Autor:

A finales de septiembre de 2014 policías municipales dispararon a matar contra normalistas de Ayotzinapa. Seis personas fueron asesinadas, entre ellas Daniel Solís Gallardo, joven de 18 años de edad originario de Zihuatanejo, quien quedó tendido sobre el pavimento. En el mismo hecho, 43 futuros profesores rurales fueron desaparecidos. Por los efectos propios de la desaparición forzada, los muertos de Iguala quedaron sepultados no sólo por la tierra arrojada sobre el ataúd, sino por el colectivo que se volcó en la demanda de presentación con vida de los 43. Poco se habla de los ejecutados. Ésta es la historia de Daniel, el joven que, siempre amigable con los niños, deseaba ejercer como maestro

Su último aliento llegó sorpresiva y prematuramente. Aunque la esperanza de vida de la población mexicana supera los 70 años de edad –aún con los altos niveles de violencia que azotan el país–, Daniel Solís Gallardo, alumno de primer grado de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, ubicada en Guerrero, sólo alcanzó a rayar la adultez.

Acorde con esta estimación, a Daniel le habrían arrebatado tres cuartas partes de vida con todo lo que ello implica: sueños truncos; una familia suspendida en el dolor.

A los 18 años, su cuerpo, ya sin respiro, quedó tendido sobre el pavimento de una de las calles principales de Iguala de la Independencia, el lugar en donde 193 años atrás se reconoció a México como país independiente. Una muerte violenta; no por enfermedad ni por accidente.

Era la noche del 26 de septiembre de 2014. Los policías de Iguala dispararon a matar contra los futuros profesores rurales. Daniel, alcanzado por varios impactos de bala, fue el primero en caer; su sangre derramada, en el primero de tres ataques. El muchacho formaba parte de la brigada estudiantil que recolectaba recursos para el sostén de su escuela: la Ayotzinapa de techos húmedos y paredes carcomidas como consecuencia del abandono y saboteo gubernamental.

Los sobrevivientes del ataque han dado cuenta de los hechos de aquella noche. Con su relato reconstruyen la historia de un México violento, que dista del país que presenta la diplomacia.

Entre la lluvia de proyectiles –más de 400 ráfagas– comprados con dinero del erario para la seguridad pública, los estudiantes inermes resultaron blanco fácil.

Las balas pudieron haber alcanzado a cualquiera, pero se estamparon justo contra Daniel, el joven que, inspirado en su simpatía por los infantes, deseaba ejercer como maestro. ¿Y por qué formarse precisamente en Ayotzinapa? Porque sus tíos y primos que han egresado de ahí le platicaron que “de esa escuela salen bien preparados para profesores”, refiere su padre.

Daniel yacía muerto en Iguala cuando su familia, a casi 300 kilómetros de distancia, ya lo esperaba en casa: una humilde vivienda de paredes de madera y techo de lámina galvanizada plantada en el municipio de Zihuatanejo. Dos días antes, el normalista rural había llamado a sus padres, Inés Gallardo y Jaime Solís, para decirles que posiblemente los visitaría el fin de semana. La noche del viernes 26 de septiembre llegó sin que ellos tuvieran noticias de él. “Yo creo que Dani ya no va a venir”, dijo Javier. Enseguida se refugió en el calor del lecho sin imaginar siquiera lo que había ocurrido. El sueño lo venció.

Al día siguiente, en vez de Daniel, llegaron las malas noticias al hogar. Ante el horror del hijo asesinado, Inés y Jaime se ampararon en la incredulidad. Confiaban en que fuese un error; en que, en el peor de los casos, el mayor de sus tres hijos (dos varones y una mujer) estuviese tan sólo herido.

Su esperanza se alimentó cuando al llegar a la Normal Rural de Ayotzinapa tuvieron acceso a un periódico que, en medio de la confusión inicial, no mencionaba el nombre de Daniel entre los caídos en Iguala. Pronto el anhelo se les desplomó. Bryan, un muchacho cercano a la familia que también estudia en la Escuela Normal Rural y que fue uno de los que sobrevivió al ataque policial, les confirmó el violento fallecimiento de Daniel. Él mismo lo vio caer.

Una de las cosas más dolorosas de esta experiencia, dice Inés, es saber que los policías son responsables: “Nos duele porque uno supuestamente está respaldado por policías. Si te pasa algo vas y te quejas, te refugias en ellos, y ahorita ellos te atacan por un sueldo”.

Los hechos violentos en Iguala que tuvieron lugar entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 no sólo acabaron con la vida de Daniel. Derivaron en el asesinato de cinco personas más, entre ellas otros dos estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa Julio César Ramírez Nava y Julio César Mondragón.

A esas ejecuciones se adhiere la desaparición forzada –aquella que es obra de agentes del Estado o de personas o grupos que actúan con su autorización, apoyo o aquiescencia– de 43 jóvenes normalistas de los que aún no hay noticia, no obstante que han transcurrido casi 4 meses de los hechos violentos. En este tiempo se ha logrado determinar tan sólo la muerte de Alexander Mora Venancio, uno de ellos. El pasado 5 de diciembre, Ezequiel Mora, su padre, recibió la noticia de voz de los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense, con base en los estudios de ADN realizados en el laboratorio de genética de la Universidad de Medicina de Innsbruck, ubicada en Austria.

Por los efectos propios de la desaparición forzada –la constante incertidumbre tras la incógnita de la suerte y paradero del ser querido, la necesidad urgente de encontrarlo como una garantía de vida–, los muertos de Iguala quedaron ahí, sepultados no sólo por la tierra arrojada sobre sus ataúdes, sino por el colectivo que se volcó en la demanda de la presentación inmediata de los 43. Un escenario muy distinto al de 2011, en donde el clamor generalizado tuvo eco en la exigencia de justicia por los asesinatos, igualmente a manos de servidores públicos, de Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús, también alumnos de Ayotzinapa .

Además de los desaparecidos, los muertos también duelen, aún ante la presencia del cuerpo inerte; aún ante la certeza de que están ahí, enterrados pero ahí…

Como parte de la exigencia de justicia, Inés Gallardo y Jaime Solís, padres de Daniel, recorrieron juntos el centro Zihuatanejo.

Durante el trayecto por las calles rústicas, permanecieron prendidos a una lona de tintes rojos, negros y blancos. En el lienzo se plasmó el rostro de su hijo Daniel Solís Gallardo –cara ovalada, labios gruesos, ojos rasgados–, acompañado de la rúbrica: “¡Exijo justicia!”.

En la caminata –realizada en el marco de las actividades de la Brigada Nacional por la Presentación con Vida de los 43 Normalistas de Ayotzinapa Desaparecidos que tuvo lugar a finales de 2014– participó también una comitiva de padres y madres de familia de los muchachos de Ayotzinapa víctimas de desaparición forzada, así como pobladores del lugar que eligieron no ser ajenos al dolor del otro.

Como colofón del andar, Inés dirigió un mensaje a los presentes. Antes de que el llanto ahogara su tibia voz, la mujer alcanzó a pronunciar: “Quiero decirles que los alumnos de Ayotzinapa son rectos, no tienen ningún mal. Mi hijo estudió aquí en la Carolina Colorado de Ramírez, [escuela secundaria situada en la localidad de Zihuatanejo]. Decían que había muchachos mariguanos y no es cierto. Estudió en la prepa 13 [de la Universidad Autónoma de Guerrero] y también decían que de ahí salen muchachos que no van a salir adelante; no es cierto. Él llego a la Normal donde hay muchachos muy inteligentes que quieren servir a su pueblo nada más. En Ayotzi no está cualquier muchacho. Está el que quiere servir al pueblo”.

Un chavo amiguero, tranquilo, responsable y deportista, así define Inés al ser que durante 9 meses le hinchó el vientre: su primogénito. Ahora sólo le quedan los recuerdos de los fines de semana de futbol, de las vacaciones con los abuelos, de las travesuras de adolescente, del cómo Daniel cooperaba con las actividades del hogar.

La rabia y el dolor enquistados no desaparecen, tal vez nunca lo hagan. No obstante, esta mujer permanece en pie motivada por Magaly y Mauricio, sus dos hijos menores, quienes están profundamente lastimados por el asesinato del Daniel, particularmente Magaly, con quien el vínculo era muy estrecho. Daniel era como un segundo padre para ella, refiere Inés: la cuidaba, le ayudaba a hacer las tareas, inclusive, la llevaba con él a los partidos de futbol.

La perspectiva de Inés sobre el gobierno viró radicalmente a partir de la tragedia que enfrenta desde el asesinato de Daniel. Desde entonces, dice, le perdió todo el respeto, incluso al presidente.

A propósito del viaje que Enrique Peña Nieto realizó a China a principios de noviembre de 2014, esta mujer comenta: “se fue a China según para que haya más empleos, pero a quién se los va a dar si no hay gente profesional. Están truncando sueños; desapareciendo [a] jóvenes que quieren salir adelante; están quitando las escuelas para gente pobre. ¿Dónde va a quedar la gente pobre si no la dejan salir adelante?”

Además del respeto, Inés tampoco da credibilidad a los poderes oficiales, ya que, según refiere, desde que su hijo fue brutalmente asesinado, la familia tan sólo ha recibido promesas del gobierno: que los van a ayudar; que se va a hacer justicia… Dichos que nunca se concretan. En cuanto al apoyo económico, refiere que el único dinero del erario que han recibido fue para pagar su traslado de Zihuatanejo a Chilpancingo, cuando tenían audiencia con el entonces gobernador de Guerrero Ángel Aguirre Rivero.

—¿Considera que se ha hecho justicia por el asesinato de Daniel?

—Hasta que aparezcan los muchachos, ahí voy a decir que se hizo justicia. Hasta que aparezcan con vida; mientras, no –responde Jaime Solís, padre del joven.

El hombre de escasos recursos envía un mensaje a la población mexicana. Aunque improvisa, su dicho es certero. Les pide que “no se rajen”, que estén con Ayotzinapa, porque “aunque ahorita nos pasó a nosotros, mañana quién va a seguir”.

Flor Goche, @flor_contra

 

TEXTOS RELACIONADOS:

 

 

 

 Contralínea 420 / del 18 al 24 de Enero 2015

 

 

 

 

Comments

comments