados en toda Europa indican que la inmensa mayoría de los inmigrantes se han integrado con éxito en la economía.

Informes de la Organización de las Naciones Unidas también demuestran que Europa, con su declive demográfico, necesita una inmigración de, al menos, 20 millones de personas para 2050 si quiere que sobreviva su modelo de bienestar social y ser competitiva en el mundo.

Sin embargo, ¿qué estamos logrando? Los partidos de derecha xenófoba han condicionado en Europa a los gobiernos de Dinamarca, Gran Bretaña, Holanda y Suecia, y parecen a punto de ganar las próximas elecciones en Francia.

Aunque por supuesto que lo que pasó en París fue un crimen atroz y la libre expresión de opiniones es esencial para la democracia, hay que añadir que muy pocos alguna vez han leído Charlie Hebdo y conocen su nivel de provocación.

Sobre todo porque, como Tariq Ramadan señaló en The Guardian el 10 de enero, en 2008 el Hebdo despidió a un dibujante que hizo una broma sobre un vínculo judío del hijo del expresidente Sarkozy.

Charlie Hebdo es una voz en defensa de la superioridad y la supremacía cultural de Francia en el mundo. Contaba con un pequeño número de lectores que obtuvo vendiendo provocaciones. Exactamente lo contrario de la visión de un mundo basado en el respeto y la cooperación entre las diferentes culturas y religiones.

Pero ahora “todos somos Charlie”, como el mundo entero está diciendo. Sin embargo, radicalizar el choque entre las dos religiones más grandes del planeta no es un asunto menor.

Debemos luchar contra el terrorismo, sea este musulmán o no. Hay que recordar que Anders Behring Breivik, un noruego que quería mantener su país a salvo de la penetración musulmana, asesinó a 91 de sus conciudadanos en 2011.

No obstante, estamos cayendo en una trampa mortal al hacer exactamente lo que quiere el islamismo radical. Declarar una guerra santa contra el Islam equivaldría a empujar a la inmensa mayoría de los musulmanes hacia la radicalización.

El hecho de que los partidos europeos de extrema derecha cosechen los beneficios de esta radicalización es muy bienvenido por los musulmanes radicales. Ellos sueñan con una lucha mundial para imponer el Islam como la única religión. Y no cualquier Islam, sino la interpretación fundamentalista del sunismo.

En lugar de adoptar una estrategia de aislamiento, nos estamos comprometiendo con una política de enfrentamiento. Las pérdidas de vidas el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York han sido minúsculas en comparación con lo que está pasando en el mundo árabe, donde en un sólo país, Siria, 50 mil personas perdieron la vida en 2014.

¿Cómo podemos caer ciegamente en una trampa, sin darnos cuenta de que estamos participando en un terrible conflicto a escala mundial?

Roberto Savio*/IPS

*Periodista

 

 

 

Contralínea 422 / del 01 al 08 de Febrero 2015

 

 

 

 

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